El ombligo de piedra

 

 

    EL OMBLIGO DE PIEDRA
La columna de Rogelio Ramos Signes

Música del cielo. Música del infierno

 

Hay mucha información adquirida en la infancia que nuestra memoria archivó para siempre: tal vez los nombres de los picos que componen algún cordón montañoso de la región cuyana; posiblemente la mestización en el Río de la Plata, que no sólo dio mestizos sino también mulatos y zambos; con toda seguridad las tablas de multiplicar, que ya casi ni practicamos; quizá el nombre de los planetas por orden y a partir de Mercurio, o las características del suelo mesopotámico, o las arterias, aurículas y ventrículos que componen el corazón, e inclusive algunas definiciones muy recitadas y poco analizadas. ¿Qué es una familia? «Familia es un conjunto de individuos que tienen alguna condición común y que son regidos por la autoridad de uno de sus miembros». ¿Qué es el aire? «El aire es un fluido necesario e incoloro que forma la atmósfera de la Tierra». ¿Qué es la música? «Música es el arte de expresar algunos sentimientos combinando los sonidos y el tiempo».

Y todo está bien, hasta que lo analizamos parte por parte, y no siempre para encontrarle fallas, sino muchas veces para admirarnos del poder de síntesis que tuvo quien definió en una docena de palabras cosa tan grande, compleja y maravillosa. Por ello es que me quedo con esa definición de música (que es la que aprendí mecánicamente en la escuela) y también con muchas otras definiciones sobre la misma materia que fui leyendo con el correr de los años. Todas me vienen más o menos bien; es decir que todas me resultan incompletas. Aunque tal vez sea porque me siento incapaz de definir la música por mí mismo, porque ni siquiera me veo en condiciones de explicarla apelando a cientos y cientos de vocablos imprecisos. ¿Cómo se describe lo sublime?
De la cosmogonía persa e hindú se desprende que el mundo nació de un sonido inicial, que al emerger del abismo se hizo luz y que parte de esa luz se volvió materia; de allí que la materia y la luz de este mundo estén compuestas en buena medida de sonido. Los griegos y los babilonios decían escuchar la música que se desprendía de los movimientos del cosmos, vinculando esas vibraciones acústicas con la astrología y con los números. Los filósofos pitagóricos no eran ajenos a esta «música sutil de las esferas»; tampoco lo eran los intelectuales de Bizancio. Así lo que para el hombre primitivo fue producto de la magia —ya que el sonido eran las órdenes de los espíritus que lo rodeaban— hoy, para nosotros —ese sonido y su expresión más perfecta: la música— es parte de nuestra biología.
Por su condición inmaterial e impalpable el lenguaje del sonido es el que satisface más plenamente; es como si el mundo sobrenatural circundase esa disciplina. «Quizá la música es la única partícula de escencia divina que el hombre ha logrado capturar» dice Jacques Chailley en su libro 40.000 años de música, y eso nos place.
Pero no todos piensan así. Sé de algunos sacerdotes contemporáneos (pocos, gracias a Dios) que ven en la música el instrumento que blande el Diablo para pervertir a los jóvenes; o lo que suena peor aún: el medio que los jóvenes utilizan para llegar al Demonio. Por eso es que durante años vienen insistiendo con el «hallazgo» de mensajes satánicos en las letras y en las cintas de rock pasadas al revés. Los Beatles, Led Zeppelin y Los Rolling Stones (sólo por mencionar a los grupos más conocidos) han caído bajo los vituperios de estos sujetos que, sintiéndose amparados por una «estructura de fe» que no los asiste, desean una vuelta irracional a tiempos inquisitoriales de fuego porque sí.
Esto no es nuevo. Esto viene de lejos. Ya la primera iglesia cristiana trató de separar en un tamiz imposible la música verdadera de la música nacida de los ritos paganos del pueblo. Ya el canto gregoriano puso fin a los arreglos corales a diferentes voces, e incluso se sancionó a los propios sacerdotes canoros que abrumados por la gravedad de los salmos elevaban su entonación en una quinta. Ya las diestras ejecutantes de flautas, trompetas y arpas se cocinaban en la hoguera. Ya los hombres alemanes se arrojaban al Rin (para suicidarse, no para bañarse) enajenados por el canto melancólico de Lorelei. Ya los marinos homéricos naufragaban en la literatura hechizados por el canto de las sirenas; y los niños se ahogaban detrás de las ratas seducidos por el encanto de la música de Hamelín. Incluso Giuseppe Tartini llegó a creer que se había comunicado con el Diablo a través de una sonata propia; hasta que Niccolo Paganini le sacó provecho a toda esa estupidez promocionándose como el Demonio mismo que ejecutaba el violín.
Pero si bien los años pasan, el hombre (por falta de equlibrio emocional, o de inteligencia, o por picos nostálgicos en aras de no sé qué) da vueltas y vueltas en el barro de la misma noria. De no ser así, hay actitudes difíciles de explicar.
En su libelo El Rock'n'Roll y la violación de la conciencia por el mensaje subliminal el cura francés Jean Paul Regimbal, ¿hacía falta nombrarlo?, propone un plan de lucha contra los músicos que «se han consagrado a Satanás libremente y por propia voluntad». Así es como lanza una propuesta de acción para los ciudadanos dignos: «Informar, en primerísimo lugar, al público en general y a los consumidores de estos discos, haciéndoles conocer la naturaleza, la amplitud, la gravedad y las consecuencias nefastas de la revolución rock'n'roll, dirigida y alimentada por el poder oculto de los Illuminati». ¿Y quiénes son los Illuminati? podemos preguntarnos, ¿los Illapu, mal escritos? ¿los Inti Illimani mal escritos? ¿un grupo hard? ¿una banda heavy? ¿una formación punk? ¿un combo sacro volcado al pop? ¿un conjunto de música andina? El mismo sacerdote (que, al igual que el Rick Deckard de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, ya ha salido a cazar sus propias brujas) nos informa al respecto: los Illuminati son los miembros de una antigua orden mística fundada el 1º de mayo de 1776 por varios apóstatas, entre ellos el canónigo Rocca (del cual no menciona el nombre), el obispo anglicano Albert Pike, el luterano Adam Weishaupt y nuestro viejo conocido Benjamin Franklin (el del pararrayos, el mismo). Y me cuesta ubicar tan atrás en la historia el «maldito poder del rock» y sus mecenas. Yo (y créanme que soy un curioso del tema) ubicaba ese alumbramiento hacia 1949, cuando Fats Domino grabó El gordo, e inclusive algún tiempo después con Elvis Presley, Carl Perkins, Jerry Lee Lewis y Chuck Berry; pero 173 años antes de eso, jamás.
Los acólitos locales del cura Regimbal (tanto como para demostrar con atrocidades propias la combatividad de nuestras huestes) dicen en un apéndice del mismo libro: «Es inútil, el rock será inglés, yanqui o hindú; afeminado o soberbio; existencialista, revolucionario, pacifista o estrepitosamente violento, pero argentino ¡nunca!». O sea que los intentos de fusionar esto y aquello con «nuestras raíces» es una tarea vana.
Bienintencionados alquimistas de la rockería local, inmovilizados entre la espada y la cruz, ¡abstenerse!
Algunos años antes aún (a comienzos del siglo XVI, precisamente) Martin Lutero decide ayudar, música mediante, a la titubeante fe del pueblo. Así es como va convirtiendo en cristianos los aires populares, mediante la sustitución de las letras de las canciones y alejándolas de sus asociaciones paganas. «¿Por qué el Demonio va a conservar para sí todas las buenas melodías?» se preguntaba Lutero, y obra en consecuencia, sin preocuparse demasiado por los añejísimos conceptos musicales de  San Gregorio.
Esta cuestión es larga y da para mucho más, pero vayan un par de preguntas para finalizar. ¿Qué esperan los historiadores del rock para incluir a Los Illuminati en los albores de esa música diabólica, antes inclusive que Los Cometas de Bill Halley, que hasta ayer eran casi un punto de partida? y ¿por qué junto a los pioneros norteamericanos del country y del gospel, que siempre se mencionan en la prehistoria del rock, no se incluye a Lutero, muy buen músico también, según apuntan sus biógrafos?

 

Addenda 2000: Algunos meses después de escrito y de publicado este texto, apareció en escena un grupo autodenominado Fundación Misericordia Divina que reivindica la labor del cura Regimbald (sí, el mismo que se tomaba el trabajo de escuchar los discos al revés, sin preguntarse si ese vicio no sería una nueva perversión, de esas que antes de la electricidad no existían). Como es de suponer, el grupo en cuestión trata de actualizarse y de regionalizarse, y así es como hace su aporte a la idea del Mercosur y agrega (a los eternamente malditos Beatles, Zeppelin y Stones ya citados) a la modelo porno y cantante infantil Xuxa y a algunos "demonios autóctonos", entre los que figuran el fallecido cuartetero Rodrigo y hasta el Padre Mario. Si aquí no existe una interna parroquial, que me queme el fuego de la moderna inquisición.

 

RogelioRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.