MICRORRELATOS DE JOSÉ MARÍA MERINO

 

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José María Merino (La Coruña, 5 de marzo de 1941- ). Escritor y académico español.es uno de los mejores cultivadores del microrrelato hispánico, sobre cuyas características nos ha dejado sugestivas reflexiones, amén de poeta, narrrador y ensayista. Entre 1987 y 1989 dirigió el Centro de las Letras Españolas del Ministerio de Cultura. Merino es, asimismo, patrono de honor de la Fundación de la Lengua Española, presidente honorífico de La Fundación del Libro Infantil y Juvenil Leer León y académico de la Real Academia Española.

Colabora con la UNESCO en proyectos para Hispanoamérica. Dirige entre 1987-1989 el Centro de las Letras Españolas del Ministerio de Cultura. Desde 1996 se dedica sólo a la literatura. Como escritor, se inicia en la poesía, pero termina escribiendo novelas y cuentos, siendo de este género principal representante en España. Se inició en la literatura con la escritura de con la publicación de Sitio de Tarifa, aunque la mayor parte de su obra literaria se haya desarrollado en el terreno de la narrativa y del mircrorrelato.
Entre sus libros, en esta dimensión brevísima, destacan: Días imaginarios (2002), Cuentos del libro de la noche (2005), La glorieta de los fugitivos (2007) y parcialmente se recogen también en El libro de las horas contadas (2011).

La tormenta en el vaso

Esta noche me despertó el retumbar amortiguado de un trueno. Imaginé que había una tormenta en los alrededores, pero un resplandor súbito, cercanísimo, acompañado de otro trueno de la misma intensidad, me hizo descubrir que la tormenta estaba a mi lado, sobre el vaso de agua que mantengo por las noches en la mesita. Los relámpagos y los truenos se sucedieron, y pude advertir claramente que coronaba el vaso una pequeña pero densa nube. Mi mujer continuaba durmiendo tranquilamente. Uno de los de los rayos descargó sobre mi reloj de pulsera, que se ha parado, acaso para siempre. Yo sentía mucho temor. Cuando la tormenta terminó, el nivel del agua en el vaso había subido por lo menos tres centímetros. Me he llevado el vaso a la cocina y me he prometido no volver a tener agua en la mesita nunca más.

La pecera

Anoche, al volver a casa, cuando iba a echarles comida a los peces que tengo en la pecera, me encontré con que en la superficie del agua flotaba un extraño objeto. Observándolo con cuidado, comprendí que se trataba de una especie de desvencijada balsa, sobre la que había dos figuritas humanas, una tumbada boca abajo y la otra agarrada a una especie de mástil hincado entre los maderos. Creí que era un adorno que había puesto mi mujer, pero de repente descubrí que la figurita agarrada al tosco mástil movía un brazo desmayadamente, como pidiendo ayuda, y que en la tumbada había también signos de vida. Aquellos seres diminutos y vivos, al parecer náufragos, me desconcertaron tanto que me fui a la cama sin decirle nada a mi mujer y pasé la noche en blanco. Me he levantado muy pronto, he ido corriendo a la sala donde tenemos la pecera, pero solo he encontrado a las tres carpas rojas que la ocupan. Entonces me he sentido muy aliviado, al imaginar que esos diminutos náufragos no corresponden al mundo de mi realidad cotidiana.

Mundo bonsái

No sé cuánto tiempo hemos vivido juntos en ese bonsái, pero ayer por la mañana, al despertarme, ella no estaba. Imaginé que acaso se había entretenido en alguno de los otros bonsáis, recolectando frutas, o mientras iba a buscar agua con el dedal que yo habilité como caldero, pero fue transcurriendo el día y, cuando llegó la noche, Silvia, como yo la he llamado desde que la conocí al pie de mi bonsái, no había regresado. Dormí mal, en el hueco entre los troncos del olivo que nos sirven de cobijo, y esta mañana he hecho un recorrido por el invernadero, inspeccionando todos los bonsáis que cobija. Cuando la encontré, estaba al pie de un pino, enlazada con un brazo a un ser peludo, que resultó ser un orangután. ¡Silvia!, la llamé, pero me miró con tanto desinterés que comprendí que nuestra relación había terminado. He regresado a mi bonsái y he aceptado, con amargura, que ha concluido otro período de mi vida. Tras unas horas de abatimiento me he dirigido al final de la estantería y he descendido hasta el suelo, ayudándome de una de las cuerdas. Al llegar aquí abajo, mi cuerpo ha ido recuperando poco a poco el tamaño del día en que descubría a Silvia, denuda, dormida al pie del fornido pero diminuto olivo. Y ahora soy consciente de que mi mundo bonsái será ya solo un recuerdo para mí.

Otra historia navideña

Entre los inmigrantes que habían arribado ilegalmente en la embarcación figuraban también dos subsaharianos, un hombre y una mujer en avanzado estado de gestación. Los agentes que suscriben siguieron su rastro por la rambla de Cala Carbón, desde la playa hasta unos antiguos establos que se encuentran unos cien metros al norte de la carretera del faro. Cuando los agentes llegaron, ya se había producido el alumbramiento. Unos pastores que tienen a sus rebaños en la zona habían prestado auxilio a los dos subsaharianos, que presentan síntomas de agotamiento y deshidratación. El niño ha muerto.

Convivencia

La primera vez que lo oí, pensé que alguien había entrado en casa. Eran las siete de la tarde, mi mujer se había ido al cine con unas amigas, yo estaba en la sala leyendo el periódico y me llegó su murmullo desde el otro lado del piso. Me levanté: al fondo del pasillo, tras la puerta abierta de mi estudio, brillaba la lámpara de la mesa y una voz tatareaba una melodía familiar. Me quedé escuchándola hasta descubrir que el causante del tarareo era yo mismo: me había quedado allí a pesar de haberme ido a la sala. Muy asustado por el incidente, regresé a la sala y permanecí escuchando el tarareo hasta que se extinguió. Volví a mi estudio: la lámpara estaba apagada y no había nadie.
Unos días después, otra tarde en la que también mi mujer estaba ausente, se repitió el fenómeno: esta vez me encontraba en mi estudio, enfrentado al ordenador, cuando empecé a escuchar la televisión en la sala. Desde el pasillo, vislumbré mi propio bulto sentado en el sofá con el periódico en las manos.
Ahora, cuando me encuentro solo en casa, soy consciente de estar en la sala o en el estudio, pero sé que al mismo tiempo me encuentro en otro lugar. Mi temor inicial se ha ido apaciguando, pero permanezco sin moverme hasta que mi ruido en el otro sitio se extingue y la luz se apaga, horrorizado de que algún día podamos encontrarnos yo y yo. 

Los textos fueron tomados de diferentes sitios de Internet. La fotografía se corresponde con la publicada ABC Cultura el 25 de octubre de 2013 https://www.abc.es/cultura/libros/20131025/abci-merino-premio-nacional-narrativa-201310251336.html

 

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