POMAR

 

 

 

 

 

 

 

Proxémica. Las distancias humanas que establece el pensamiento. (L. Ramón G. del Pomar.)

Obra presentada el 29 de agosto 2014, en el Museo de Arte Carrillo Gil, México DF, inaugurando la exposición Proxémica, proyecto de Pancrazio de Padova y Bárbara Chiloiro, comisariado por Guillermo Santamarina, 

                       

               Antes de adentrarme en mi subjetividad sobre la proxémica, hagamos un breve repaso sobre la ciencia que estudia al ser humano de un modo integral, la Antropología.

                La antropología demanda distintas instrucciones, instrumentos y conocimientos rigurosos. Para ello contamos con  la experiencia que aportan las ciencias sociales y las naturales, siempre tratando de producir enseñanzas sobre el ser humano en su evolución biológica, el desarrollo, los modos de vida, las estructuras familiares y sociales, los recursos utilizados para la comunicación y la diversidad de nuestras expresiones culturales y lingüísticas. Facetas de una especie, nosotros, que ha venido necesitando de distintas especializaciones. Ciencias independientes, de diálogo continuo entre ellas, que a su vez se han diversificado en numerosas ramificaciones, tal vez solo por la necesidad de descubrir al monstruo que cada cual lleva adentro.

                Hago mención a la teoría de la evolución, base que dio origen a la antropología primigenia        como ciencia que analiza el origen y la evolución de toda variabilidad humana  a través de los tiempos, es decir, del proceso biosocial de nuestra especie animal. Está flagrante en todo individuo y en toda agrupación social, ya que ninguna de las dos entidades puede sobrevenir aislada, siempre será en relación con otro u otros. El hombre, en lo que tiene de ser humano libre, vive en un ser sujeto a su subjetividad moral. En cambio se dice que en nuestra existencia cosificada, o como la llama Sarte “la factivilidad del para sí, por su dimensión como cosa está sujeta a los perfiles de la objetividad. Y volviendo a nuestra condición de seres y cosa, a los compuestos que intervienen  para el desarrollo material y ético ¿No son, estos compuestos, variables según las distintas emociones personales e interpersonales y la expresión química de cada interpretación, sea representada de una forma sutil o que pertenezca a la existencia ya hecha? ¿Acaso nuestra particularidad individual no está condicionada, también, por la materia cosificada en la subjetividad de cada ser cosa que nos rodea, estemos interaccionando de una manera consciente o no? ¿No pertenecen a una misma universalidad el mundo orgánico y el inorgánico? ¿Y la  realidad del sinéstesico?

                Cada cual, de una manera temporal con relación al sí mismo siempre variable, experimentará según la instrucción de su condición física, intelectual y abstracta, considerando que en nuestro laboratorio interno se producen al rededor de 500.000. reacciones químicas por minuto. Como dijo Heráclito: Todo cambia, nada permanece igual. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Proxémica 2

                Si el humano solo es un cuerpo entre cuerpos y la libertad surge por nuestra necesidad de superación. Si labramos el propio ser para tener un sujeto que nos defina ante el vértigo de no tener Soy. Si la muerte es tan inevitable como el nacer, y el óbito final nos convierte, tras la posterior descomposición, en algo anclado y desprovisto  para nuevas posibilidades, qué decir de un sujeto cuya parte de él no va más allá de las cosas ¿Lo hará su subjetividad, la conciencia?

                Para cerrar esta introducción, antes de entrar en el tema puntual que nos ocupa, la proxénica, hago unas últimas preguntas:

                Cuando me comunico con alguien ¿Qué percibe la subjetividad de mi intercomunicador?  ¿Depende de la distancia y el medio que nos enlaza? Y si la interpretación surge de su particular capacidad de abstracción, ¿acaso no lo convierte en una mentira que genera para su propia conciencia ciega? ¿Seguimos la rutina que, como seres mediáticos, nos adiestra en el costumbrismo de la comunicación y lo vivimos embaucados por la necesidad de satisfacer nuestro ego limitador?

                Aquí llegamos a la proxémica, como ciencia que estudia nuestras relaciones personales e interpersonales en maneras e influencias.

                De primera instancia, consideremos la instructiva necesidad de nuestra naturaleza para dar nombres y sustantivar. Es una conducta integrada en la voluntad evolutiva –de ahí que no todos alcancemos el mismo nivel intelectual–, que pasa a integrarse en el sistema autónomo para cumplir con el compromiso del ahorro energético de nuestro cerebro, maquinaria que consume el 90% del nutriente ingerido por la cosicidad objeto-sujeto. Poniendo nombre a los seres y cosas, y dándole un verbo a las circunstancias, situamos con mayor inmediatez nuestra mente en el punto a observar o en el tema a considerar, labores que establecemos para proteger el espacio personal y el pensamiento que surge abstracto, y que pasa a manifestarse, ya sea por pregunta o afirmación, como un concreto.

                Así la proxémica, término acuñado por el antropólogo Edward T. Hall, se utiliza para medir y clasificar las distancias mediales entre las personas mientras interaccionan desde sí y hacia sí. De ahí que la proxémicase refiera a la disposición y abstracción que hacemos de nuestro espacio físico, de cómo y con quién desplegamos la intimidad personal.

                Llegado a este punto y si tengo en cuenta las palabras de Hermann Hesse, cuando escribe que las fronteras de la vida las delimita su pensamiento, me hago esta pregunta:

                ¿Tomamos un camino correcto al implantar sistemas de medida concluyente?  ¿Se debe hablar de la proxémica como elemento de valores reales? Simultáneamente, me respondo que sí y que no. He sido educado en sistemas con valores crípticos, muchos de ellos obsoletos hoy. Mi búsqueda interesada en una mayor libertad subjetiva, me ha llevado a observar que no existe más distancia que la determinada puntualmente por nuestro cerebro.

                Racionalmente, creemos actuar bajo la experiencia de lo conocido e interesados por qué descubrir. Son pautas establecidas en el laboratorio donde se han de producir las reacciones químicas inmediatas para la motivación del sujeto. Empíricamente, para la formación del conocimiento enfatizamos en el papel de la experiencia ligada a la percepción sensorial. En ambos casos se parte de un mundo sensible para formar conceptos que encuentren su justificación y su limitación.

                ¿Cómo reacciona el cerebro ante los acontecimientos? Diría que convenciendo, conmoviendo, convenciéndose y conmoviéndose.

                Toda linea de transmisión implica un conductor. Una configuración que no solo sea capaz de producir y almacenar energía, también ha de trasmitir y ser receptor ¿Cómo? En este caso que nos ocupa, la proxémica, a través del campo biomagnético que se forma por el potencial eléctrico que genera nuestra propiedad, nos recorre el sistema nervioso central y se amplifica en el cuerpo etérico o bioplasmático, hasta lo inconmensurable. Solo hay mundos ignotos donde nuestros sentidos no alcanzan a reconocer para el raciocinio. Lo cierto es que nuestro sujeto, tal como dice la ciencia, está compuesto por agua para apresurar el viaje eléctrico que activará la reacción física motora, y en sus impulsos produce ondas. Figuras medibles que, por sus características, en primera factura interaccionarán con el entorno, que a su vez hará lo mismo con el propio para ir abriéndose como una onda expansiva que responderá, en su evolución, según las particularidades de cada unicidad con la que interaccione.

                ¿Cuánto tiempo tarda nuestro cerebro en adquirir conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor? 

                El cuerpo humano es un conductor electrostático, con una capacidad típica

respecto a tierra de unos 150 picofaradios y un potencial de hasta 30 Kv. Las personas somos conductores aislados y producimos luz. Una vez que hayamos aprendido a observarla, a ver desde la segunda atención diría el chamán, y a tocarla, seremos conscientes de cómo el concepto distancia desaparece. Las partículas de la luz son visibles y palpables, solo precisamos un ligero entrenamiento para aprender a reconocerlas. ¿Y con los ríos, lagos y mares que conforman nuestro organismo? ¿Qué ocurre, entre otras maniobras, con ese enorme porcentaje de agua que atesoran nuestros millones y millones de células? Cito el trabajo del fotógrafo Masaru Emoto, El mensaje del agua, donde muestra cómo las partículas del elemento líquido varían de putrefactas a sanadoras, según el tipo de energía que perciban. La vida se hace por la configuración de conductas energéticas que se enlazan.

                Y si somos luz, colores puros o monocromáticos que surgen como consecuencia de nuestros niveles de energía. Y si somos agua, vapor con hidrógeno y oxígeno que exhalamos a través de las oquedades de nuestra carnalidad porosa. Y si somos propósito, voluntad generada desde la propia existencia, ¿quiere decir que esta triada nos convierte en partículas de una masa que, cuando menos y como parte que formamos de una fuerza superior, algo de nosotros puede ser desplazado a la misma velocidad de la luz?. Según el catedrático español de física Antonio Ruiz de Elvira, no podemos mover nada a más velocidad que la luz porque lo único capaz de mover una partícula con masa es otra fuerza que vaya justamente a esa velocidad.

                Existen muchas hipótesis y teorías por investigar, entorno a la posible velocidad que pueda alcanzar nuestro cerebro racional o consciente. También hay terapeutas que, tras situarse en los planos de su conciencia inconsciente, practican sanaciones por una vía que parece capacitar sus cerebros para llevar la misma conducta de los electrones, en su desplazamiento orbital al rededor del núcleo. Instantáneamente desaparecen de una órbita y aparecen en otra, circunstancia que la física define como salto cuántico.

                ¿Y dónde queda la proxémica? Las ondas que producimos, sin duda más delatores que la palabra o el gesto, al margen de la velocidad de desplazamiento y de la masa o el no-vacío que atraviesen, desde el momento que comienzan a generarse ya están contactadas con las adyacentes, entre las que sin duda se encuentran las de nuestro interlocutor. Quiere decir que, antes de que intervenga la interpretación con la que expresemos nuestras percepciones ya manufacturadas, en esos instantes en los que se fragua la estrategia a seguir con el otro u otros, podemos tomar dos caminos: Transcender con los sentidos de la razón –nuestra subjetiva intelectualidad–, lugar en que la proxémica ya entra como herramienta de análisis, o intervenir desde los elementos de nuestra configuración más primaria: luz, agua y propósitos.

                El hecho de venir adiestrándome a estar presente con la conciencia ante sí misma me permite una cierta dualidad o separación en el interior de la conciencia. La mejor instrucción de uno mismo se logra cuando nos observamos con una cierta distancia.

                La proxémica es vía de conocimiento. Sabiendo dónde estoy, conozco si tengo que regresar.

                Estamos muy anclados en el reconocimiento de la intelectualidad por lo que, en contra de nuestras facetas emocionales, tendemos a priorizar su presencia en las relaciones sociales para garantizarnos una posición. Vuelvo a citar a Sartre por sus palabras: el hombre no tiene ser, por lo que sólo le cabe hacerse y ser aquello que ha querido ser.

                El hombre sí tiene ser, desde el momento en que se fecundó. Un ser inconsciente aún, sí, pero ser. Y mientras se va haciendo, ya está siendo lo que ha querido ser. Se va moldeando según las condiciones genéticas heredadas y las emociones que perciba a través del vientre materno. Luego, en el aprendizaje consciente seremos mediáticos y evolucionaremos según la cultura y condiciones económicas que nos rodeen. Algunos empeñarán la vida especializándose en algo de aquello que, para su idealizado disfrute, eligió aprender de sus mayores y maestros. Pero ¿Y si somos mediáticos y conscientes de nosotros mismos a la vez, esta presencia de la conciencia a sí misma y a la ajena, no es un rasgo básico del para sí y desde el otro?.

                ¿Qué percibo cuando te acercas y qué emito cuando te consiento o me acerco yo? ¿Y si estamos situados a dos metros o tres, ya sea de frente o espaldas, hablando o no?

               Proxémica 1 A la primera pregunta le faltan los posibles factores que intervienen en el encuentro, como el clima, la hora, el estado emocional y el hormonal, los biorritmos, las preocupaciones, el deseo o no del encuentro, etc. Así que solo puedo considerar un factor, el viaje interior que me ocupe en ese momento y que me lleve a pensar en que, lo primero que percibo de ti, pudiera ser lo que creo que tú verás de mí, lo que yo voy viendo. De ahí que gran parte de la sociedad niegue la telepatía ¿No negaremos su evidencia por miedo a que descubran los valores de nuestra inmoralidad?  Nuestras neuronas obedientes al pensamiento, viajan, las más rápidas, a unos 300kh. La telepatía se transmite de espíritu a espíritu, es una comunicación instantanea que no considera el espacio-tiempo. Vuelvo a preguntar cuál es la velocidad de la percepción extrasensorial. La velocidad del espíritu, dice la autora Graciela Bendi, contra la del pensamiento no tiene límites. Su velocidad traslativa es infinita de acuerdo con su perfección.

                Nos hemos adiestrado a lo aceptado como tangible, privando nuestro campo de posibilidades a las capacidades que nos señalan para la certeza. Quiero decir que, sin en nuestras relaciones sociales nos limitamos a lo tonal, lo establecido para los cinco sentidos, estaremos condicionando nuestras posibilidades y no alcanzaremos los niveles superiores, el campo que nos abre a la percepción infinita.

               

                Concluyo haciendo énfasis en la conveniencia de eliminar las distancias humanas que establece el pensamiento y hagámonos prácticos en actuar con el espíritu. Donde no caben mentiras, entresijos ni tramoya. Donde, aquí, es allí y viceversa.

 

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