Fedosy Santaell 

  

     La biblioteca de mi casa*

Por Fedosy Santaella

 

Mi papá fue un hombre que llegó hasta primaria. Era de origen humilde y no pudo seguir estudiando porque su padre, mi abuelo, murió, y entonces él se tuvo que poner a trabajar. Pero papá siempre se preocupó por seguir aprendiendo, y se puso a leer, y a ver cine, e incluso se fue a vivir un tiempo a Trinidad con el fin de aprender a hablar inglés. Mi papá no paró de estudiar toda su vida, no paró de leer. Cuando nos mudamos a la casa donde hoy día viven mi mamá y mi hermano, papá guardó uno de los espacios, una habitación entera, para su biblioteca. Era, eso sí, una biblioteca muy particular, porque en ella también hizo lugar para el televisor. En mi opinión, no hay nada erróneo, nada monstruoso, en esa conjunción. Yo veo al televisor y a los libros como parte de una misma lectura. Uno lee películas, uno lee televisión, uno lee radio, uno lee cómics. Legere viene de seleccionar, escoger, leer es cosechar. El lector recoge imágenes, recoge palabras, recoge historias. Curiosamente, la palabra legere está emparentada con lignum, aquello que se recolecta para hacer fuego (de allí leña, leño). Leer es recolectar para crear un fuego, un fuego interno que nunca se apaga. Mi papá tenía ese fuego, de allí que nunca dejó de leer. De allí que en la casa de Puerto Cabello y ahora en la mía de Caracas, haya biblioteca.

De allí que mi papá, a pesar de sus orígenes, se convirtió en un hombre próspero y de bien, que trabajó duro para llevar a su hijo a la universidad. Ese es el venezolano (y la venezolanidad) que queremos, el venezolano que espero todavía seamos, en menor medida, pero todavía; el venezolano que sale de abajo y trabaja duro para ser mejor, pero sobre todo, para lograr que sus hijos sean mejores —que él. Ojalá que ese venezolano no desaparezca, a pesar de que le machaquen tanto que ser pobre está bien (y como está bien, no debes dejar de serlo), y que ser rico o próspero, está mal. El engaño de la libertad hacia abajo, qué cosa perversa.
Ahora más que nunca necesitamos esa imagen de la biblioteca. Esa biblioteca trasciende, va más allá del libro y de los estantes. La biblioteca de la casa (tuya, de tus tíos, de tu abuelo, de tu amigo, de tu padrino...) debería convertirse en una imagen, en un aura, incluso en una isla llevada por dentro. Llevarla en nuestro espíritu nos debería convertir en mejores seres humanos. Me van a disculpar aquellos que opinan que leer no te hace necesariamente mejor persona. Yo soy romántico, lo siento. Leer puede que no te vuelva más simpático. Una persona crítica de la realidad, que no se traga los cuentos de este bando o del otro, de cualquier bando, posiblemente no sea la persona más simpática del mundo. Leer porque leer te agrada, leer porque la lectura te rescata, no puede llevarte nunca a la putrefacción. Ahora, leer para la soberbia, para el desprecio, para pisotear a otros con tu «inteligencia», eso no es realmente leer. Leer debería ser una operación mística.
En mis primeras lecturas hay, sin duda, cierto aire sagrado. Pero no vayan a creer que yo leía a San Juan de la Cruz o a Mircea Eliade. Mi papá no era un lector académico. En casa estaban los libros de Irving Wallace, por ejemplo, y los de Stephen King, a quien sigo considerando un maestro. Estos fueron los libros que leí. Otra cosa: papá me premiaba con libros. Cuando visitábamos Caracas, las librerías formaban parte de la ruta. Recuerdo que nos quedábamos en el Hotel Crillón, en la Avenida Libertador, y nos íbamos caminando a Chacaíto. Allí estaba el restaurante Drugstore, donde hacían unos perros calientes de un metro de largo o algo así. A la entrada del Drugstore había un mínimo espacio comercial. Si la memoria no me falla, entrando a la derecha, estampaban franelas, y también, en el medio de ese mercadito, vendían libros en un cubículo mínimo. Ahí compré Escena de un Spaguetti Western de Armando José Sequera. Ese libro me terminó de inyectar el virus de la escritura. Se trataba de un conjunto de ágiles cuentos breves con referencias humorísticas al mundo de las hadas y al cine vaquero de los italianos. Yo me puse a imitar esos textos, me puse a escribir. El mismo Quiroga lo acepta en su Decálogo del perfecto cuentista, ¿por qué iba yo a contradecirlo? ¿Recuerdas el punto número tres?: «Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.» La paciencia vino después, porque al principio yo imité esos textos de Sequera, y antes, incluso, en una agenda con citas citables que mi tía me regalaba todos los diciembres, escribí unas destartaladas historias de héroes, dioses y titanes enfrentados, a semejanza de La Odisea, libro que también había capturado en la biblioteca de mi casa. Luego vino la afiliación de papá al Círculo de Lectores, que, si no me equivoco, su representante era una señora de apellido Brandt. Entonces llegaron a casa Edgar Allan Poe, Gabriel García Márquez, Traven, más Stephen King, Conan Doyle y otros tantos.
Toda esa maravilla estaba en la biblioteca de mi casa. Parte de lo que soy, se lo debo a esa biblioteca.

Fedosy Santaella (Venezuela, 1970). Autor de libros de relatos y novelas publicados con editoriales como Alfaguara, Ediciones B y Bid & Co. Sus dos novelas más recientes, Los nombres y El dedo de David Lynch, fueron publicadas por la prestigiosa editorial Pre-Textos (España). En 2009 fue becario del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional (Venezuela). Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde. En 2016 obtuvo el premio internacional Novela Corta Ciudad de Barbastro. En 2017 obtuvo mención de honor en poesía en la I Bienal Eugenio Montejo (Venezuela). Algunos de sus textos han sido traducidos al chino, al esloveno, al japonés y al inglés.

*Este artículo se publicó en el Portal Prodavinci el día 06 de febrero de 2013 y está disponible en el siguiente enlace http://historico.prodavinci.com/2013/02/06/arte/la-biblioteca-de-mi-casa-por-fedosy-santaella/

La Fotografía del autor es de Andrea Daniela Sandoval

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