POEMAS DE BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO

 fernandez baldomero

Baldomero Fernández Moreno. Nació el 15 de noviembre de 1886 en la ciudad de Buenos Aires (Argentina). Hijo de padres españoles. En 1892 la familia se trasladó a Bárcena de Cícero, pueblo de su padre. Entre 1898 y 1899 vivió en Madrid en casa de unos tíos. Cursó las primeras letras en España y prosiguió sus estudios en su ciudad natal, donde logró el título de Medicina, profesión que dejó para dedicarse a la poesía. Entre su producción destacan: Las iniciales del misal (1915), Intermedio provinciano (1916), Ciudad (1917) y Versos de Negrita (1920). Desde la realización de Aldea Española (1925), se observa la aparición de una etapa de formalismo poético y una añoranza por lo español. Debido a la muerte de uno de sus hijos en 1937, sufre una enorme depresión y su lenguaje poético se vuelve oscuro y desesperado. Publica ese mismo año, Penumbras. Más adelante publicará  otros libros en prosa (Yo médico, yo catedrático) y en poesía (Tres poemas de amor y Sonetos cristianos entre muchos otros). Falleció en Buenos Aires el 7 de junio de 1950

Alba

Embadurna de luz el alba mi postigo,
y a perfilarse empiezan mis pobres muebles viejos...
Los primeros en despertar son los espejos.
Pende la luz eléctrica del techo, como un higo.
Tienen mis pobres muebles un manso despertar,
sobre todo el lavabo... Acoge a la mañana
como deshecho en blancas risas de porcelana.
Que buena pro le haga. Yo prefiero roncar.
A estas horas las gentes que tienen ambiciones,
salen apresuradas a sus ocupaciones.
Yo me doy media vuelta y en la almohada me hundo.
Le vuelvo las espaldas a la Aurora y al mundo.

 

Últimas

Yo me lancé a la vida,
audaz, desnudo,
apretada una rosa
en cada puño.
Y no he hecho nada,
aquí estoy sentadito
a la ventana.

He sido siempre el hombre
de última hora,
el que pierde ocasiones
y el que llora.
Soy el que corre
por andenes vacíos
el postrer coche.

Yo era como una hoguera
resplandeciente,
danza de llamas blancas,
rojas y verdes.
Ahora soy humo,
una antorcha caída
al pie de un muro.

 

Cena

Tranquilamente la comida observo:
son cuatro hombres y una mujer vieja.
Ellos están caídos sobre el plato,
comen con rapidez y silenciosos.
Con cada cucharada me parece
que se tragan también un pensamiento.
Y en camisa los cuatro, recogidas
las mangas hasta el codo, y en la espalda
las equis negras de los tiradores.
Ella atiende a los cuatro como puede,
solícita, nerviosa, hasta con miedo.
Se ve que con el último bocado
se han de ir a dormir sin más palabras.
La única alegría de la mesa
es un sifón azul que está en el medio.

 

Canción de luna

En el aro ligero de la luna
canta para mí solo un ruiseñor.

A cada golpe de oro de su pico
brota en el aire una constelación.

Canta el pájaro pardo dulcemente
y se eriza de plumas y palor.

Cuando se pone el pecho más delgado,
dice mucho más clara su canción.

Morir, acaso, es continuar un sueño
de luna en luna y de sol en sol.

 

Acabo de pasar, amor, por el correo...

Acabo de pasar, amor, por el correo,
-chisporrotea el lacre, oscila la balanza-
es como un girasol de oro mi deseo
y como una ramita de espliego mi esperanza.

Aquí estoy con tu carta, al sesgo, en una mano
emboscado en esta sombría callejuela....
Tu carta, que es la última rosa de mi verano.
Déjame que la palpe, la sopese y la huela.

 

Amantes

Ved en sombras el cuarto, y en el lecho
desnudos, sonrosados, rozagantes,
el nudo vivo de los dos amantes
boca con boca y pecho contra pecho.

Se hace más apretado el nudo estrecho,
bailotean los dedos delirantes,
suspéndese el aliento unos instantes...
y he aquí el nudo sexual deshecho.

Un desorden de sábanas y almohadas,
dos pálidas cabezas despeinadas,
una suelta palabra indiferente,

un poco de hambre, un poco de tristeza,
un infantil deseo de pureza
y un vago olor cualquiera en el ambiente.

 

Cuerpo

¿Qué del paisaje de marfil me queda
éstos de soledad, días transidos?
El movedizo juego de tus pechos,
balanceo de rosas, de palomas,
menos aún, dos grandes gotas de agua
rodando en el espacio vacilantes.
Así van, así van de un lado a otro,
gotas doradas, pompas de ti misma,
hasta que al fin, horizontal, se aquietan,
apaciguados, graves, circulares,
apenas temblorosos en la noche.

 

La vaca muerta

Lentamente venía la vaca bermeja,
por el campo verde, todo lleno de agua;
lentamente venía, los ojos muy tristes,
la cabeza baja,
y colgando del morro brillante
un hilo de baba.
Enferma venía la buena, la única" de la pobre chacra.
—¡Hazla correr, hombre!—
La mujer gritaba
al viejo marido.
—¡Se viene empastada!
Y el viejo marido
los brazos subía y bajaba,
y la vaca corrió como pudo,
los ojos más tristes, la cabeza baja...
Junto a un alambrado,
salpicando el agua,
cayó muerta la vaca bermeja;
¡El viejo y la vieja lloraban!
Y vino un vecino
con una cuchilla afinada,
y en el vientre, redondo y sonoro
de una puñalada.
Un poco de espuma,
de un verde muy claro de alfalfa,
surgió por la herida; y el docto vecino,
después de profunda mirada,
acabó sentencioso: la carne está buena,
hay que aprovecharla.
Los cielos estaban color de ceniza,
el viejo y la vieja lloraban.