Tapa de La descomposición

                   

 

 

 

 

 

 Composición sobre "La descomposición" de Hernán Ronsino (Amaru Diógenes Condorí)
                                  Especial para Tardes amarillas.

 

Opinar sobre la escritura de otros autores suele resultar una experiencia casi tragicómica. Más allá de la formación académica en literatura, especialmente en teoría y crítica literaria, el que realiza la reseña de un libro, es esencialmente un lector. Para mi desgracia, me gusta mucho leer y generalmente no pasa un día de mi vida sin que lea algo y como ya estoy en una edad avanzada de mi existencia, probablemente me resulta difícil la lectura de las vanguardias. Al final de cada día me pregunto si, por casualidad, no habrán sentido ese mismo sentimiento aquellos que, en su época debían reseñar u opinar sobre quienes, de alguna manera, constituían vanguardias y que, con el paso del tiempo, se han transformado en escritores clásicos y en algunos casos, además de ser consagrados, se han transformado en “autores de culto”. 

Hace pocas semanas atrás, contrariando todas las opiniones favorables acerca de una novela muy vendida, sostuve que la misma no era “el novelón” que se pinta sino que no pasaba de ser una buena novela. Algo similar me ocurrió con la lectura de “La descomposición” de Hernán Ronsino. Todas las críticas que leí acerca de la misma, son favorables y en algunos casos, hasta se habla del lenguaje literario del autor como algo “novedoso”, “fuera de lo común”, una nueva forma de encarar la narración, una escritura emergente que supuestamente plantea nuevas formas de lectura, etc., entre muchas otras opiniones ampliamente favorables. Sin embargo la lectura de la citada obra me resultó bastante pesada pues usa un lenguaje (a mi modo de ver) críptico y la obra en sí es fragmentaria. 

De ninguna manera quiero decir con esto que la fragmentariedad en sí misma sea mala. De hecho, la fragmentariedad, como forma de contar una historia no es solamente empleada en la literatura sino que también se emplea en el cine cuando se recurre a algo que los cineastas llaman flashback. En realidad, el flashback (que en definitiva es una analepsis o escena retrospectiva), es una técnica, utilizada tanto en el cine y la televisión como en la literatura, que consiste en alterar  la secuencia cronológica de la historia, conectando momentos distintos y trasladando la acción al pasado. Se utiliza con bastante frecuencia para recordar eventos o desarrollar más profundamente el carácter de un personaje. En el terreno de la literatura he leído numerosas obras que tienen ese ida y vuelta casi constante (dos claros ejemplos, aunque no son los únicos,  serían “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes, donde no existe un relato lineal sino que, en lugar del camino sencillo de ir desde un tiempo inicial al del desenlace respetando la secuencia temporal, es un constante ir y venir entre diferentes fechas en que se relata la historia y la “Odisea del cangrejo” de Fernando López, en la cual la fragmentariedad es usada con mucha pericia ya que nos atrapa hasta llegar a un final en el que todo se resuelve de manera inesperada, lo que transforma la novela en algo fuera de lo común y en una excelente obra que, seguramente habrá de ser considerada en esta sección).

La fragmentariedad a la que aludo es al estilo de Ronsino (que en cada segmento  de la novela relata hechos que presenta de manera incompleta, hechos que, a la postre resultan  oblicuos) como una estrategia para atrapar al lector. Justamente ese artificio en la escritura de Ronsino transforma su prosa en alguna medida en un relato sinuoso casi insondable que obliga al lector a una relectura permanente que dificulta la comprensión del texto.

En realidad, se tratan de sucesos que nunca terminan de relacionarse entre sí ni siquiera en el clímax de la novela. En este punto quiero traer a colación la opinión de Patricia Highsmith, una de las maestras del suspenso, quién sostiene con mucha convicción que esconder información al lector de manera arbitraria, no pasa de ser un conjunto de enredos que, como todo truco proporcionan un entretenimiento fútil para atrapar al lector y es difícil esperar que lectores inteligentes  se sientan cómodos en ese espacio.

En una reseña sobre esta obra realizada por Beatriz Sarlo que tuve oportunidad de leer en Internet, la misma sostiene: «…Narrar bien, incluso muy bien, pero con dilaciones y desvíos, evitando que el impulso de la materia narrada (su interés) se lleve por delante la voluntad de fragmentar. En este sentido, La descomposición responde a su título: destruye deliberadamente la continuidad hasta descomponer la materia misma de la que está hecha.»

En síntesis, desde mi modesta óptica, más allá de su calidad como texto subversivo y novedoso, creo que esta novela se constituye una obra difícil, de lectura compleja cuyo mayor mérito (más allá de todos mis reparos) es, no solamente la necesidad de plantear una historia, sino encontrar un camino que, aunque fatigoso, nos permita  reencontrarnos con el arte de la narrativa. 

 

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