EDUARDO BELLOCCIO 

  

     ACERCA DE LA MUERTE DE UN POETA

Rubén Rüedi y la transcendencia de la palabra

 

Por Eduardo César Belloccio*
Especial para Tardes Amarillas 

Alguna vez les dije a algunos amigos que si se produjese una hecatombe y se terminara el mundo ─como si el apocalipsis fuera algo diferente a esto que vivimos de manera cotidiana─, solo deberían sobrevivir un maestro, un niño, un médico y un poeta. Para este mundo insensible en el que transitamos lleno de acechanzas y cada día más individualista, los poetas a veces nos abandonan aunque nunca sea una verdad exacta. Su presencia, a través de la palabra que generalmente nos trasciende, permanece siglos y siglos acompañando al ser humano en este peregrinar eterno.

Hace algunas semanas, dejó este mundo el amigo, el poeta, el compañero Rubén Rüedi. A mí me parece que se fue de gira.
Tenía tantas cosas por hacer, tantas ganas de hacer, que no pudo esperar los tiempos terrenales.

Quería que lo acompañáramos a Italia, a Maquijata, a Bolivia, a Buenos Aires, al Chaco, a la escuelita de..., en fin, todos compromisos promovidos por sus libros, por sus realizaciones, por sus ganas de hacer. Y no podía esperar. «Son muchas cosas» me dijo, «y no tengo mucho tiempo».
A mediados de junio presentó su última investigación sobre la vida del padre del sanitarismo argentino, el médico santiagueño Ramón Carrillo. Un libro de extraordinario valor documental "Al Gran Pueblo Argentino Salud" en el gremio de los Viajantes en Buenos Aires.
Aún aquejado por sus males, no dejaba de programar su futuro, sus viajes, sus libros, su poesía. Dejó una obra inmensa: Para el análisis, para la reflexión, para la historia. Su pluma comprometida no se desvió un ápice de su forma de vivir y de pensar.

 mi fuero íntimo, creo que, a pesar de su condición de historiador, docente, funcionario y gestor cultural, Rubén era antes que nada un poeta. Hay que leer a Rüedi por el puro placer de acompañarlo en su vuelo matinal con los colibríes, para conocer a Los Cristos del Mundo, beber de las aguas del Ctalamochita y hacer un alto en El Reloj de Sol, para cobrar altura. . .para cobrar altura. Por ello los invito a repasar una pequeña muestra de su inmensa producción poética.

Eduardo Belloccio 

 

XXVI

MATRIA

Cuando marzo derramaba el trepidante jarabe de la uva
en Mendoza levitamos
bajo el sol que doraba los pulsos del día.

La noche nos cobijó en San Juan
de donde voló la luna
esparciendo fósiles de luz.

Viendo llover el tiempo en poblados calcáreos
decidimos fundar
en San Luis otro mundo.

Córdoba, las hogueras, alboroto de proclamas,
sudores y polen.

Fuimos pastores de promesas en los fantasmales salitrales
de Santiago del Estero.

Amasamos la greda en Catamarca diaguita.
Rústica madre alfarera.

En Sanagasta, La Rioja,
padecimos ocres lejanías a contra cielo de las montañas.

Tucumán, el monte, sangre derramada.
Utopía, revolución y olvido.

Nuestros labios derrotados ardieron en Salta
iniciando el fuego.

Quisimos perpetuar las alas en el friso de los cerros
de Jujuy amaneciendo.

Latimos en Formosa con su lenta agonía
de piel cobre y camalote.

Y en la corteza del Chaco fuimos tanino
en el dolor de los quebrachos.

Procreando un sueño anduvimos huellas de sangre
Misiones adentro.

Las fauces del amor se abrieron en Corrientes
con el grito espectral de los esteros.

Sobre un pentagrama de aguas
Entre Ríos fue el éxtasis, tembladeral de pájaros.

Estallando en las frutillas
al corazón de Santa Fe prolongamos el estío.

Y sentimos ahogar los orígenes desencontrados en la noche del oscuro pulmón de Buenos Aires.

Crepuscular ausencia la de tu cuerpo
en la desolación de La Pampa.

Crucé Río Negro al oeste
abatido por el rojo grito de las manzanas.

Y en las nieves de Neuquén quemé el silencio
de mis manos inertes.

El mar en Chubut era un altar pagano
donde inmolé memorias como un viejo relicario.

Santa Cruz y la esperanza.
Colgadas al viento
las banderas del reencuentro flameaban.

Decidido por la luz o los abismos
aferré los timones del alba en la Tierra del Fuego,
donde nacen los espejos.

Y fui a buscarte a las últimas regiones depredadas.

Se esfumaba tu silueta maternal en los confines de la niebla
y un soplo de estrellas te iluminó la cara.

Abierta al parto en las Islas Malvinas me esperabas.
Brillando en el austral esplendor de una lejana luna de plata.

ruben-ruedi 

XXIX

EL FUEGO 

Fue en la interminable noche glaciar.
Ella y él no pudieron seguir la fatigosa marcha que el clan había emprendido rumbo a las tierras cálidas y a la altura del estrecho de Bering tuvieron que desertar.

Los otros ni siquiera volvieron la mirada. Es que permanentemente escrutaban el horizonte en busca del fin de los hielos.
Nadie se dio cuenta que él y ella quedaban en el camino. Había que continuar la marcha y la selección natural indicaba quien estaba apto para seguir hacia la perpetuación de la especie.

Tendidos sobre el hielo vieron como los otros se perdían de vista entre la bruma.
Aquellos dos nómades, abandonados a su suerte, decidieron sobrevivir.

Él estaba desfalleciente y ella lo arrastró hacia un promontorio que sobresalía en la planicie helada.
Con una punta de sílex despellejó a un animal muerto que yacía en la nieve y cubrió al hombre con la grasienta piel.
De pronto las sombras de la noche se derramaron sobre el abúlico paisaje y el frío, grave y profundo, agudizó el silencio boreal.

Ella buscó refugio también bajo la piel y abrazada al hombre penetró en el sueño.
Y entre sueños una mano buscó a la otra y las otras comenzaron a recorrer los cuerpos fríos que subrepticiamente recobraron el calor.

Ella sintió una caricia en su golfo sensitivo y lo mismo sintió él en el trópico vital de su centro.

Y las manos recorrieron el universo de los cuerpos. Y los cuerpos ardieron bajo la piel. Y se hundieron el uno en el otro hasta que la aurora caló en la noche.

Insertos en la hoguera de la piel los sorprendió el nuevo día.
Fue, entonces, que oyeron la maravilla de la música posada en un abeto.

El ruiseñor cantaba y de pronto voló hacia ellos. Se asentó entre sus cuerpos y emprendió nuevamente el vuelo teñido de tinto fuego.

Ella y él se pusieron de pie y retomaron la marcha.

Caminaron entre las coníferas por un mundo verde azulado. Junto a ellos marchaba una manada de venados que les prodigaba alimentos.

Dejaban sus huellas en la tierra ya fértil y de tanto en tanto se acostaban sobre mantos de tréboles para encender sus cuerpos y resucitar la primavera.

 

EL CTALAMOCHITA VA

Bordeado de sauces llorones
transita un camino de arenas
buscando dejar su último aliento
en la boca salitre del mar.

Como un pregonero líquido
va surcando las estaciones.
En verano alborozada
canta su voz mineral.

Pasa como el tiempo lento
estremecido de recuerdos,
mientras un cardenal derrama
su rojo penacho en las aguas.

Caminaron por su costado
los hombres que buscaban,
sedientos de sangre y oro,
el milagro de Trapalanda.

Y fue lágrima aborigen
derramada en mil crueldades,
donde mojó sus lágrimas partidas
el labriego de ultramar.

Y va, y va, y va,
el Calamochita va,
entre moreras de estío
a hundirse en la boca del mar.

 

ALAS AMARILLAS

Salgo a volar por las noches con las alas amarillas de la melancolía.
Quiero ser dueño del tiempo flotando en los vapores del recuerdo.
Vuelo sobre las calles buscando la menta de mis sueños.
Con las alas amarillas de la melancolía
he subido a la cúpula de la vieja Catedral.
Veo las aulas fantasmas de lo que fue el Nacional,
laicos y libres discuten; albores de los sesenta.
Vuelo sobre la plaza cubierta de hojas caídas;
en abril está llorando el Arbol de Guernica.
Una suave brisa me lleva hacia el río;
anda por el zoológico el niño que he perdido
y del viejo Carlón aún escucho los rugidos.
Por eso en "El Rosedal" se han escondido los besos
de un tiempo lleno de luz en que todo era un sueño.
Poso la memoria en el Reloj de Sol,
es noche de reencuentros a pesar de las sombras.
Con las alas amarillas de la melancolía
sobrevuelo la marcha del trencito de Las Playas.
Le pido engrudo a la luna para hacer la estudiantina
y allí, junto a las vías, agito las alas y canto
"bomarraca, bomarraca".
Ha sido corta la noche, sopla el viento de los vientos,
voy a ocultarme en el túnel con mis alas amarillas
y antes que el sol me derrita pintaré en las paredes
una leyenda de guerra:
"Te espero amor, yo te espero,
cuando en la fuente cante el agua,
para cobrar altura y ganar el cielo".

 

AGUJAS DE MUSGO

No te rindas a la anemia
sin hurgar en la memoria
las estrellas arrebatadas;
sin estibar al menos
un trozo de la verdad.

No desarmes el grito,
no te quedes con la ausencia
temblando en las manos
como un copo de sal.

Hay un reloj de sol
-trinchera de la memoria-
donde el río arabesco
se codea con el cemento.

Marca las horas de ausencia
de tus hijos, ciudad.

Aquellos de laurel caído.

Tus hijos desaparecidos.

Desterrados de palabras vino,
palabras manzana, palabras canción,
palabras pájaro.

Hay un reloj de sol
en tu más íntimo hueco.
Agujas de musgo
rasgando tu pecho. 

 

Rubén Rüedi. (Villa María, 01 de enero de 1958 – 30 de julio de 2018) Escritor, historiador, docente, artista y gestor cultural. Durante gran parte de su vida se dedicó a trabajar en y por la cultura. Ha publicado veintiún libros, entre poesía, narrativa, historia y literatura infantil. Sus obras fueron presentadas en casi todas las provincias argentinas y en el extranjero. Fue miembro fundador y presidente de la Junta Municipal de Historia de la Ciudad de Villa María y Coordinador de la Red de Institutos de Estudios Históricos de Córdoba (RIEHC). Es miembro del Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales "Felipe Varela", dirigido por Norberto Galasso. y a la vez es coordinador del RIEHC (Red de Institutos de Estudios Históricos de la Provincia de Córdoba). También fue Director de Cultura de Villa maría.