C-Adriana Rodríguez

 

ENTREVISTA A FERNANDO SÁNCHEZ CLELO

 Adriana Azucena Rodríguez

 

 

Fernando Sánchez Clelo, escritor poblano, ha publicado los libros No es nada vivir (2005), Jauría (2007), Cuentomancia (2008), No se acaban las calles (2011), Ficciones a contrapunto (2012) y Un reflejo en la penumbra (2016). También ha preparado una serie de antologías, como Alebrije de palabras: escritores mexicanos en breve (2013), Ráfaga imaginaria (2014), Vamos al circo (2016), El origen perdurable: reunión de historias maternales (2017) y Cortocircuito: fusiones en la minificción (2017). También dirige la colección Ficción express de la BUAP. Es licenciado en Lingüística y literatura hispánica, cursó la maestría en Estética y Arte, y actualmente prosigue sus estudios en el doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

¿Cómo empezaste a escribir minificción?
Mediante lecturas propias. Estaba en secundaria cuando mi hermano comenzó la preparatoria y llevaba libros que yo leía a escondidas. Después cursé un bachillerato tecnológico, la lectura no estaba dentro de los planes, pero en una biblioteca pública leí a Monterroso, a Cortázar, a Torri (aunque no lo entendía muy bien) y a varios autores que escribían breve, sin saber que era minificción. Para mí no había géneros, sólo sabía que era literatura. Durante la licenciatura, una amiga me mostró El libro de la imaginación, yo conocía la antología de Borges, Cuentos breves y extraordinarios, pero la antología de Valadés me encantó, entonces no sentía la necesidad de escribir, hasta que alguien me mostró la antología de Lauro Zavala, Relatos vertiginosos, y ese fue el momento en que me dije "eso ya lo había pensado", sentí que podría escribir así. Realicé bocetos—no los llamaría de otra forma— aunque no tenía la intención de escribir. En ese tiempo formaba parte de una revista de estudiantes y sabíamos que Guillermo Samperio iba cada mes a dar un taller y me tocó ir a verlo para pedirle un cuento, llegué 15 minutos antes de que empezara su taller, aceptó colaborar, conversamos y me invitó a quedarme. Llevé las minificciones que había escrito antes y funcionaron: los compañeros del taller no hablaban de los textos en sí, sino de lo que decían, eso me parecía fantástico y me animó a continuar.

¿Cuándo tuviste consciencia de que dedicarías un libro al género?
No había pensado en esa posibilidad, hasta que Samperio me preguntó cuántas minificciones llevaba escritas, le dije que unas 40 y él comentó que con eso ya podía publicar un libro y por primera vez pensé en hacerlo. Entonces estructuro el primer libro No es nada vivir y empiezo a buscar dónde publicarlo. Llego a la BUAP, entra a dictamen, lo aceptan. Nunca pensé que lo lograría, eso me impulsó a preparar el siguiente libro, Jauría, que apareció en la Universidad Veracruzana. 

¿Quiénes fueron tus maestros?
Samperio es el maestro principal: él no solamente me comentó mis textos, también me acercó libros, habló de autores, obras; yo los busqué y los leí. No sólo fue el maestro que me orientó para mejorar la prosa o buscar el efecto más certero, sorpresivo, fue quien me impulsó a reflexionar sobre la creación. Creo que él me despertó el deseo de saber qué era la minificción, de dónde venía, con qué principios iba a escribir. Y eso me enriqueció mucho, aunque sin que ganara la reflexión teórica sobre la creación.

¿Has tenido dificultades para publicar y distribuir minificción?
Me costó mucho trabajo publicar los primeros tres libros, pero la experiencia que fui adquiriendo me facilitó el proceso de los trámites y que comenzaran a confiar en mí obra. Pero el otro aspecto es el de la distribución en las editoriales universitarias, donde predomina la preocupación por la producción cultural sobre el factor económico y quizá eso afecta a la distribución: la universidad cumple publicando el libro, pero la distribución corre a cargo del autor, quien debe buscar los espacios para llevar sus libros. En la BUAP están haciendo un esfuerzo y distribuye en las ferias y en varias librerías, sobre todo en la Ciudad de México, pero ahora el siguiente paso es la promoción, es un asunto por analizarse desde varias perspectivas. 

H FERNANDO SÁNCHEZ CLELO

¿Y para dedicarte, académicamente, a la minificción?

Estoy convencido de que el autor, aunque no sea un teórico, debe tener consciencia de lo que está realizando, averiguar qué está escribiendo, qué hay alrededor. Hay posibilidad de enriquecer la discusión: si el escritor se empapara del área académica, puede contribuir mucho porque el teórico se especializa en una parte, pero no en todo, y si el autor participara de esta discusión tendríamos más oportunidades de estudio. En mi decisión de estudiar la minificción también la influencia de Samperio tuvo que ver, porque él me recomendaba lecturas, incluyendo su artículo sobre ficción breve antes de publicarlo, para incentivar el conocimiento sobre lo que yo estaba haciendo. Entonces, cuando me acerco a otros ensayos y autores académicos, estoy de acuerdo en algunas afirmaciones pero no en otras. Y percibo que puedo intervenir en la discusión precisamente por ser autor; los autores quizá tenemos una mirada que los investigadores tal vez no contemplan. 

A propósito de eso, ¿la teoría, las reglas, los modelos, guiaron tu creación?
No las veía como reglas, entendía que eran descripciones del fenómeno. Este flujo académico no determina lo que escribo, pero nunca me acerqué al aspecto académico con el afán de escribir de cierta manera siguiendo instrucciones. Lo académico queda de un lado, la escritura creativa del otro, al menos conscientemente. El taller con Samperio me ayudó a tener en claro ciertos principios, como el de la profundidad del tema, la búsqueda de la variedad en la interpretación, o el no buscar la risa fácil. Cuando se menciona que algunas minificciones se limitan a la mera ocurrencia, al chiste —a veces, muy malo—, suele suceder que en la mayoría de los casos estoy de acuerdo. O sea, puedo entender las posiciones en contra de la minificción porque hay ejemplos claros, pero también podría hacerse las mismas críticas al cuento, la poesía o a la novela: hay cuentos malísimos y libros de superación disfrazados de novelas detestables o que sencillamente no atrapan. 

"Ficciones a contrapunto", "Cortocircuito", "Ficción express" ¿Por qué elegiste esos nombres para tus minificciones? ¿Cómo defines el género?
Cada expresión tiene su propio origen, aunque se refieren al mundo de la minificción. "Ficciones a contrapunto" es un juego de palabras: ficciones a contracorriente del punto final, es decir, la escritura en dirección contraria al punto final. Está también relacionado con la música: dos melodías en una sola base rítmica y eso es el libro, una selección de tres libros —No es nada vivir, Jauría y otras minificciones inéditas—. Cortocircuito se refiere a estructuras extraliterarias, no son teatro, poesía ni cuento, sino avisos de ocasión, telegramas, recados, teoremas... ¿cómo relacionar lo literario con lo extraliterario? Combinados, forman este tipo de minificciones. Un cortocircuito es un contacto entre polos opuestos, positivo y negativo, que saca chispas, y eso trata de ser esa antología. Y "Ficción exprés", el título de la colección que coordino —me dijeron que la primera tarea como director de la colección era buscarle un nombre— tiene su origen en el café exprés que se sirve en una dosis pequeña, pero tiene un sabor intenso y un efecto largo; y la minificción es breve y es intensa: se lee en poco tiempo pero la idea permanece más tiempo. 

¿Cuál sería, en tu opinión, el rasgo más determinante del género?
Lo principal para mí es la brevedad. Características como la fantasía, la importancia del título, la intertextualidad, la sorpresa final, no se cumplen siempre. Hay minificciones que trata una realidad cruda y otras que no tienen intertextualidad; es posible entender algunas minificciones sin siquiera leer el título, y la sorpresa final es importante para la minificción narrativa, los minicuentos, porque para eso se desarrolla la historia, para llegar a un final que en general coincide con el clímax. Pero en textos como los de Cortocircuito lo importante es lo lúdico, parodiar las estructuras no literarias: puede que sea un final sin sorpresa, pero el trayecto es lo interesante. Creo que la brevedad es el rasgo obligatorio que identifica a la minificción. He encontrado autores que dicen que lo importante no es la brevedad sino la estructura, pero no especifican cómo debe ser esa estructura: ¿similar a la estructura de una minificción o la de un telegrama, de un cuento o la de una greguería? Falta cimentar ciertas bases en esos aspectos.
Esto, claro, requiere una charla específicamente dedicada al tema. Pero también hablemos de los números: 400 palabras, 300, 231 o 140. Sí hay una exigencia a la minificción un tanto absurda, el máximo de palabras, pero ¿cuántas palabras deben tener el cuento o la novela? ¿En qué momento se pasa de una novela corta a una novela? ¿Por qué, si no se asigna un número de palabras a otros géneros, por qué se le exige a la minificción? Ni siquiera en poesía se toma en cuenta el número de palabras, sino de sílabas. No es justo que se le determine un cierto número de palabras a la minificción. Pero prefiero que sea visualmente hasta una cuartilla, pero también hay que mencionar los aspectos editoriales como la elección de fuente —aunque ninguna editorial que se respete va a usar Arial a 28 puntos—, hay requisitos para no hacer la lectura pesada, como tener un máximo de 26 líneas por página. 

Háblanos de tu clasificación de minificción y la antología Cortocircuito:
Pienso que el término "minificción" es una denominación genérica, ahí caben muchos tipos de textos por definición breves: minificciones arraigadas en otros géneros literarios —micro teatro, mini cuento—. Hay otro tipo de textos breves que no pertenecen a la ficción: los aforismos, no son literarios pues su función es aleccionadora, tratan de dar un mensaje, no es ficción, sino que pretenden ser una verdad.
Hay minificciones que Lauro Zavala llama microrrelatos en los que no hay claramente un personaje que trate de conseguir un objeto de valor o de deseo, el microrrelato es una especie de fragmento sin un inicio o desenlace claro. Yo sentía que a veces la generalidad que se hacían en torno al "microrrelato" incluía otras líneas que yo alcanzaba a percibir como un grupo, pude definirlas a partir de mi trabajo como profesor en temas relacionados a la enseñanza de Lengua: los modos discursivos narrativo, argumentativo, descriptivo, explicativo y el diálogo. Eso se podía aplicar a la minificción: aunque no hay discursos puros, hay un modo discursivo predominante. Algunas minificciones sólo describen, como los Avisos de ocasión. Tenemos microensayos en los que predomina la argumentación con el propósito de convencer a alguien de un punto de vista, aunque sea de un asunto ficticio. Otras explican, como los instructivos, y otras son sólo diálogos. Las minificciones en que predomina la narratividad son minicuentos. Así, los modos discursivos ofrecen explicación a otras estructuras. Dentro de estos microrrelatos están los ejemplos de la antología Cortocircuito: teoremas, avisos de ocasión, fragmentos de un prólogo, epitafios, obituarios, avisos comerciales y otros más arraigados en otros géneros no literarios.Un Refñejo en la penumbra

Háblanos de la novela construida a partir de minificciones

Cada caso sería diferente; yo puedo hablar del mío en Un reflejo en la penumbra. Hay fragmentos, historias autónomas pero que se puedan integrar a una historia mayor. Cuando las empecé a escribir, eran independientes: historias de distintos detectives, mi siguiente paso fue darle el mismo nombre a los detectives, Buck Spencer. Entonces comienzo a pensar que el libro puede tener un inicio y un final, así hay una apertura, un desarrollo y un desenlace. Pensándolo fríamente, es una novela, el que esté integrada por minificciones es circunstancial. Si hubiera encabezado cada minificción con un número, tal vez no se notaría que son minificciones. Tendríamos que ver cada caso. Una novela no tiene solo un personaje, además del héroe hay antagonista, personajes secundarios, también hay ambiente, y cada uno lo trato en determinadas minificciones. La manera en que escribo minificciones es muy distinta a como escribo cuento, y en esta novela el proceso fue totalmente distinto a la minificción y al cuento. 

¿Cómo ves a la comunidad de minificcionistas —escritores, estudiosos, lectores, etcétera— en México?
No creo que sea muy diferente a comunidades de otros géneros. Se ha criticado que siempre somos los mismos, pero no lo veo así: entre el primer Encuentro Iberoamericano de Minificción y el segundo, repitieron realmente muy pocos autores. Es una comunidad muy grande, al menos de escritores más grande de lo que podemos percibir, algunos no son muy visibles. Me he encontrado con autores que tienen un libro de minificción publicado, pero no ha sido muy leído o no se comenta. Tal vez hace falta difusión, pero eso no es exclusivo de la minificción. 

Adriana Azucena Rodríguez: Doctora en Literatura Hispánica por el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México. Profesora-investigadora en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y en la Facultad de Filosofía y Letras en áreas de teoría y creación literarias. Autora de los libros de cuento La verdad sobre mis amigos imaginarios (Terracota, 2008), De transgresiones y otros viajes (Samsara, 2012) y El infierno de los amantes (UACM, 2017). También ha publicado los libros de minificción Postales (Mini-hiper-ficciones) (Fósforo, 2013) y La sal de los días (BUAP, 2017). Ha sido antologada en volúmenes como Alebrije de palabras (José Manuel Ortiz Soto y Fernando Sánchez Clelo, BUAP, 2013) y Yo no canto, Ulises, cuento. La sirena en el microrrelato mexicano (Javier Perucho, Micrópolis, 2016). 

La fotografía de Sánchez Clelo fu tomada del sitio Web:
https://www.elpopular.mx/2018/01/25/cultura/profundiza-sanchez-clelo-en-el-detalle-175314