MICRORRELATOS DE SLAWOMIR MROZEK 

Notas y Selección de textos: Mariano Cuevas

 

 

 Sławomir Mrożek

 

Slawomir Mrozek. (Borzecin, 1930) Escritor polaco. Realizó estudios de Arquitectura y Pintura, y más tarde de Filosofía Oriental en la Universidad de Cracovia, dejando todos ellos inconclusos Comenzó publicando dibujos satíricos en Przekrój y Szpilki, siendo editor del semanario Postepowiec. Publicó su primera obra en 1958, y después adquirió fama internacional con la publicación de relatos cortos. Vivió un tiempo en París, lugar donde residía cuando se produjo la invasión de Checoslovaquia. Desde entonces no regresó a su país, en el que fueron prohibidas sus obras. En 1978 adquirió la ciudadanía francesa. Ha recibido premios literarios, y honores tales como ser nombrado Caballero de la Legión de Honor en Francia y Comandante de la Cruz con Estrella de la Orden del renacimiento en Polonia.
Su visión crítica del mundo contemporáneo se expresa en obras de teatro cuyos personajes, enfrentados a determinadas situaciones sociales, llevan hasta el límite la lógica de los estereotipos que simbolizan y caen en el absurdo. Algunas de sus piezas más representativas son Striptease (1961), Tango (1964), Los emigrados (1974), El embajador (1981) y El residente (1986). Ha publicado también varios volúmenes de narraciones cortas, entre las que figuran El elefante (1957), El progresista (1960), Un ratón en el armario (1970) y La mosca (2005)

 

Carta para Suecia
Distinguido señor Nobel:
Solicito humildemente que me sea concedido el premio que lleva su nombre.
Mis motivos son los siguientes:
Trabajo como contable en una oficina estatal y, en el ejercicio de mis funciones, he escrito unos cuantos libros, a saber: el Libro de entradas y salidas, el Libro de balances y el Libro mayor. Además, en colaboración con el almacenero, he escrito una novela fantástica titulada Inventario.
Creo que le gustarían porque son libros escritos con imaginación y tienen mucha gracia (son auténticas sátiras). Si deseara leerlos, podría prestárselos, aunque por poco tiempo, porque están muy solicitados. Quien tiene más interés es el inspector de Hacienda, ya puedo oír su voz en el despacho de al lado.
Hablando del inspector, preveo que tendré ciertos gastos porque me temo que los libros no van a ser de su agrado. Precisamente le escribo a usted esta carta para que el premio me permita sufragarlos. Por favor, mande el giro a mi domicilio. Dejaré una autorización a nombre de mi mujer, por si yo no estuviera ya en casa el día que venga el cartero. En tal caso, el dinero servirá para pagar al abogado o... Espere un momento, señor Nobel, acaba de entrar el inspector.
Ya se ha marchado. ¿Sabe qué le digo, señor Nobel? Mándeme mejor dos premios. No tiene usted idea de cómo se han disparado los precios.

 

El funeral
Durante un paseo, me uní a un cortejo fúnebre. Siempre anima más que vagar uno solo y sin rumbo. No sabía a quién estaban enterrando, pero ¿qué importaba? Nosotros, los humanos, formamos todos una gran familia.
Además, siempre se puede preguntar. Mi vecino de la izquierda del cortejo tampoco lo sabía.
—Voy a la tintorería a recoger un pantalón. He visto el funeral y, puesto que me pilla de camino, me he unido. Solo hasta la esquina y después tuerzo.
Pregunté, pues, al vecino de la derecha.
—¿Que de quién es el funeral? Y yo qué sé, ¿acaso muere poca gente? El banco no abre hasta las nueve, así que tengo un poco de tiempo todavía.
El tercero, que caminaba unos pasos atrás, tampoco era capaz de informarme.
—Yo no soy de aquí, soy un simple turista. Pero pregunte a esa señora con velo negro, la que camina detrás del féretro. Tiene pinta de ser la viuda y debe saberlo.
En ese momento empezó a llover y abandoné el cortejo. No voy a mojarme por alguien a quien ni siquiera conozco personalmente.

 

Es solo política
—¿Tú también, Brutus, hijo mío? —alcanzó a preguntar con una voz en la que había pena y sorpresa a partes iguales.
—¡Qué va! Es solo política, no hay ninguna motivación personal —explicó Brutus, y le dio otra propina con el puñal—. Personalmente, no tengo nada en contra de usted, papá.
—Ah, pues disculpa, yo no quería ofenderte —dijo César, y murió.

 

La cautela
Mi ansiedad iba creciendo a medida que me acercaba al lugar más tenebroso del bosque. Decían que allí acechaban los bandoleros.
Estaba a punto de dejar atrás aquel tramo tan peligroso, cuando tres individuos me cortaron el paso.
—¿Ustedes son bandoleros? —les pregunté.
—¿Nosotros? ¡Qué va! Somos guardabosques.
Respiré con alivio.
—Aunque, ahora que lo dice, rondan por aquí unos tipos extraños. ¿Por qué no nos deja en depósito el dinero en efectivo que lleva? Mejor no correr ningún riesgo.
Se los entregué todo y, libre de preocupaciones, seguí mi camino. Debo admitir que nadie me molestó: ¡ni rastro de bandoleros!
Pero yo soy una persona precavida.

La encuesta
Salgo de un supermercado y los de la tele van y me preguntan:
—¿Existe Dios o no existe?
—Ahora le digo —le contesto al del micrófono—, en cuanto me alise el pelo.
Saqué un peine del bolsillo y me alisé el pelo. Luego, me acordé de que tenía un grano en la nariz.
—¿Tal vez mejor de perfil? —le digo al de la cámara.
Me puse de perfil ante la cámara.
—¿Y si me acerco a casa para ponerme algo que me favorezca más? Vivo cerca.
No respondieron. Y no me he dado aún la vuelta cuando veo que ya no están a mi lado. Ahora encuestaban a una tipa. Y ya iba yo a meterme por medio —cómo voy a permitir que una tipa me arrebate una intervención en la tele—, pero se me había olvidado cuál era la pregunta, así que me fui a casa.

 

La isla del tesoro
Cortando la maleza con machetes, avanzábamos despacio hacia el interior de la isla. Por fin estábamos sobre la pista correcta. Con un último esfuerzo encontraríamos el legendario tesoro del capitán Morgan.
—Aquí —dijo Gucio, mi compañero, y clavó el machete en el suelo bajo un baobab de amplias ramas. Era el lugar que, antaño, en un mapa cifrado, había señalado con una cruz la propia mano del capitán.
Tiramos los machetes y agarramos las palas. Pronto descubrimos un esqueleto humano.
—Todo concuerda —dijo Gucio—. Bajo el esqueleto debe haber un cofre.
Allí estaba. Lo sacamos del hoyo y lo pusimos debajo del baobab. El sol llega a su cenit, los monos, excitados, saltaban de una rama a otra; el esqueleto mostraba sus dientes, sonriente. Respirando pesadamente, nos sentamos encima del cofre.
—Quince años —dijo Gucio.
Era el tiempo que había transcurrido desde que empezáramos a buscar el tesoro.
Apagamos los cigarrillos y cogimos unas barras de hierro. Los monos gritaban cada vez más, al igual que los loros. Finalmente, la tapa cedió.
En el fondo del cofre yacía una hoja de papel y en ella estaba escrito: "Bésenme el culo. Morgan".
—El objetivo nunca es lo importante —dijo Gucio—. Lo que cuenta es el esfuerzo de perseguirlo, no el hecho de alcanzarlo.
Maté a Gucio y volví a casa. Me gustan las moralejas, pero sin pasarse.

 

Los textos fueron tomados de diferentes sitios Web. La imagen que ilustra la nota fue recuperada del sitio Web "A fin de cuentos"
(http://elcuentarium.blogspot.com)