Gloria Ramírez 1

 

 

    Julio Torri, un cuentagotas:

brevísimo acercamiento a su obra microficcional

Gloria Ramírez Fermín*

Exclusivo para Tardes Amarillas

 

Quizá uno los microrrelatos más reconocidos por parte de la crítica sea "A Circe" de Julio Torri (1889-1970). Dicho texto es considerado como uno de los primeros prototipos del género breve en México y, por tanto, la labor literaria del también abogado significó mucho para el desarrollo de este formato breve dentro y fuera del territorio azteca.
El oriundo de Saltillo pertenecía al Ateneo de la Juventud mexicana, grupo conformado por el dominicano Pedro Henríquez Ureña –principal guía–, Alfonso Reyes, Mariano Silva y Aceves, Carlos Díaz Dufoo Jr., Antonio Castro Leal, Genaro Estrada, entre otros intelectuales sobresalientes de la escena cultural de la época, quienes consideraban que la forma de construir un mejor futuro para el país después del porfiriato era por medio del conocimiento. Por lo tanto el estudio de la obra de los clásicos conformaría parte de sus bases literarias. No es de extrañarse que "A Circe" sea una de las prosas breves más representativas de Torri en la que podemos hallar gran influencia de la mitología homérica. Asimismo, se pude observar que la constitución de este relato breve se compone de diversas estrategias literarias: el mito, el poema en prosa, la oda y la narrativa, experimentación que el escritor desarrolló a lo largo de su producción literaria.

En este mismo sentido, uno de los principios artísticos que perfeccionó fue la intertextualidad, que si bien es una categoría artística presente desde el siglo XVII en la tradición literaria –por ejemplo, El Quijote de Miguel de Cervantes–, la desarrolló de tal forma que produjo una renovación en su concepción, puesto que Torri al juntar el mito con la intertextualidad no solo logró subvertir el papel de los personajes y las historias de los clásicos, sino que produjo un cambio en la propia literatura de su tiempo al dotarla de una mirada crítica, es decir, puso en perspectiva la visión de mundo que se tenía preestablecida en las narrativas de la antigüedad, tal es el caso de "Xenias" y, de nuevo, "A Circe".
Por otra parte, cultivó algunos de los artilugios estéticos más atractivos de la composición del microrrelato y la minificción: la brevedad, el humor y la ironía, categorías que tuvieron un auge en la época de las vanguardias y que hoy día todavía permean en la literatura contemporánea. De esta forma, Torri logró un estilo depurado y, ciertamente, innovador. No es fortuito que Reyes lo considerara como "un humorista intenso, desconcertante. Su prosa es magia pura", (Carballo, 2005, p.142).
La crítica social fue otro de los temas que podemos encontrar en su narrativa, en la que devela los hábitos negativos del hombre. Su escrito "El mal actor de sus emociones" es una muestra, pues el protagonista, que dice ser un hombre compasivo, busca redención en las palabras de un sabio, quien al final revela el cuestionable comportamiento del sujeto. De la misma forma ocurre en "De funerales", microficción en la que se minimiza el acto solemne de la ceremonia religiosa en aras del humor negro, ya que un funeral es un acto colectivo en el que, según el personaje principal, el fin debería ser una "celebración" y no el difunto. En este mismo tenor, hay que resaltar su examen al fenómeno de la Revolución mexicana, textos en los que se aprecia una reflexión del hecho histórico. Por ejemplo "Noche mexicana" demuestra escenas de la "cotidianidad" de la guerra que se fusiona con el paisaje rural, o "La Feria" que expone una mirada burlona a la sociedad que vivió el conflicto bélico.
Claro que esto no es todo. Como ya se señaló, la originalidad de Torri también está presente en escritos con tendencia poética. En "La balada de las hojas más altas", la sinestesia está presente en la descripción de los colores que representan múltiples emociones que se palpan en el devenir de un atardecer. Las hojas que coronan un árbol presencian y relatan una maravillosa estampa que se configura en la quietud de la naturaleza, mientras los caminantes pasan de largo convirtiéndose en meros personajes secundarios. Por último, en "Mujeres" cabe destacar la transformación de las protagonistas en seres zoomorfos, recurso que conlleva a la deshumanización de la figura femenina al tiempo que estos atributos connotan la bestialidad de su comportamiento, de esta suerte, Torri reavivó el género del bestiario.
Bien valdría la pena que los lectores se adentraran profundamente en su obra completa, conformada irónicamente por tres libros: Ensayos y poemas (1917), De Fusilamientos (1940) y Tres libros (1964), pues lo han posicionado como uno de los escritores mexicanos más depurado en estilo y en lenguaje literario; ya que –como bien alude el investigador Rafael Olea Franco en su escrito Un lujo mexicano: Julio Torri (2002, p. 150)–, su técnica de "cuentagotas", utensilio químico discreto y exacto, le permitió dominar el arte de la sugerencia, del ingenio y de la precisa expresión artística literaria. 

 Circe

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.

¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí. 

El mal actor de sus emociones

Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio.

—Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: "Oye tu propio corazón, y el amor que tengas a tus hermanos no lo celes." Y desde entonces no encubría mis pasiones a los hombres. Mi corazón fue para ellos como guija en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino.
El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo:
—Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de tus emociones. 

Xenias

El poeta sin genio ve correr las aguas del río. En vano se fatiga por una nueva imagen poética sobre el correr del agua. La frase no viene nunca y las ondas siguen implacables su curso.

El agua que pasa tiene una gran semejanza con su vida; no la relación secreta que inútilmente se esfuerza en discernir, sino ésta, que su vida pasa también adelante sin dejarle versos en las manos.
Una vez hubo un hombre que escribía acerca de todas las cosas; nada en el universo escapó a su terrible pluma, ni los rumbos de la rosa náutica y la vocación de los jóvenes, ni las edades del hombre y las estaciones del año, ni las manchas del sol y el valor de la irreverencia en la crítica literaria.
Su vida giró alrededor de este pensamiento: "Cuando muera se dirá que fui un genio, que pude escribir sobre todas las cosas. Se me citará ‒como a Goethe mismo‒ a propósito de todos los asuntos."
Sin embargo, en sus funerales ‒que no fueron por cierto un brillante éxito social‒ nadie le comparó con Goethe. Hay además en su epitafio dos faltas de ortografía. 

La Feria

Los mecheros iluminan con su luz roja y vacilante rimeros de frutas, y a contraluz proyectan negras las siluetas de los vendedores y transeúntes.

—¡Pasen al ruido de uñas, son centavos de cacahuates!
—¡El setenta y siete, los dos jorobados!
—¡Las naranias de jacona, linda, son medios!
Periquillo y Januario está en un círculo de mirones, en el cual se despluma a un incauto.
—¡Don Ferruco en Ia Alameda!
—¡Niña, guayabate legítimo de Morelia!
—¡Por cinco centavos entren a ver a la mujer que se volvió sirena por no guardar el Viernes Santo!
Dos criadas conversan:
—En México no saben hacer prucesiones. Me voy pues a pasar la Semana Santa a Huehuetoca. . .
Una muchacha a un lépero que la pellizca:
—¡No soy diversión de nadie, roto tal!
—¡El que le cantó a San Pedro!
—¡El sabroso de las bodas!
—¡El coco de las mujeres!
—¡Pasen al panorama, señoritas, a conocer la gran ciudad del Cairo!
Una india a otra con quien pasea:
—Yo sabía leer, pero con la Revolución se me ha olvidado.
En la plaza de gallos les humedecen la garganta a las cantadoras; y los de Guanaceví se aprestan a jugar contra San Juan de los Lagos.
En mitad del bullicio —¡oh tibia noche mexicana en azul profundo de esmalte! —, acompañado de tosco guitarrón, sigue cantando el ciego, con su voz aguda y lastimera:
O me ma—
O me matará un cabrón
Desos que an—
Desos que andan a caballo
Validos
Validos de la ocasión.
Y ha de ser pos cuándo no. 

De funerales

Hoy asistí al entierro de un amigo mío. Me divertí poco, pues el panegirista estuvo muy torpe. Hasta parecía emocionado. Es inquietante el rumbo que lleva la oratoria fúnebre. En nuestros días se adereza un panegírico con lugares comunes sobre la muerte y ¡cosa increíble y absurda! con alabanzas para el difunto. El orador es casi siempre el mejor amigo del muerto, es decir, un sujeto compungido y tembloroso que nos mueve a risa con sus expresiones sinceras y sus afectos incomprensibles. Lo menos importante en un funeral es el pobre hombre que va en el ataúd. Y mientras las gentes no acepten estas ideas, continuaremos yendo a los entierros con tan pocas probabilidades de divertirnos como a un teatro. 

La balada de las hojas más altas

                                                                     A Enrique González Martínez

Nos mecemos suavemente en lo alto de los tilos de la carretera blanca. Nos mecemos levemente por sobre la caravana de los que parten y los que retornan. Unos van riendo y festejando, otros caminan en silencio. Peregrinos y mercaderes, juglares y leprosos, judíos y hombres de guerra: pasan con premura y hasta nosotros llega a veces su canción.

Hablan de sus cuitas de todos los días, y sus cuitas podrían acabarse con sólo un puñado de doblones o un milagro de Nuestra Señora de Rocamador. No son bellas sus desventuras. Nada saben, los afanosos, de las matinales sinfonías en rosa y perla; del sedante añil de cielo, en el mediodía; de las tonalidades sorprendentes de las puestas del sol, cuando los lujuriosos carmesíes y los cinabrios opulentos se disuelven en cobaltos desvaídos y en el verde ultraterrestre en que se hastían los monstruos marinos de Böcklin.
En la región superior, por sobre sus trabajos y anhelos, el viento de la tarde nos mece levemente. 

Mujeres

Siempre me descubro reverente al paso de las mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas.

Sé del sortilegio de las mujeres reptiles —los labios fríos, los ojos zarcos— que nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica.
Convulso, no recuerdo si de espanto o atracción, he conocido un raro ejemplar de mujeres tarántulas. Por misteriosa adivinación de su verdadera naturaleza vestía siempre de terciopelo negro. Tenía las pestañas largas y pesadas, y sus ojillos de bestezuela cándida me miraban con simpatía casi humana.
Las mujeres asnas son la perdición de los hombres superiores. Y los cenobitas secretamente piden que el diablo no revista tan terrible apariencia en la hora mortecina de las tentaciones.
Y tú, a quien las acompasadas dichas del matrimonio han metamorfoseado en lucia vaca que rumia deberes y faenas, y que miras con tus grandes ojos el amanerado paisaje donde paces, cesa de mugir amenazadora al incauto que se acerca a tu vida, no como el tábano de la fábula antigua, sino llevado por veleidades de naturalista curioso. 

Noche mexicana

Había estallado un motín en la Ciudad de México. Un día más los mexicanos ofrendaban sin tasa su sangre a los antiguos dioses del país. Reaparecía el espíritu belicoso de Anáhuac.

Los roncos cañones de la Ciudadela, las ametralladoras, las acompasadas descargas de fusilería sembraban de cadáveres las irregulares plazoletas de los barrios y la grandiosa Plaza Mayor.
Los soldados rasos morían a millares: desplomándose pesadamente; abriendo los brazos al caer, silenciosos, taciturnos, heroicos. (Los mexicanos no sabemos vivir; los mexicanos sólo sabemos morir).
En las tinieblas espesas, la cohetería infernal de la metralla iluminaba fugazmente inquietas sombras negras como diablos jóvenes que danzan en torno a las calderas donde se cuece más de un justo.
Y el Popocatépetl ‒el primer ciudadano de México– se contagió también de divina locura, coronándose de llamas en la noche ardorosa. 

Bibliografía consultada

Carballo, Emmanuel, Protagonistas de la literatura mexicana, Alfaguara, México, 2005.

Olea Franco, Rafael, Un lujo mexicano: Julio Torri, Caravelle, núm. 78, 2002, pp. 143-161. Véase en línea http://www.persee.fr/doc/carav_1147-6753_2002_num_78_1_1354

Torri, Julio, De fusilamientos y otras narraciones, FCE/SEP, México, 1984. (Lecturas Mexicanas, 17)

-----, Material de lectura, Beatriz Espejo (selec. y pról.), Julieta Arteaga (ed.), Coordinación de Difusión Cultural y Dirección de Literatura, UNAM, México, 2008 (Serie, El cuento contemporáneo, núm. 39). Véase en línea http://www.materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf5/julio-torri-39.pdf

-----, Obra completa, Serge I. Zaïtzeff (ed.), México, FCE, 2011.

Zaïtzeff, Serge I., El arte de Julio Torri, Editorial Oasis, México, 1983. (Colección Alfonso Reyes, no. 2)

 

*Gloria Ramírez Fermín. Escritora y microficcionista mexicana.

Los derechos de autor son propiedad exclusiva de Gloria Ramírez. 

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