Selección de microrrelatos de Escritos entre mate y mate

 CLAUDIA CORTALEZZI

Escritos entre mate y mate, Antología de microrrelato de mujeres de Argentina es un conjunto de textos representativos del microrrelato en Argentina que realizó Claudia Cortalezzi, publicado por Editorial Micrópolis (Lima, Perú) en 2017. En este mismo número se publica una reseña sobre este libro realizada por Elton HonoresA continuación los lectores pueden acceder a una pequeña muestra del libro. 

Tartamudeo

Patricia Alejandra Calvelo

Ah. Ahí está. Ahí está ella. Ella. La muy zorra. Viene a decirle que. Viene a decirle que no. Que no se acerque más. Que no se acerque más a. A su esposo. Que si se acerca. Que si se acerca de nuevo. Si se acerca: no sabe. No. No sabe de lo, que ella es capaz. Que cuidadito. Viene a decirle que tenga mucho cuidado. Mucho cuidado con ella. Pero no. Pero no, no, no le va a decir. No le va a decir porque. Porque acaba de. Acaba de, de llegar su esposo. Su esposo, que la besa. Que la abraza. A la otra, la besa, la, la abraza. Y ella se vuelve. Mejor, sí. Mejor se vuelve. Se vuelve sola a, a casa. 

 De Relatos de bolsillo

Prometeo de circo

Ana María Shua

¿Arte o entretenimiento? Si el buitre escarba hondamente con su pico en el hígado de Prometeo, ¿es arte o entretenimiento?

Es arte si es sangre verdadera el líquido que tiñe el pico del pájaro, si es sangre la que brota a borbotones y se derrama por el costado del cuerpo, si es sangre la que colorea de rojo las rocas a las que está maniatado el hombre. Pero si es una mezcla de glicerina con ketchup, es sólo entretenimiento, puro circo. Por supuesto, hay quien opina precisamente lo contrario.
Entretanto, como a esta distancia no es posible comprobarlo, habrá que limitarse a disfrutar del espectáculo. Hay funciones todos los días.

De Fenómenos de circo

Decisión

Nélida Cañas

Esta tarde nadie escribe un mensaje para mí. Sin embargo, dejo la pantalla encendida y mientras hago una que otra tarea la miro de reojo. Nada. Estoy sola y sin nada por hacer. Un viento helado desbarata las hojas del otoño, y mi tarea en el jardín se torna imposible. En el silencio de la sala se oye el suave burbujear de la computadora. Entonces me decido: escribo un breve mensaje con una pregunta sencilla, que permita el diálogo. Algo sobre el tiempo y los días que se acortan. Pongo el asunto y ahí nomás me lo envío.

De Intersticios

Privilegios

Rosalba Campra

Es la favorita. Para ella las ajorcas más tintineantes, los tejidos de más sinuoso ondular, los banquetes más dispendiosos, las caricias más estremecedoras; para ella la fragancia de la mirra y el benjuí, el rarísimo estoraque. Incomparable goce de saberse entre todas la primera, incomparable poderío. La primera ante quien las caravanas al regreso de comarcas remotas despliegan sus tesoros para que ella elija o menosprecie, la primera ante quien se arrodillan los contadores de cuentos para estrenar sus palabras, la primera en ser reverenciada por cortesanos y súbditos, la primera que, coronada de flores, olorosa de ungüentos y cubiertas las palmas de polvo de turquesa, en previsión de deleites sin fin es emparedada a la derecha del cadáver de su señor.

 

De Ficciones desmedidas  

 

Cada cosa en su lugar

Luisa Valenzuela 

Hay dramas más aterradores que otros. El de Juan, por ejemplo, que por culpa de su pésima memoria cada tanto optaba por guardar silencio y después se veía en la obligación de hablar y hablar y hablar hasta agotarse porque el silencio no podía recordar dónde lo había metido. 

De Brevs, microrrelatos completos hasta hoy

Abrigar esperanzas

Flavia Company 

Pedro Juan era ya todo un hombre cuando, en la sección para caballeros de unos grandes almacenes, conoció a Esperanza.
—Te llamas igual que mi madre —le dijo—. Pero igual, igual, ¿eh?
Ella sonrió.
—A veces la llaman Espe —añadió él.
—Como a mí —contestó ella.
Y como si aquellas coincidencias fueran suficientes para entrar en confianza, Pedro Juan se decidió a invitarla al cine. Esperanza aceptó. Y también aceptó, algunas semanas más tarde y siempre en nombre de esa serie de significativas coincidencias que fraguaban una historia de amor sin precedentes, casarse con Pedro Juan. La alegría no tuvo límites cuando, diez meses después, Esperanza madre y Pedro Juan esperaban con impaciencia extrema en los pasillos de la Maternidad el nacimiento del primer retoño. Niña. Otra Esperanza en la familia. Quiso el destino que aquel mismo día, de camino a casa, Esperanza, Esperanza, Esperanza y Juan Pedro sufrieran un percance en la carretera a altas horas de la noche. Tuvieron que abandonar el vehículo y quedarse a la intemperie. Nevaba. El frío era inaguantable. Pedro Juan se desembarazó de toda su ropa y la cedió a sus Esperanzas. No iba a permitir que las cobijara otro. «Cada cual las suyas», pensó, y acto seguido detuvo un automóvil. Subió.
Conducía una mujer bellísima que dijo llamarse Milagros.
—Te llamas igual que mi hermana —le dijo Pedro Juan—. Pero igual, igual, ¿eh?
Ella sonrió.
—A veces la llaman Mila —añadió él.
—Como a mí —contestó ella.
Aquellas coincidencias fueron suficientes para entrar en confianza. De ahí.

De Frases (muy) hechas

Té de las cinco

María Rosa Lojo 

Una taza de té con sus hojas dispersas en el fondo: hay allí un ojo extraviado, hay una boca que no halló la palabra, hay una pierna atravesada en medio del camino, hay una mano que no sabe coser. Hay un mapa secreto de una ciudad ya inhabitable donde viviste. Hay un llamado inaudible, hay una música que podría volverte el alma del revés, si la escucharas.
Pero hay otra mano tuya que vuelve a llenar la taza para tapar el fondo, para que no veas más, para no verte.

De Vida doméstica 

El otro lado

Sylvia Iparraguirre

 

Durante largo tiempo la mujer enfrentó la fiebre que ardía en los ojos del hombre: una concentración desmesurada de vida en un solo punto febril. Para poder continuar, tuvo que darle alguna forma. Al principio fue grandilocuente: imaginó que esa fiebre tomaba la imagen de un dragón, como el de San Jorge, donde ella, paradójicamente, venía a ser el santo. Más tarde, la fiebre cobró la silenciosa forma de una serpiente amarilla que describía círculos alrededor de la cama. La serpiente se erguía y transmutaba en una hermosa mujer de cabellos rizados y ojos feroces. Una vez, en soledad completa, la fiebre fue cuatro perros negros de colmillos al aire acorralándola una entera noche interminable. Después ya no fue así. La fiebre se revelaba debajo de la almohada o al costado de un plato como un inocente trozo de pan, o florecía sin apuro en las persianas mudas, cerradas al día. Pero, sobre todo, muchas veces, en la penumbra de los cuartos, la fiebre fue nada más que una burbuja leve y violácea que indicaba una gran tristeza; dentro de la burbuja solía aparecer la cara del hombre. La mujer siguió enfrentando esa fuerza cada vez con menos ímpetu hasta que una madrugada entendió, con alivio en el pecho, que su propia cordura le pesaba como un lastre, que su cabeza disciplinada y sus gestos adiestrados estaban, desde hacía mucho, predispuestos al salto; que lo esperaban, amorosamente. Esa noche se miró largo rato en los ojos del hombre y se dejó caer del otro lado.

 De Del día y de la noche, capítulo «Pasajes»

Patriota contemporáneo

Mónica Cazón 

Señor juez, necesito explicarle: me casé por un acto fallido, seguí adelante con ese matrimonio gracias a un acto de valentía y me divorcio en un acto de defensa propia.
¿Podría usted firmar sin demora el acta de mi independencia? 

De Zoológico de señoras

Vino

Esther Andradi 

Mi cara se parece cada vez más a una pasa. Las arrugas me visten la sonrisa de lomo de tortuga, el llanto de crisálida, la seriedad de pasa nomás. Por eso bebo tanto. Para macerarme en alcohol y así poder tragarme. Lástima que no puedo sobornar al espejo.
Pero quizá termine disolviéndome en saliva, acogiéndome al privilegio de las hostias. 

De Come,Este es mi cuerpo