el ombligo de piedra

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes 

El padre del tarantaleo

 

Un extraño círculo de personajes, agrupados alrededor de la figura de Charles Nodier, dan color a algunas anécdotas parisinas de los primeros años del siglo XIX. La bibliografía de estos recuerdos pintorescos es el prefacio que Alejandro Dumas escribiera para La mujer del collar de terciopelo negro, del propio Nodier.
Pixerecourt, el bibliófilo Jacob, los marqueses de Ganay y de Chalabre, François Wey, Cailleux, Dumas y algún otro, frecuentaban y eran parte de ese círculo. Allí Nodier desgranaba su inventiva infinita, enriquecida por un sinnúmero de lecturas, ante el silencio respetuoso y atónito de sus comensales.

El marqués de Ganay, al parecer, era un hombre voluble y caprichoso, se enamoraba perdidamente de un libro y no descansaba hasta hacerse de él, valiese mucho o poco, pero costara lo que costase. «Le era fiel un mes; más que fiel, entusiasta —recuerda Dumas—. Lo llevaba siempre encima, paraba a sus amigos para enseñárselo, dormía con él bajo la almohada y encendía una vela en plena noche para contemplarlo, pero no lo leía jamás».

Pixerecourt era extremadamente avaro con sus libros; él sí los leía, pero no los prestaba. Además discurría sobre ellos con otros bibliófilos como el conde de Labedoyère, el sabio Weiss de Besanzon y variopinto personaje más.
Pero el marqués de Chalabre constituía en sí todo un personaje para tener en cuenta. Su obsesión era poseer una Biblia, de cualquier orientación, pero única; una Biblia que ningún otro tuviese. Ya que nadie en París sabía tanto de libros como Charles Nodier, lo acosó día y noche para que él descubriera ese maravilloso y único ejemplar. Por eso es que Nodier, como un ejercicio más de su imaginación, fue más lejos todavía y le habló de una Biblia de tales y cuales características; es decir, de un libro que en verdad no existía. Y el crédulo marqués salió (desesperado y ansioso) en pos de él.
No era algo sencillo. El libro debía estar editado en una fecha precisa, haber sido impreso en la ciudad de Kent y ostentar el título de «ejemplar único» (al menos de «único sobreviviente»). Para conseguirlo ofreció quinientos francos. Ante la imposibilidad de hallarlo fue subiendo la recompensa hasta llegar a los diez mil. Las pesquisas duraron tres años y barrieron al detalle los territorios de Francia, Alemania e Inglaterra, arrimando al obsesivo marqués infinidad de biblias más o menos aproximadas, pero que (obviamente) no eran la inexistente Biblia sugerida por Nodier.
Un cierto día, ante la llegada de un libro de características parecidas al ejemplar perseguido, el propio Nodier (temiendo que el marqués de Chalabre enloqueciera en lo vano de su búsqueda) decidió que ya estaba bien. La edición difería sólo en un año con respecto a la indicada, el libro había sido impreso en Estrasburgo (a poca distancia de Kent) y el otro ejemplar que existía se encontraba en un monasterio druso del Líbano; es decir, sin posibilidad alguna de llegar hasta él. Nodier dio su venia para la compra de aquel libro, y el marqués pagó por él dos mil francos. Luego lo hizo encuadernar lujosamente y lo guardó en una caja a medida, fabricada especialmente para ese fin.
Estos eran (al igual que Gautier, Lamartine, Musset y tantos más) los personajes que rodeaban a Nodier. Pero ¿quién era Nodier, que por sus tertulias de «El Arsenal» pasaron los personajes más notables de la intelectualidad de la época?
Charles Nodier era fundamentalmente una autoridad en bibliofilia y encuadernaciones, pero también un bibliotecario de prestigio internacional, un entomólogo, un filósofo, un escritor, un herborista, un hombre cuyos sueños e historias «no eran otra cosa que recuerdos de los días pasados en otro planeta, o reminiscencias de lo que en otro tiempo había sucedido en éste», además de ser un hábil conversador que se vio limitado ligeramente por la epilepsia y por su dependencia al opio. Nodier también ofició (sin proponérselo) como benefactor para algunos talentos jóvenes que habían sido rechazados por los grandes editores de la época. Pero (y esto es una opinión totalmente personal) el gran aporte de Nodier al patrimonio biológico de la literatura fue haber «creado» al tarantaleo, un extrañísimo y minúsculo animal de vida eterna. El tarantaleo de Nodier poco tiene que ver con la fauna casi verídica que habita la «florida pradera» de Claudio Eliano, o con los fantasiosos seres que creyeron ver los conquistadores españoles. Ligeramente emparentado con el Bestiario de Juan José Arreola, o con los animales que Borges recoge en su Manual de Zoología Fantástica, o con el cuélebre de la canción de Víctor Manuel, y aún más con el mangangá amarillo de Los Olimareños; el tarantaleo no necesita reproducirse, porque es eterno. Este bicho vive sobre un pequeño puñado de arena; tiene forma de velocípedo, con dos ruedas que funcionan al modo de un barquito a vapor en el agua, o como un cabriolé en terreno seco; y (esto es lo más maravilloso) resucita en contacto con la humedad, luego de morir tantas veces como la falta de agua seque su diminuto cuerpo. Este animal, al decir de Dumas, «ha visto el diluvio y asistirá al juicio final».
Se afirma que los libros publicados por Nodier no se corresponden con lo apasionante de su figura como animador de tantas veladas intelectuales. Y, si aceptamos el mito creado alrededor de su figura, deberíamos reconocer que sus libros son aburridos y a veces hasta faltos de interés. Aunque tal vez esa sea una apreciación válida para estos días (una valoración extemporánea) ya que en el mejor de los casos lo que sucede es que su literatura ha envejecido. Se dice lo mismo de nuestro Macedonio Fernández, y con eso no estoy de acuerdo. Porque si aceptamos que Macedonio fue un brillante conversador de café, también es cierto que muchos de sus libros (la extraña novela Adriana Buenos Aires, el libro de prólogos Museo de la Novela de la Eterna, o el misceláneo Papeles de Recienvenido) continúan siendo algunos de los textos más novedosos de nuestra literatura; sin olvidar su poema Amor se fue, verdaderamente perfecto, si es que existe la perfección en poesía.
Los años pasan. La vida es corta. La memoria (en convencionales medidas de tiempo) dura lo que dura un suspiro. Todo lo que entra por la puerta grande sale por la puerta de servicio. Los ejemplos son mentiras. La cristiana resignación de los moribundos es un aullido de apego a los días terrenos que nos abandonan, narrado por un escritor de obituarios. El recuerdo es un trozo de papel impreso con fervor, guardado con desgano y exhumado por equivocación. La palabra «fin», la palabra «amén» y la palabra «adiós» han terminado siendo clichés de la lengua.
El 27 de enero de 1844 a las 2 de la mañana «la muerte empezó a golpear a la puerta» de Charles Nodier, que estaba aguardándola junto a su esposa y a su hija. El largo llamado culminó «en el momento en que el primer rayo del día tocaba los cristales». Tenía 64 años, y (el hábil conversador), imposibilitado ya para decir palabra, apenas pudo hacer con los labios una imperceptible mueca de despedida.

 

Rogelio Ramos SignesRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.