noche de terror

Como bien sabemos, América morena, se diferencia bastante de la América gringa que está más allá del Río Grande. Además del idioma y algunas otras características, has elementos que hacen a la cultura popular que tienen diferentes significados. El próximo miércoles 31 es Noche de Brujas (o Halloween como le llaman por el norte del continente) y el día 2 de noviembre, en muchos países americanos se conmemora el Día de los Difuntos.

Halloween ─originalmente, Víspera de Todos los Santos, desde que el cristianismo le diera otro sentido a la fiesta del fin de verano de origen celta─, Se celebra en la noche del 31 de octubre, sobre todo en Canadá, Estados Unidos, Irlanda o Reino Unido, aunque con la globalización impuesta a este mundo se comenzó a festejar en otros lugares como España e Iberoamérica. Con el tiempo, adquirió un sentido casi opuesto pues de ser una celebración religiosa pasó a ser una noche de fiesta emparentada con el terror, más específicamente con las damas que viajan en escoba, hasta transformarse en la versión moderna en la que generalmente se realizan fiestas, bailes de disfraces y todo cuanto sea para "homenajear" a las brujas. 

La Conmemoración a los Fieles Difuntos ─también denominada Día de los Muertos o Día de los Difuntos, en otros países como Argentina, por ejemplo─, es una celebración originalmente religiosa que se realiza el 2 de noviembre complementando al Día de Todos los Santos. Su propósito era orar por aquellos fieles que han dejado la vida terrena y, especialmente, por aquellos que se encuentran aún en estado de purificación en el Purgatorio. No obstante, la cultura popular ─al menos en nuestro país─, también ha cambiado el sentido original y ha transformado este día en un momento de veneración de sus seres queridos que ya han emprendido el largo viaje y, hasta en cierta medida, una forma de comunicarse con ellos.

Es por ello que Tardes Amarillas no ha querido dejar pasar esta oportunidad para presentar esta brevísima selección de Microrrelatos sobre el tema. La nota preliminar y la selección de textos es de Antonio Cruz.

 

TEXTOS BREVÍSIMOS 

 

El cuento de otro mundo (Martin Gardella - Argentina)

Algunos dicen que es imposible que los muertos puedan escribir un cuento. Yo no creo que sea así. He leído cosas extraordinarias que estoy seguro han sido escritas post mortem. Se los digo yo, que soy un hábil y reconocido escritor (al menos eso es lo que dice mi epitafio).

 

Microcuento a ritmo de bailecito (Homero Carvalho Oliva - Bolivia)

Ya se acerca la muerte
a bailar con nuestros difuntos,
a beber de la chicha,
a comer de las frutas
que le ofrendan los parientes,
y a elegir de entre los vivos
cuáles serán los muertos
con los que bailará al año siguiente.

 

Dulce o travesura  (Gabriela Aguilera - Chile)

"Así hay que decir", le ordenó el jefe, entregándole la pistola.
Una clave, una seña que abría las puertas de un mundo de tinieblas, el callejón y luego la reja de fierro y madera barnizada, el ojo del jefe suspendido en la mirilla.
"Dulce o travesura" y el cliente recibía una cosa o cualquier otra. Polvo con cal, bicarbonato, talco, papelillo, un pájaro origami del bueno y él, vigilante, loro y sapo, el arma tibia en su mano temblorosa.
"Dulce o travesura", escuchó, mientras apuntaba con el arma a una oscuridad amenazadora que se rasgó con la luz de las balizas, globos y telarañas, rodeado de policías, un tiro de ida o de vuelta, entregarse o morir, soldado que arranca sirve pa otra guerra.

 

El primero  (Diana Beláustegui - Argentina)

Era el encargado de cuidar sus huesos, dos veces al año los sacaba del ropero viejo que tenía en la pieza del fondo, la que no usaba, y los lubricaba con sus propios fluidos mediante un juego onanístico que creía secreto.
Ella había sido la primera.
Primera en todo: su primer amor, primer beso, su primer puñetazo, su primera patada, ella lo había iniciado en todo.
La segunda estaba en un cajón sellado con telas de araña. No valía la pena ni para una paja en su honor, nunca había llegado ni a los talones de su antecesora.
La tercera aun andaba viva en la casa, jugando a creerse primera.
La tercera aun andaba viva en la casa, jugando a hacerse la tonta, la que no sabía nada.
Cerró la puerta con mucho cuidado para que su hombre no la escuchara.
Los huesos la alteraban, ese mueble le ponía los pelos de punta y mucho más cuando lo vio acondicionar otro de los cajones.
Abrazó el machete y se preparó.
Él sería su primero.
Primero en todo: su primer amor, primer beso, su primer hachazo, él la iniciaría en todo.

 

Rutina de medianoche (Esteban Dublín - Colombia)

Una última rosa cae sobre el ataúd. El sepulturero empuña su pala y empieza a cubrir la fosa con la tierra que forma un arrume montañoso al borde del hoyo. No escucha el llanto de la viuda ni las oraciones del cura de turno. La imagen del féretro desaparece entre el barro y las piedras. Aún con la partida de los últimos dolientes, el enterrador dedica la totalidad de su jornada a cubrir hasta el más mínimo vacío que se asome desde las profundidades. Cuando la tierra alcanza la uniformidad, los únicos detalles que comunican la cercanía con la muerte son los epitafios que se encuentran alrededor. Llegada la medianoche, el silencio envuelve el cementerio, pero el sepulturero sigue al pie de la cripta, firme, aguardando paciente, como si su trabajo exigiera un propósito extra. De repente, un rayo interrumpe la paz del camposanto. El hombre traga saliva, siente un leve temblor subiéndole por la espalda y ase con firmeza su pala, dispuesto a desenvainarla, como si se tratara de una espada. Una mano emerge desde la tierra seca.

 

Después del Malleus Maleficarum  (José Manuel Ortiz Soto - México)

Hubo un tiempo en que las brujas no existían para la Iglesia, y aquel que afirmara lo contrario era condenado en esta vida y en la otra. Las brujas de entonces —hombres o mujeres, el género poco importaba— vivían en paz con ellas y con todos. Dentro de su creciente complejidad, el mundo se permitía ser diverso. Sin embargo, hacia el año de 1484, el papa Inocencio VIII tuvo un sueño inquietante: las brujas existían y se preparaban para gobernar. Para contrarrestar la ofensiva del mal, el jerarca de la Iglesia Católica nombró inquisidores a Heinrich Kramer y Jacob Sprengel. El resultado de sus investigaciones y enfrentamientos con las fuerzas demoniacas quedó escrito en el conocido Malleus Maleficarum o Martillo de las brujas. Desde su publicación en 1487 hasta 1520 el oscuro libro se editó 13 veces, lo que vino a demostrar a los inquisidores ―y a los papas subsecuentes― hasta dónde el maligno metía su rabo.

 

Noche de Halloween (Sisinia Anze - Bolivia)

Alumbrados por la luz mortecina de una linterna, dos niños, entre risas y brillantes papeles arrugados de dulces, se contaban cuentos bajo la sábana la noche de Halloween.

—¿Aún te duele? —preguntó Maya a su hermanito, señalándole la oscura cicatriz de la frente.
—Ya no me duele. Es más, no siento nada —contestó el muchacho, tocándose el borde de la herida.
—¿Me mostrarás dónde te caíste?
—Sí, pero debe ser nuestro secreto. No quiero que le cuentes a mamá.
—¿Cuándo me llevarás? , entre risas, Preguntó la niña, sacudiendo la linterna.
—Mañana vendrán los abuelos como cada domingo. Cuando empiecen sus interminables chácharas, te esperaré en el jardín. Apuesto que no se darán cuenta —dijo el muchacho, al momento que la puerta se abrió y una luz sesgada invadió la habitación.
—Ya es tarde, no son horas de estar comiendo dulces. ¡Apaga esa linterna! —dijo mamá.
Mientras cerraba la puerta detrás de ella, apretó sus húmedos y obnubilados ojos. Le costaba creer que apenas una semana atrás el hermano de Maya había perdido la vida cayendo al fondo de un pozo.

 

Perder un combate  (Patricia Nasello - Argentina)

Su cuerpo lo ha decidido, la mente, atontada por años de malos tratos, jamás se hubiese rebelado.
La capa de tierra e inmundicia de cerdo que lo cubre confunde el rastro, los perros que han puesto tras su huella no logran darle alcance. Desfalleciendo y volviéndose a levantar, tras huir toda la jornada, el fugitivo llega al bosque. Sabe que sólo cambia de enemigos, que en lugar de perseguirlo los esbirros del caballero que es su señor, lo harán los guardias reales. Sabe que tanto unos como otros podrían matarlo sin rendir cuentas. Un labriego atado de por vida a la servidumbre del vasallaje en una tierra yerma, no necesita la mente para saber ciertas cosas.
Tirado sobre la broza tiembla de cansancio, frío, hambre y miedo, cuando, apoyada contra el roble que está frente a él, de pronto ve una espada. Pese a que la oscuridad de la noche es casi perfecta, el hierro de la hoja, impecable, desprende un fulgor extraño. Como extraño es el ánimo que, no más verla, ha regresado a su cuerpo.
Se pone de pie y, este siervo cuyas manos sólo han conocido instrumentos de labranza, toma el arma con una gracia, con una elegancia en el gesto, que cualquier guerrero envidiaría. Ya no tiembla, la espada lo alimenta y conforta.
Oscuramente intuye que con ella nunca perderá un combate.
Piensa. Su estrategia inmediata es asesinar al primero que pase a caballo.
—Con poder, todo infeliz es el otro que llevaba guardado —comenta el demonio para sí mismo, entre risas, desde las entrañas del hombre.

 

Día de muertos  (Paola Tena – México/España)

El día de difuntos el abuelo vino a visitarnos. Mi abuela disimuló el asombro y le puso su lugar en la mesa, que adornó con flores de cempasúchil y veladoras gordas de santos. Le sirvió un plato de tamales y una taza de atole. Pero después de la cena, el abuelo no se quiso ir. Se sentó en su sillón y cogió el periódico. Mis primos se reían y preguntaban: «¿no que el abuelo se murió en la guerra?» Él se enfadaba y les respondía que estaban locos, qué muerto habían visto que le gustara tomar atole leyendo el periódico. Mi abuela sonreía feliz y hacía como que no entendía nada, y siguió disimulando desde aquel día de muertos, en que los tamales y el atole se enfriaron en la mesa.

 

Paradoja  (Juan Manuel Montes - Argentina)

Luego de la muerte de sus padres él renunció a su trabajo, dejó de visitar a sus familiares y a sus amigos. Su esposa cargó con todas las responsabilidades del dinero, de la casa, de la pareja y hasta de sus incontables cambios de humor.
Un día, sin poder aguantar un segundo más, ella le propuso hacer un viaje juntos. Él prometió que iría con la condición de que fueran a un lugar alejado.
Armaron la carpa en el claro de un bosque. Él juntó trozos de leña y ella preparó una olla con arroz y verduras.
Al anochecer se sentaron alrededor de la crepitante pirámide de las llamas. Él miró hacia la vegetación durante un largo rato y dijo:
—Si un árbol cae en el medio de un bosque y no hay nadie para escucharlo, ¿hace ruido?
Ella sonrió mientras limpiaba los cuchillos.
—Si hay un homicidio en el medio de un bosque y nadie reclama el cuerpo, ¿es un crimen?

 

Monstruos y fantasmas (Lorena Díaz Meza - Chile)

De un golpe rompieron la puerta y entraron a la casa. Mamá sabía que vendrían, pero no le dijo nada a papá, lo dejó solo en el sillón mientras corría conmigo a escondernos bajo la cama. Desde ahí veíamos los zapatos de los hombres ir de un lado a otro. Afuera los disparos. Mamá llora. Intento calmarla diciéndole que no tenga miedo, que son sólo disfraces pero ella me tapa la boca y se queda quieta abrazada a mí. El hombre hace como que no nos ve cuando se agacha, arma en mano, y su mirada nos atraviesa, como si fuéramos fantasmas. Le dispararon a papá. Lo sé porque sus brazos han dejado de forcejear y las suelas de sus zapatos quedan frente a nosotros. Ya tienen lo que buscaban, dice mamá y suspira hondo mientras los hombres se alejan y la baliza ilumina la casa. Afuera las vecinas lloran. Es Halloween en la población y yo no le tengo miedo a los monstruos.

 

Disfraces (Eliana Soza Martínez - Bolivia)
A los ocho años esperaba Hallowen para vestir como mis súper héroes favoritos. Disfrutaba usar cada una de las prendas: capas, mallas ajustadas y antifaces. Todo escogido con cuidado y detalle. Mi madre me apoyaba en aquel obsesivo deseo que planificaba desde septiembre, yendo tienda por tienda buscando lo mejor de lo mejor.
Ahora viéndome en este cuarto obscuro y hediendo no creo que ella estuviera orgullosa. Menos que aprobara mis anhelos de vestir como cualquier mujer de la calle. Ya saben con cabellos dorados reales sin tintes, uñas naturales hábilmente pintadas y lo más importante pieles tersas de adolescentes vírgenes.

 

Zombi que lleva zombi (Claudia Cortalezzi - Argentina)

Confeccionar su propio traje le llevó veintiún minutos; maquillarse, dos horas cuarenta y cinco; maniatar al zombi que guardaba en el galpón del fondo, una hora veintitrés; convertirse él mismo en zombi, un minuto treinta y cuatro.
En menos de cinco horas tenía el mejor disfraz de Halloween. Pero el ganador del certamen no resultó ser él, sino el único no-convertido: el presidente del jurado. Eso se tomó como fraude, y desde entonces están prohibidos los disfraces de zombis.

 

Nota: Los textos fueron cedidos gentilmente por sus autores y se fueron seleccionando a medida que se incorporaban por lo que no hay sino una cuestión cronológica en su distribución. 

El diseño de portada fue realizado por el equipo de Tardes Amarillas. Es un collage realizado de imágenes seleccionadas de numerosas lñáginas de Internet.