El ombligo de piedra

 

 

 

     EL OMBLIGO DE PIEDRA
La columna de Rogelio Ramos Signes
Y vagón es vagono esperanto por ti

 

Se sabe que el esperanto es una lengua artificial inventada por el médico polaco Lejzer Ludwik Zamenhof, sobre la que trabajó arduamente durante mucho tiempo y que recién dio a conocer en 1887, a los 28 años de edad. A la vez es muy poco lo que conocemos, los no iniciados, de este curioso sistema de comunicación.
Esperanto era la palabra que usaba el propio Zamenhof como seudónimo de sí (Dro Esperanto). Su finalidad, al inventar esta lengua, fue hacer un aporte a nivel internacional para que las insalvables barreras idiomáticas no atentaran contra la comunicación entre los hombres del mundo; para que los «hermanos» pudieran entenderse, deberíamos decir. El sueño utópico de Raimundo Lullio, de Nicolás de Cusa, de John Wilkins, estaba otra vez en carrera; lo que ya suponía un fin loable. La idea era que el esperanto se convirtiese en una «segunda lengua» para todos, por detrás del idioma propio. En aquellos años, inclusive, el propio Zamenhof tradujo La Biblia, para demostrar que su invento, aunque novedoso, no estaba reñido con los clásicos de la literatura universal.

Ésta del esperanto fue una idea interesante (como el volapük en su momento, y como tantos otros intentos a lo largo de la historia), una excelente intención y un trabajo descomunal, pero también un loco proyecto que no llegó a tener éxito. Pero ¿por qué? La respuesta parece un tanto obvia, aunque podríamos hacerla más obvia todavía reconociendo que el 70 por ciento del esperanto tiene su raíz en lenguas latinas y que su contacto con el inglés se reduce a cierta dinámica, pero poco más.
La Academia de Ciencias de París afirma que el esperanto es «una obra maestra de lógica y sencillez». Por eso mismo, sería bueno echarle una mirada.
Comprobamos que se trata de una lengua eminentemente fonética; o sea que se escribe como se pronuncia, ya que cada letra representa siempre el mismo sonido. La raíz de las palabras, a diferencia del español, es invariable. Uniendo a esa raíz diferentes vocales es que vamos configurando la casi totalidad del vocabulario. Así es como todos los sustantivos terminan en «o»: mateno (mañana), naturo (naturaleza), piedo (pie), botelo (botella), frukto (fruta), monato (mes), kulero (cuchara), gambo (pierna), urbodomo (municipalidad), terpomo (papa), kuko (torta), jurnalo (periódico). Todos los adjetivos terminan en «a»: carma (encantador; se pronuncia charma), juna (joven), grava (importante), kruela (cruel), laca (cansado), sprita (ingenioso), versajna (verosímil; se pronuncia vershaina). Las palabras terminadas en «e» son adverbios, y la «i» marca el infinitivo de los verbos: alporti (traer), promeni (pasear), trinki (beber), voki (llamar), blovi (soplar), dormi (dormir), gratuli (felicitar). Hay cinco vocales, que son las mismas del español, pero no existen verbos irregulares ni defectivos. El verbo esti (ser y estar) es el único auxiliar. Todas las personas (mi, vi, li, ni, vi, ili; es decir: yo, tú, él, nosotros, vosotros, ellos) de todos los verbos en tiempo presente terminan en «as»; así mi estas significa yo soy, y vi estas significa tú eres. Expresado con sencillez: seis terminaciones forman todos los tiempos simples del verbo, y éste es invariable en cuanto a número y persona. Más fácil, imposible. Además, y para regocijo de muchos «ágrafos» que conozco, todas las palabras se acentúan en la penúltima sílaba y sólo en la pronunciación, ya que el acento escrito no existe. O sea que popolo (pueblo) se pronuncia «popólo»; mekaniko se dice «mecaníco»; y termometro, «termométro». Hay un solo artículo (la), que es neutro, y el género está dado en la evidencia de lo que se expresa. El femenino se forma con el sufijo «in», así nepo (nieto) da nepino (nieta), y sinjoro (señor) da sinjorino (señora). El prefijo «mal» expresa lo contrario, así nova es nuevo, y malnova es viejo. El sufijo «et» marca el diminutivo, y «eg» el aumentativo; por eso muso (mosca) puede ser museto (mosquita) pero también musego (moscardón).
Para que una lengua artificial y pensada al detalle, como lo es el esperanto, pudiese prosperar era necesario que las urgencias no ganaran la partida. Pero en un mundo vertiginoso como éste no podía esperarse algo así. Es más, en un mundo vertiginoso como éste no podía esperarse. Eso era algo idílico, extemporáneo, utópico. El idioma de los «vencedores» debía ser el aceptado, y así fue como el inglés (no por Inglaterra precisamente, sino por los Estados Unidos de Norteamérica) está convirtiéndose en la ansiada «segunda lengua». ¿Qué podía hacer ante tamaña embestida la loca esperanza de un polaco soñador? Y si, para colmo de males, ese polaco había echado mano a las lenguas románicas en un gran porcentaje, la respuesta es: nada. Los «vencedores» no sienten necesidad de aprender otras lenguas, ni saber de otras culturas, ni conocer otras geografías, ni balancearse con otros ritmos, ni manejar otra moneda, ni consumir otros alimentos, ni mezclarse con otras razas. Para algo ganaron la guerra. Lo que no deja de ser una lástima, porque en esperanto el verbo ayudar (expresado así, en infinitivo, con «i» al final, solidario, comprensivo y generoso) se dice helpi, inspirado en el help inglés.
Desde 1905 se celebran Congresos Internacionales de Esperanto, y se dice que en todo el mundo existen más de cien publicaciones periódicas en esa lengua. Esto, por supuesto, no pasa de ser un ejercicio intelectual, un pasatiempo de pocos; algo así como una desmedida pasión por un pequeño (pero orgulloso) club deportivo.
La idea de Zamenhof, por supuesto, era otra; por eso es que llega a expresar en 1910: «nuestro propósito podrá ser alcanzado por medio de dos caminos, el que le brindan los hombres en su trabajo continuo y privado, o por medio de los decretos de los gobiernos; mucho más fácil de creer es el primer camino, pues los gobiernos vienen con sus sanciones y ayuda cuando todo ya está hecho». Y en este último punto estaba acertado y equivocado a la vez, ya que su invento, que fue ignorado por los gobiernos de los países más influyentes del mundo, sólo fue aceptado como lengua de consulta por la Unesco.
Que el esperanto haya sido defendido por el escritor Leon Tolstoi y por el filósofo Bertrand Russell, entre otros notables, es sólo un condimento. Arno Borst recuerda que la utopía de una lengua perfecta ha obsesionado al hombre desde siempre, y que eso está en la historia de todas las culturas como un deseo incumplido por remediar la confusión a la que llevan un sinfín de idiomas y de dialectos diferentes. Umberto Eco dice al respecto "Una cosa es saber que existen muchas lenguas, y otra considerar que esta herida debe curarse hallando una lengua perfecta. Para buscar una lengua perfecta hace falta pensar que la propia no lo es". Y creo que de eso se trata, al menos en esta torre de Babel que es el mundo en el que nos movemos. Algunas lenguas naturales como el griego, el latín, el francés, el inglés y el suahili han cumplido en diferentes momentos de la historia la función de lengua internacional y con un sentido muy claro: que los hombres se entiendan entre sí. Bien podría una lengua artificial (como el esperanto) creada con esa finalidad específica, haber prosperado.
Cuando alguien comienza a estudiar esperanto e ingresa en el a-b-c de esa lengua, se encuentra con una frase corriente y aleccionadora al mismo tiempo: la fratoj estas bonaj (que se pronuncia la frátoi éstas bónai y que significa los hermanos son buenos). Es una frase elemental, casi de arranque, como Ana sala la salsa del español o my name is John del inglés, pero con algo más. Allí está la «o» del sustantivo, y la «a» del adjetivo, y la desinencia «as» del presente del indicativo, y la «jota» del plural. Pero además ¡qué cosa curiosa! está el mensaje: los hermanos son buenos.

 

RogelioRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.