MICRORRELATOS DE FERNANDO IWASAKI

iwasaki 

 Fernando Iwasaki Cauti nació en Lima, Perú, el 5 de junio de 1961. Pertenece a una familia numerosa, descendiente de un japonés afincado en Lima. Iwasaki estudió en el colegio Marcelino Champagnat, de los Hermanos Maristas y en la Pontificia Universidad Católica del Perú en la que posteriormente fue docente en la cátedra de Historia del Perú en 1983 y 1984. En 1985 obtuvo una beca otorgada por el gobierno español, gracias a la cual pudo dedicarse a la investigación en el Archivo General de Indias en Sevilla, donde impartió clases en la Universidad. En 1986 retornó al Perú y se casó con la española María de los Ángeles Cordero, con la que tiene tres hijos. En 1989 decidió volver a España, donde cursó un doctorado en Historia de América en la Universidad de Sevilla. Actualmente reside en Sevilla. Dirige la revista literaria Renacimiento y la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco. Es columnista del diario español ABC y socio de honor de Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror. Pese a su formación como historiador, Iwasaki dice sentirse más novelista que historiador y, más escritor que novelista, lo que da cuenta de su amplia creatividad. Es autor de diversas novelas y ensayos pero sobre todo su faceta literaria se ha centrado en el relato breve. Sus relatos han sido recogidos en varias antologías de España y América Latina, y su obra ha sido traducida al ruso, inglés, francés, italiano, rumano y coreano. Ha dirigido el área de cultura de la Fundación San Telmo de Sevilla (1991-1994) y fue director de la Fundación Alberto Jiménez-Becerril contra el Terrorismo (1998-2001). Ha sido columnista de Diario 16 (1989-1996), El País (1997-1998) y La Razón (1999-2000).

LAS RELIQUIAS

Cuando la madre Angelines murió, las campanas del convento doblaron mientras un delicado perfume se esparcía por todo el claustro desde su celda. "Son las señales de su santidad", proclamó sobrecogida la madre superiora.
"Nuestro tesoro será descubierto y ahora el populacho vendrá en busca de reliquias y el obispo nos quitará su divino cuerpo". Después del santo rosario nos arrodillamos junto a ella. Hasta sus huesos eran dulces.
 

LA CUEVA
Cuando era niño me encantaba jugar con mis hermanas debajo de las colchas de la cama de mis papás. A veces jugábamos a que era una tienda de campaña y otras nos creíamos que era un iglú en medio del polo, aunque el juego más bonito era el de la cueva. ¡Qué grande era la cama de mis papás! Una vez cogí la linterna de la mesa de noche y le dije a mis hermanas que me iba a explorar el fondo de la cueva. Al principio de reían, después se pusieron nerviosas y terminaron llamándome a gritos. Pero no les hice caso y seguí arrastrándome hasta que dejé de oír sus chillidos. La cueva era enorme y cuando se gastaron las pilas ya fue imposible volver. No sé cuántos años han pasado desde entonces porque mi pijama ya no me queda y lo tengo que llevar amarrado como Tarzán.
He oído que mamá ha muerto. 

LA MUJER DE BLANCO
Cuando les conté que había visto a una señora vestida de blanco vagando entre las lápidas, un helado silencio de almas en pena nos sobrecogió. ¿Por qué seguía volviendo después de tantas bendiciones, conjuros y exorcismos? Después de todo la mujer de blanco era una aparición amable, siempre con un ramo en los brazos y como flotando a través de la niebla, pero igual nos abalanzamos sobre ella en cuanto pasó delante de la cripta. Nunca más regresó a dejar flores en el viejo cementerio. 

DÍA DE DIFUNTOS
Cuando llegué al tanatorio, encontré a mi madre enlutada en las escaleras.
–Pero mamá, tú estás muerta.
–Tú también, mi niño.
Y nos abrazamos desconsolados. 

LA CASA DE REPOSO
La madre superiora miró hacia el cielo como buscando una señal divina, y en sus ojos desvelados de oraciones reverberó cristalina una lágrima.
–¿Y dice usted que el viejo profesor se niega a ir a misa, hermana?
–Así es, reverenda. Y maldice y ofende a María Santísima.
–No importa, hermana. Llévelo entonces a dar un paseo por el huerto.
–Sí, reverenda.
–Hermana...
–¿Sí, reverenda?
–Que parezca un accidente. 

LA SILLA ELÉCTRICA
Cuando me comunicaron la fecha funesta se apoderó de mí la angustia de los sentenciados, y desde entonces sólo pienso en el dolor, el ruido y la luz. Si el trámite fuera indoloro miraría desafiante a mi verdugo, pero el pánico me paralizará cuando contemple la obscena exhibición de sus instrumentos de tortura. Por eso debo conservar la escasa dignidad que me queda, porque no quiero que los demás condenados se consuelen con mi cobardía. ¿Qué importa lo que ocurra una vez que me siente en la silla maldita? Podré llorar, podré maldecir y hasta cagarme en la silla de los cojones, porque esos matarifes son muy escrupulosos con la limpieza. Pero en el corredor de la muerte no puedo permitirse ser débil, ya que aunque nos miremos distantes de reojo, por dentro todos pensamos en el dolor, el ruido y la luz. Tengo miedo, quiero huir y hago secretos propósitos de enmienda, pero todo es inútil porque dentro de un año estaré de nuevo aquí: en la consulta del dentista. 

EL PASAJERO
Sólo aparece de noche, después de doblar la curva del hotel abandonado. No veo su rostro, pero sé que está en el asiento de atrás porque su silueta se refleja
oscura en el espejo retrovisor y su respiración apesta como una muela podrida. Jamás ha pronunciado palabra y cuando se va deja un rastro maloliente de Niebla. 

NO HAY COMO EL BAÑO DE CASA
La excursión había durado un par de horas y las chicas querían volver al pueblo porque no deseaban hacer a oscuras el camino de regreso. En eso alguien vio una casa entre los árboles y propuso llamar para pedir el baño. Tocamos la puerta, gritamos y miramos a través de las ventanas, pero nadie nos abrió. Para entonces todos queríamos ir al servicio y no tuvimos más remedio que entrar por la fuerza. El suelo y las paredes estaban pintarrajeados de obscenidades y dibujos geométricos, y en la cocina ardía una vela negra que uno de nosotros
apagó para evitar incendios. Desde entonces han transcurrido varios días y todavía no se ve el pueblo. 

Todos los textos fueron tomados de diferentes fuentes pero pertenecen a su libro Ajuar funerario (Páginas de Espuma, 2004).
La fotografía del autor y su biografía se corresponden con las publicadas por el sitio Web de Escritores.org y están disponibles en https://www.escritores.org/biografias/1567-iwasaki-fernando