Liliana Massara 

Palabra alucinada de Ariadna Chaves

Liliana Massara*

 

La poesía sale de un oscuro rincón
me enfrenta
me mira desde sus ojos sin párpados...
Glaude Baldovim

 

La percepción de un poema nunca está acabada, nunca está congelada. El poema sugiere siempre algo más, y el receptor escucha impalpables rumores, al son de un tenue registro musical que lo mantiene en la expectativa de esa palabra múltiple, que viaja y se desvía, tanto o más que una narración.
El poeta, un artista, es el equilibrista de la palabra, que ha heredado del conocimiento de la realidad y de las experiencias, el don de la sensibilidad, de abrirse a las sensaciones más sutiles, para que las palabras que elige, que, probablemente no pueden alcanzar los significados que la creación misma pretende, sí pueden representar, refractar y recomponer estados emocionales como las carencias, las pérdidas, el amor, el dolor, la muerte, porque las palabras nos acercan a nosotros mismos, o nos alejan cuando nos traducen, pues nos ofrecen la variante de una mirada frente la espejo.
Tal vez, porque la vida cambia, y se transforma: tanto el poeta, que escribe como el lector que recepta, pueden modificar su aprensión del mundo y del texto; las circunstancias cambiantes en cada uno, hacen del poema una especie de luminosidad imperfecta, también intensa, a veces casi divina, por la irradiación de la escritura cuando se amalgaman lenguaje y mundo vivido; entonces cada verso, cada estrofa logra el efecto turbador e inquietante que se dice "poesía".

Un torbellino de letras, de palabras viene a nosotros de la mano y de la invención de la sensibilidad lírica de esta escritora tucumana, Ariadna Chaves ,que dispone de la metáfora, no necesariamente perfecta en su tecnicidad, sino, más bien, fervorosa y pasional, para ceder entusiasmo y potencial; así, el poema, por la ambigüedad o, la oscuridad del origen de las cosas o, por la luz del amor, mediante la disponibilidad de imágenes, de recursos retóricos, avanza, y aunque, a veces, no se propone, nítido ni transparente, está allí para decir las cosas del hombre y las dice según su modo de sentir; más allá del ¿por qué? de la vida, el ¿cómo? decirla ante la irrefutabilidad de su misterio. En ese "poder decir agrandando la palabra" es en donde se percibe la "arquitectura" de la escritora, en su réplica, aunque no pueda refutar la existencia misma.
Se advierte la presencia indeleble del sujeto lírico; con huellas marcadas, entre contornos, sombras y luces; indudablemente está allí, aunque pueda elegir desdibujarse. En Ariadna, el "yo" es presencia, a veces imperceptible, a veces inconmensurablemente profundo, vehemente, no sólo al poner la mirada sobre sí y el mundo, sino manifestando ese proceder que tiene la poeta de hundirse en aguas profundas, de columpiarse sobre un abismo, de llegar al fondo del océano en donde el yo no busca ni procura estabilizarse, sino, precisamente, sacar sus máscaras, y decirse mientras dice el mundo.

El poema es la desnudez avasalladora del 'yo', es lo tangible e intangible del alma humana hecha verso, o prosa lírica, o simplemente escritura de una subjetividad estremecedora. Por eso, la apreciación y lectura de un poema, de un texto poético, como éste: La palabra alucinada, (2013) de Ariadna Chaves, que hoy recordamos, tiene que ser leído desde un locus profundamente subjetivo, como la vivencia de una verdad, la de la poeta, más aún, con la pasión que desborda desde un cuerpo mismo que nos habla de un "yo" pasional, siempre, y en toda su obra.
Creo que Ariadna Chaves, una obsesiva de la palabra, siempre desafiante, "sabe estar en poesía" y este "estar" tiene que ver con la experiencia poética que, a su vez, es la evidencia de que la poeta se encarna, existe a través de la palabra, su ser es lenguaje por eso dijo alguna vez, en sus "canciones de la víspera": "no se sí estoy cerca o lejos de las cosas"; "no es literatura es realidad que devino literatura"
En su labor poética cuenta con sus Poemas (Canciones de la Víspera) de 1951; Las otras tierras (1961); El arco (1962); Intemperie (1977); La flor al dueño (1983) y en 1987 la UNT le publicó Rio Circular.
Ahora es La palabra alucinada, esa palabra que deslumbra, que confunde, que desvaría, pero que a la vez seduce, cautiva; esa palabra que no es cualquier palabra, sino la que despunta como una clarividencia de la realidad, o la que está limitada ante la temible extremidad del pensamiento, por eso en el poema "Reflexión" la presenta en su aparente, irremediable incapacidad: "Alta montaña del espíritu, / por el rigor del ruido, silenciada. / Inútil la palabra: / no indaga la esencia/ de las cosas.
Sin embargo, la poeta ha dicho al referirse a su creación: "He encontrado en la poesía el lenguaje de la comunicación, pretendiendo incorporar pensamientos que ayuden al hombre a visualizar los motivos de su existencia...".
Al respecto, considero que en su libro están esas contradicciones propias del ser, y del ser artista, que, sin embargo, descubre una palabra que, a pesar de todo, visualiza la realidad como un río, tratando de llegar a su origen primero, con una entrañable labor de búsqueda que agota, agobia en la perplejidad como eslabón constituyente de la vida misma que se desprende de ella, pero, a la vez, conmueve.
La escritora forma parte de una actitud iconoclasta que comienza a despuntar en los años '50, se fortalece y complejiza en la siguiente década, en Tucumán, y Ariadna está dentro de este espacio creativo, no sólo por la variedad de propuestas estéticas sino por el surgimiento y mayor manifestación de la voz de la mujer poeta que trasciende todo paradigma de la cotidianeidad y de lo permitido en los poemarios escritos por mujeres. Ariadna Chaves se aleja de una puesta en escritura de carácter tradicionalista, digo con esto, del paisajismo exterior y colorido, de la notable descripción, y se sumerge en el "paisaje interior" en planteos metafísicos, en la relación con Dios y el Universo, pero a la vez, en la construcción del espacio poético, la escritora recurre al protagonismo del tiempo, su transcurso, su finitud y el misterio mismo de su viaje, náufrago esquivo a toda embarcación, se sostiene en la presencia de la palabra hecha existencia.
Lo menciona y reconoce Antonio Requeni en el prólogo de La Palabra alucinada, cuando afirma que "palabra y tiempo" son dos ejes fundamentales en su obra. Ariadna misma advierte que "Por la palabra fuimos al fondo de la fuente / a reflejar las íntimas estrellas"; y el "tiempo" la incita a un sentimiento desmesurado por el que concientiza la irremediable derrota, la imposibilidad del "jaque mate" cuando en el poema "Ajedrez", leemos: "El o yo, / fugaz criatura / que sucumbe al intentar / un jaque mate. La eternidad, / Gran Tiempo; el perfecto juego / de ajedrez."
"Has entrado sigiloso / para atrapar cada día / cada noche, / armando ese telar / de hilo sutil / y misterioso en su materia /// Tú, yo / mi eternidad y la tuya, / el todo y la nada / resolviendo / este Gran Juego".
La magnitud y la grandeza en la paradoja de la pequeñez; el todo en una parte minúscula que sólo puede abarcar el poema breve en la precisión de la palabra, pues "Eres el océano/ que se forma dentro de la gota." A la vez, es la infinitud, inmedible de la mudez ante la belleza, pues "Libre/ es el silencio; / expresa / el gigantesco/ estrellado de la noche", como libre es el poeta, y libre, gigante, "alucinada" es la palabra; perturbada y perturbadora es la palabra para abarcar en la cosa a todas las cosas. Tal vez, razón por la que la poeta apela, en un momento del texto, a la epístola en "Carta abierta a un poeta" y la traduce como un monólogo que descubre el deseo de que la palabra pueda habitar el propio cuerpo del poeta en estado de plena libertad, y en consecuencia, derrumbar al tiempo, que es parte de su propia creación.
El 'yo' lírico se confiesa "Instrumento" de su propia palabra, se entrega a la tensión que lo aprisiona y lo devuelve objeto de sí, necesidad, urgencia de la palabra que es siempre presencia, porque: "Soy / el apremio / de su impulso".
Tucumán, no es ausencia en los recorridos de su poesía, "así lo cuentan / las ramas del lapacho", ni tampoco es ausencia la rebeldía de su arte, plasmada en la visión de "La libertad" ceñida en el mármol de la famosa escultora Lola Mora, un espacio desde el cual, Ariadna legitima más aún su potencial "rebeldía", su fuerza pasional como artista y creadora a través de su encuentro con la palabra, pues, como "Ella", como Lola Mora, la poeta esculpe y horada la palabra que: "emerge/ inicial/ desde aquel sitio" inexplicable, y crece para encontrarse ella en la poesía misma, pues según Hegel el poeta "tiene por materia la palabra" y, como dice Juan L. Ortiz: "el poeta, cuando habla de una cosa, es la cosa; Ariadna lo duda a veces pero está en las cosas.
Su cometido, la misión de la poeta es el lenguaje para hacer de la palabra una soberana. Ariadna lo devela en "Tomo la palabra": Por la palabra/ pudo el aire/ reunirse con el aire/ y nosotros caminar/ su transparencia. Por la palabra/ fuimos al fondo/ de la fuente/ a reflejar las íntimas estrellas. Tomemos entonces/ la palabra para ser/ la secreta vibración / del universo.

 

*LILIANA M. MASSARA. Frías, Santiago del Estero. Reside en Tucumán. Prof. y Doctora en Letras por la UNT. Directora del IILAC y Miembro del Consejo Editor del Departamento de Publicaciones de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Coordinadora por Tucumán, de la RELA. Investigadora del SCAIT. Prof. Titular en las Cátedras, de Literatura Argentina I y de Literatura Argentina del NOA. Publicaciones y colaboraciones varias. Colabora en la Gaceta literaria. Es fundadora y miembro de la Asociación literaria "Dr. David Lagmanovich" Últimas publicación: Escrituras del yo en color sepia; La Vie en Bref, (microrrelatos, colección traducido al francés. La Vita en Brevi (microrrelatos, colección traducido al italiano).