El ombligo de piedra 

 

 

 

     EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes 

¿Por qué un ombligo? ¿Por qué de piedra? 

 

Onfalia, mitológica soberana que reina sobre Lidia, ha decidido vestirse con las ropas de Hércules (apenas un trozo escueto de la piel del león de Nemea, caído desde la Luna y muerto a manos del infalible guerrero) y lo hace sin el mínimo pudor. Hércules, a su vez, que cumple como esclavo un año de castigo impuesto por los dioses (según Ovidio), viste las túnicas de Onfalia mientras maneja el huso y la rueca, produciendo un finísimo hilado. Esta manualidad no es lo suyo, pero juega lascivamente dentro de los límites que le impone su penitencia, cambiando sus ropas por las de ella. Mientras tanto gestan al pequeño Lamó, fruto de esa extraña unión.
Cierta noche, el dios Pan (enamoradizo dios con aspecto de chivo) ingresa a la gruta donde los amantes duermen. En la total oscuridad, su tacto le sugiere que bajo las suaves telas yace Onfalia, y hacia allí arremete. Resulta fácil imaginar qué sucede con el débil dios caprino cuando el fornido Hércules (vestido de mujer) despierta.

Pero, como lo que no posee de fuerza natural lo compensa con su inhumano poder, Pan se desquita de Onfalia (según Ateneo) rodeándola de una fama de viciosa que la acompañará a lo largo de todo el mito. Así Onfalia "la del ombligo" o mejor dicho "la del ombligo perfecto" ingresa en este texto, final y, no sé por qué, explicativo.
¿Qué es un ombligo, entonces? Y a la pregunta fácil y directa sólo le caben respuestas largas y engorrosas. Porque un ombligo puede ser mucho (casi todo, diría) y también puede ser poco (o casi nada). Depende de la lectura que hagamos de esa inquietante marca.
Si digo que el ombligo es la huella que llevamos en esta vida en recuerdo de nuestra vida anterior, casi anfibia; podría ser una respuesta, pero dejaría muchas puertas abiertas para que ataquen los disidentes. Si digo que es el sello literario (el lacre recién volcado) que une las osadías de Las Mil y Una Noches con la emoción desesperada de fray Luis de León traduciendo El Cantar de los Cantares; podría ser otra respuesta, pero sonaría demasiado intelectualizada y hasta antojadiza (inclusive los modernos carceleros del Santo Oficio se pondrían inquietos). Si digo que es la "cicatriz que se forma en medio del vientre, después de romperse y secarse el cordón umbilical", citando textualmente la definición del diccionario; sería una tercera alternativa para responder, pero ¿quién espera una reveladora definición de Perogrullo para referirse a algo sublime? Aparte de eso, ¿qué escritor en su sano juicio, o bien qué escritor en pleno uso de su oficio, utilizaría la palabra umbilical para definir la palabra ombligo? Entonces sí, y ahora una vez más ¿qué es un ombligo?
Creo que un ombligo es una marca indeleble (aunque la moderna cirugía pueda discutirlo); una rúbrica que nuestra madre nos dejó sobre el cuerpo; una muesca de necesidad y de amor; un imprudente trazo de garantía. Creo que un ombligo (no discursivo, sino físico) es algo tan diferente a otros ombligos, como lo pueden ser los rostros o las huellas dactilares entre sí.
No es lo mismo un ombligo profundo, de final incierto, como el de la ninfa sentada que descansa en el Museo Arqueológico de Rodas (lo sé por los libros); que un ombligo como un nudo trenzado por algún marinero inexperto, a punto de desatarse. No es lo mismo un ombligo horizontal, como el de Nefertiti en el Museo del Louvre, en París (también lo sé por los libros); que un ombligo vertical, similar al iris de un gato, como el de Laura Antonelli, que recuerda a un signo de admiración siempre abierto; o que un ombligo con visos de desgano, como un párpado semicerrado, parecido al de Brigitte Bardot; o que el ombligo de aquella actriz estadounidense (de origen boliviano) llamada Raquel Welch, como una minúscula vagina o como un sugestivo grano de café que nadie (ni ella) logró tostar; o que el ombligo enigmático de Stefania Sandrelli (permítanme ustedes que me ponga de pie); o que el ombligo "bajo techo" de Demi Moore; o que el de Jane Birkin, casi dibujado a mano; o que el de Natassja Kinski, como el pico de un globo escondiéndose (si no fuese por las actrices internacionales, a quien uno puede nombrar libremente sin mancillar su nombre ¿qué sería de nosotros?); o como un cráter lunar dibujado en algún comic; o como el ombligo de una de las Seis bañistas de Paul Cèzanne, atento y expectante; o como una golondrina al vuelo en la pintura El origen del mundo de Gustave Courbet. Tampoco es lo mismo el experimentado ombligo que se luce sin inhibiciones en las playas del mundo, o en las transitadas veredas de fines del siglo XX (cualquiera sea su forma); que el ombligo pudoroso, que se sabe infinitamente bello y que tal vez por eso se esconde (cualquiera sea su forma, también). En todo caso, creo que el ombligo es algo que sucede en absoluta soledad y casi sin saberlo. La publicidad no hace más que convertirlo en nada.
Se sabe que México significa, en lengua náhuatl, "ombligo de la Luna" y, si nos atenemos a los mapas selenitas conocidos, la Luna está repleta de ombligos, en todo tipo de relieve. Pero, no nos engañemos, sólo hay una ciudad de México. Eso la hace diferente, eso le da identidad, como a un buen ombligo terrestre que se precie de tal.
En las ruinas de Tiwanacu, a algunos kilómetros de la ciudad de La Paz, en Bolivia, hay una suerte de menhir con un extraño orificio combado y serpenteante que lo perfora de lado a lado. Ese poste de piedra preside un amplio espacio, abierto y desolado (una cancha, en lengua quichua) que los aborígenes usaban como lugar de reunión. Apoyando su boca en ese agujero, alguien (posiblemente un sacerdote) hablaba en un volumen normal y todos los que se encontraban en el predio lo escuchaban sin dificultad. Por eso (siempre estamos hablando de supuestos) se dice que aquello es un "amplificador sónico"; aunque, a decir verdad, habría que mirarlo sin ningún tipo de información previa, porque tiene toda la forma sugestiva e inquietante de un ombligo. Luego, sí, podemos fundar otra teoría; la de la pequeña ventana que separa (o une) este mundo incrédulo de aquel otro mundo, supuesto e infinitamente mejor. El nábhila sánscrito, el pito pascuense, el pupo quichua, todos relacionados entre sí, también tendrán algo que decir; como el delfos del mundo antiguo y el tabbur de los viejos hebreos; como el piko hawaiiano y el jeso japonés; como el tuch maya y el kururu aymara; como el ombligo de la Sulamita "ese cáliz redondo al que nunca le falta licor", según la voz del sabio Salomón, que es palabra sagrada.
Ya en la década de 1920, William H. Hays, censor del cine norteamericano, prohibió la exhibición de ombligos en la pantalla, por ser estos, según su opaco entender "la marca satánica del pecado original". Veinte años después, y por mucho tiempo, el generalísimo Francisco Franco obligó a que diarios y revistas escondieran, obliteraran o bien cortaran los ombligos que pudieran publicarse en la prensa de la sojuzgada España de entonces.
Pero el ombligo, más allá de tanta estupidez circunstancial, venció a los tiempos (como que desde muy antiguo viene) y continuó señalando el centro del cuerpo humano, casi como una necesidad religiosa a la hora de demarcar territorios. Porque el ombligo, al decir del gran estudioso Gutierre Tibón, y desde una óptica refinadamente humana, además de ser el centro cósmico, geográfico, arquitectónico y psíquico, es también el centro erótico. Hasta el lenguaje ha tomado esa idea, convirtiendo al ombligo en un sinónimo de centralidad, de punto donde gira equidistante el mundo de lo múltiple. La visión onfálica de la vida sigue siendo tan milenaria como real. En ese particular, nada ha cambiado.
La redacción de este texto le debe mucho a cierta modelo (anónima para mí) fotografiada por el señor Peter Zeemeijer; ya que, de no haber conocido sus retratos, me hubiese resultado imposible escribir todo lo antes dicho.
Ahora bien. Llegado a este punto ya no sé si con tantas palabras logré responder a la primera pregunta del título: ¿por qué un ombligo? Espero haberlo logrado.
Y en relación con la segunda pregunta: ¿por qué de piedra?; considerando que este espacio ya se termina, la respuesta es: porque la piedra sobrevive a los tiempos. Y, en última instancia, porque sí.
Muchas gracias. 

Rogelio Ramos SignesRogelio Ramos Signes, nació en San Juan en 1950 y actualmente vive en la ciudad de Tucumán. Ha publicado numerosos libros de poesía y narrativa entre los que podemos destacar Las escamas del señor Crisolaras (Cuentos, Sudamericana, Buenos Aires, 1983), Diario del tiempo en la nieve (Nouvelle, Minotauro 10, Buenos Aires, 1985), Soledad del mono en compañía (Poesía, Libros del Hangar, Tucumán, 1994), Polvo de ladrillos (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 1995), El ombligo de piedra (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2000, segunda edición 200), Un erizo en el andamio (Ensayos, Libros del Hangar, Tucumán, 2006) y La casa de té (poesía, Ediciones en Danza, 2009) entre muchos otros. Esta columna pretende acercar a nuestros lectores los textos que fueran publicados cada mes desde diciembre de 1995 a junio de 2000 en la revista Arquitectura y Construcción y que fueron reunidos en el libro El ombligo de piedra.