POEMAS DE ELENA GARCÍA DALMAU

Selección de textos Carlos Vitale

 

ELENA GARCÍA DALMAU 

 

Elena García Dalmau nació en Barcelona en 2000.

Estudia Filología Inglesa en la Universidad Autónoma de Barcelona.
Esta es su primera publicación.

OLVIDADME... 

Olvidadme, eso os pido, dejad sin más perdón
que el polvo helado del olvido se pose en estos
ojos, en estos párpados, en estas pestañas;
que este nombre mío pierda sus letras y que estas
se entrelacen con el vacío en un dulce ensueño;
que mi rostro del vuestro se desvanezca, que huya
de la memoria la niña de vuestro recuerdo;
que escape mi voz como del amante un susurro,
como del ave el canto en la tempestad serena,
que nunca más, tras huida, al oído regrese;
que pierdan del tacto triste de las manos frías
los recuerdos de caricias los cálidos cuerpos;
que olvide luz de otoño e invierno que una vez
se enredó entre los finos y dorados cabellos:
que confundan los otros mis palabras y besos
con los nacidos de los labios de otro cualquiera.

 

INSOMNIO 

El mundo entero parece cubierto
con un velo fino lleno de polvo.
La luz parece perder su color,
como diluida en un agua sucia,
como ensuciada la policromía
en un marco viejo de tonos grises.
El mundo parece triste y oscuro,
las fronteras entre los elementos,
más temblorosas, menos definidas:
no puedo ni encontrar ni entender dónde
acaba lágrima y comienza lluvia,
acaba el papel y comienza el cielo.
¿Está en mis ojos o acaso en el mundo
el filtro que impide ver la belleza
que solía dotar los elementos?
¿Son mis ojos los que ahora no ven
o acaso han comenzado a ver ahora?
¿Es el mundo el que está desvaneciéndose?

 

ALTER 

Me enseñasteis que es mío el rostro y que es mío el cuerpo
que se me muestra en la superficie de este espejo,
pero nunca podré saberlo del cierto yo.
De vez en cuando puedo intuir una nariz,
cuando bajo la mirada leyendo; veo unas
manos que escriben y unos dedos que se estremecen,
se estiran o se encogen si lo impera esta voz.
Pero nunca veré en verdad cuál es el color
de los ojos que aseguran que hay en mi rostro
(aquellos que fueron condenados a ser míos),
si los labios son gruesos o pálidos y finos,
si la peca es pequeña o si grande y abultada,
dónde comienza el pelo y dónde acaba la cara.
Nunca seré yo quien lo vea directamente.
Intentaréis que lo intuya, que tome como algo
verdadero el reflejo (así lo llamáis) que veo
dentro de este polvoriento y mentiroso espejo.
Intento encontrarme a mí en ese extraño ser cuando
lo contemplo en las aguas de un lago o riachuelo.
Pero levantando la mano derecha, queda
en el reflejo levantada su mano izquierda.
Y si, con picardía, le guiño el ojo izquierdo,
ella, pícara, me devuelve un guiño derecho.
El niño con su saber inocente lo advierte
diciendo que no es él el niño desconocido
con quien en el espejo se encuentra frente a frente.


SIENTO... 

Siento vibrar en esta pluma
que ahora encierro entre mis dedos
la sangre mísera y oscura
de quien existió en otro tiempo.
Tiembla en mi mano aquella voz
de quienes urdieron en claros
versos la muerte de un imperio;
la mano de aquel que ató
por primera vez las palabras
a un papel blanco en sucio trazo;
el amor de la amiga aquella
que abandonó a aquel su amante
en lágrima pura y lamento;
la ola de una mar desatada
que de la triste recogió
grito de dulce sufrimiento;
la tortolita viuda huyendo
de promesas del ruiseñor;
la palabra encerrada para
siempre en soledad y silencio;
el paso que marcó aquel ritmo
de la voz libre junto al fuego;
el canto del hombre sin nombre
que, siendo nadie, es un recuerdo.
Que se desvanezcan un día
los nombres de todos aquellos
de encima de lo que escribieron,
que ningún rastro quede de eso
todo que ellos entonces fueron:
que viva libre poesía,
que caigan los nombres de quienes
creyeron de ella ser sus dueños.

 

EVA 

Te encuentro escondida tras las ramas
de un árbol que nunca había visto.
La luz de esta alta, ardiente estrella
brilla en tu piel y, como un espejo,
en ti se refleja el mundo entero.
Me miras con curiosidad, como
sabiendo antes que yo qué deseo.
Alargas una mano y tu boca,
que sabe a un fruto desconocido,
pronuncia un vívido nombre: Eva.
Me preguntas si son bondadosas
las acciones del hombre al que amo,
me preguntas si son injusticia
las palabras de Dios y sus gestos.
A mí me lo preguntas: a mí,
que no sé qué es el bien y qué el mal;
a quien, engendrada del vacío,
no enseñaron nunca a discernir
el odio y desprecio del amar.
Y al alargar de tu mano el fruto,
el que probar me habían prohibido,
y al tomarlo en mi boca la lengua
(¿por qué, padre, lo fecundarías
si no fue para probarlo yo?),
te supe bella y buena, serpiente,
ahora condenado por siempre
tu cuerpo a amordazarse al suelo;
y a mí me supe bella y buena,
y te supe bello y bueno, Adán,
ahora condenados por siempre
al yugo del Saber y el Amar.

 

(Dime, hermana mía, ¿acaso Dios
en bífida te partió la lengua
porque en un mismo golpe de voz
pudieras hablar del bien y el mal?)