Un erizo en el andamio

 

 

   UN ERIZO EN EL ANDAMIO*

El candado genital

Rogelio Ramos Signes

 

Que la posesión y el control del cuerpo femenino son una obsesión en el hombre, desde que el mundo es mundo, es una verdad grande como un cinturón de castidad. Pero ¿por qué eso es así? Porque la inseguridad poco sabe de límites (supongo), porque muy pocos son capaces de dejar que corra el agua que no habrán de beber (sigo suponiendo) y, fundamentalmente, porque los celos no comulgan con la mesura (de eso estoy seguro).
La imagen del cruzado partiendo a su santa lucha contra los infieles es un cliché privativo de la Edad Media; el dificultoso abrazo con su esposa es un condimento que sazona la imagen anterior; y el cinturón de castidad que ella porta (que rodea su cintura y que clausura su pubis) es materia discutible. Descubrimientos relativamente recientes echarían por tierra la añeja aseveración de que el origen de ese instrumento de tortura (de clausura, sería lo correcto) pueda remontarse al medioevo. Al parecer su invención es más reciente y al cinturón sólo podría rastreárselo desde fines del siglo XV. Otra teoría, discutible también, habla del cinturón de castidad como un instrumento no dedicado a prohibir la libertad de cierta intimidad femenina, sino a fomentar algunos refinados juegos eróticos.

Los intranquilizadores instrumentos exhibidos durante años en el Museo de Cluny, en París, como obras de añejos celos, serían creaciones artísticas del siglo XIX, imitando a otros del siglo XV, según los entendidos. Esto, de ser verdad, quitaría validez a muchas litografías y postales más o menos recientes que ambientan en aquellos años el reinado del odioso cíngulo. Otro tanto sucedería con cierta literatura funambulesca que descansa a la sombra de la sátira.
En fin. Sean ciertas las fechas o no, ya se trate de un calvario o de un juego, de un hecho real o de una elucubración intelectual, de una voluntad inconsulta o de una decisión compartida, lo cierto es que el tema roza, y hasta irrita (y perdón por el chiste involuntario) la entrepierna misma del tabú.
Encadenar, alambrar, tapiar, y echar llave a lo que le pertenece es una acto que al ser humano no le produce el mínimo traspié moral ni filosófico; rematar con vidrios rotos una pared medianera, enrejar un balcón, electrificar una cerca, son acciones que exteriorizan un sentido de propiedad. Proteger los bienes personales de la acción depredadora de la mano ajena, sugiere y tolera este tipo de actitudes. Pero una parte del otro, llámese cabeza o miembros o genitales, pertenece exclusivamente a su portador, aunque suene a esas obvias verdades reveladas por algunos incunables. Claro que cuando de sexo se habla, mueren las palabras; y así como hay quienes a los que nada les resulta lo suficientemente moderno, también existen muchos para los que nada es demasiado antiguo. Y es que estamos tocando (por supuesto, y una vez más) algunos centímetros cuadrados y cúbicos del eterno tabú.
Un deportista vende o alquila sus piernas y sus brazos a algún moderno y no muy desinteresado mecenas llamado sponsor. Deja entonces de ser dueño de esas partes para convertirse en cuidador de sus propios miembros, en empleado de otros para el usufructo de sí mismo. Un futbolista no se permitirá bailar el malambo en una fiesta parroquial. Un boxeador no intentará su destreza con el balero por temor a que la pesada bola golpee su muñeca. Un luchador de sumo le escapará a la comida sana por temor a la diarrea. Recuerdo ahora (y permítaseme la digresión) a Henri Deplis, un personaje de Saki, con la imagen de La caída de Ícaro artísticamente tatuada en su espalda, y luego donada (como si de un cuadro se tratase) a la municipalidad de Bergamo. Pero, en todos los casos, ésta es y será una carcelaria decisión sobre el único bien que verdaderamente todos poseemos: el propio cuerpo. Inmiscuirse en el cuerpo ajeno, sin la conformidad del dueño o de la dueña de ese otro cuerpo, es una simple violación. En esa categoría entra el marido celoso que, en la Edad Media o más acá, rodea la cintura y los aledaños de su esposa con el tristemente célebre cinturón de castidad.
En caso de que sea verdad el carácter juguetón del aparato en sí, allí no habría violación alguna, ya que la «castigada» portadora del cíngulo habría avalado con su propio morbo el uso del cinturón. Pero, como no es la intención de este texto dilucidar lo que de verdadero o de erróneo tiene el tema, poco importa si nació trescientos años antes o tres siglos después, si fue para castigar o para excitar, lo cierto es que sea lo que fuese el cinturón de castidad rozó y sigue rozando un espacio (privado y ajeno) más allá del raciocinio: los genitales del prójimo. Pero también (y no nos olvidemos) la mujer ha puesto en práctica, en la literatura y en la privadísima industria de los adminículos, el gusto sadomasoquista por los «cinturones de castidad» que conducen al juego de la sumisión y el sometimiento. Por ello sería bueno recordar el carácter simbólico del cinturón, que lo emparienta con el del anillo de compromiso; un hechizo contemporáneo, una superstición de nuestro tiempo, una convención moral: «con el anillo puesto no puedo ser infiel». Una joven romana vestida de blanco, con un cetro en la mano y con dos palomas a sus pies (dos palomas que a veces se transforman en Cupido) son imágenes sintéticas para expresar lo mismo: entiéndase columna, plata, amatista, castaña o cordero. Castidad.
Si el cinturón es más complejo o más sencillo, si tiene uno o dos agujeros, si esos agujeros son atravesados por agujas o por mecanismos que aprisionan y destrozan, si fue inventado no para evitar infidelidades sino para combatir la práctica de vicios solitarios; son problemas de diseñadores y de historiadores. Si una comedida ratita llamada Benedicta asiste sexualmente a doña Urraca (hija de Alfonso VI y esposa de Raimundo de Borgoña) en un cuento del premio Nobel Camilo José Cela, esa es incumbencia de la literatura y de la libertad que ostenta.
La posesividad enfermiza, la desconfianza y los celos harán que nada de lo dicho sea demasiado antiguo o moderno o ingenioso o cultural o lúdico. Ellos solos (los integrantes de ese inimputable trío de la muerte: marido, esposa y encelado) se encargarán de que la vida sea un infierno.

 

Rogelio 2019Rogelio Ramos Signes, nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972. Periodista literario y difusor cultural, publicó un libro de cuentos: "Las escamas del señor Crisolaras"; cinco novelas: "Diario del tiempo en la nieve", "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas" (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción, 1986), "En busca de los vestuarios" (Premio ALIJA, 2005), "Por amor a Bulgaria" (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y "La sobrina de Úrsula"; tres libros de ensayos: "Polvo de ladrillos", "El ombligo de piedra" y "Un erizo en el andamio"; tres libros de poesía: "Soledad del mono en compañía", "La casa de té" y "El décimo verso"; y un libro de microrrelatos: "Todo dicho que camina". Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista "A y C" (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa han sido traducidas y publicadas en francés, portugués, rumano, inglés e italiano. Es miembro fundador de la Asociación Literaria "Dr. David Lagmanovich".   

*Esta columna pretende acercar a nuestros lectores, en cincuenta entregas consecutivas, los textos de "Un erizo en el andamio" (Libros del Hangar, Tucumán, 2006).