Un erizo en el andamio

 

 

     UN ERIZO EN EL ANDAMIO*

Ni verdadero ni falso

Rogelio Ramos Signes

 

 

Cuenta el periodista John Mackin que a fines del siglo XIX (en el año 1887 y en el mes de agosto, más precisamente) un niño y una niña, ambos de piel color verde, salieron de una cueva y se presentaron ante unos granjeros españoles de la localidad de Banjos. Frente al asombro de todos, los niños fueron llevados a la casa del terrateniente Ricardo Da Calno. Al no reconocer como alimento ninguno de los platos que allí les sirvieron, éstos ayunaron durante varios días y su salud empeoró notablemente; hasta que descubrieron un plato de habas verdes, que devoraron con harto placer. Igualmente el niño murió un mes después, víctima de la desnutrición. La niña, en cambio, no sólo sobrevivió sino que se adaptó perfectamente a los alimentos conocidos en el pueblo, y el color de su piel comenzó a palidecer, hasta no diferenciarse de cualquier otra niña de la aldea. En corto tiempo dejó de ser una curiosidad y, una vez que aprendió a hablar en español, contó que venía de un «lejano país sin sol (tales sus palabras), siempre en penumbras»; un país crepuscular, separado de otro país, lejano y muy luminoso, por un ancho río. Contó que ella y su hermano llegaron a la Tierra luego de un gran ruido, hasta que aparecieron en aquella cueva junto al campo cultivado.

La niña todavía vivió cinco años más. A partir de 1996, fecha en que se publicó la nota de Mackin en la prensa española, mucha gente salió a buscar rastros de aquella historia (conocida por todos, además, a través de viejos relatos orales), pero nadie supo decir dónde podría haber estado el pueblo de Banjos, aunque un sacerdote supuso que debió haber sido cerca de Barcelona. Tampoco ningún periódico de la época recogió la noticia, lo que terminó rodeando a la historia de un denso halo de misterio.
Casi setecientos años antes, en 1200, el monje Ralph Coggeshall relata una historia sucedida en Suffolk, cerca de Saint Mary of Wulfpetes. Allí, sin que nada lo hiciera prever, dos niños de color verde salieron de un pozo y se presentaron ante unos labriegos atónitos. Llevados al pueblo, fueron dejados bajo la custodia del soldado Richard de Calne y hospedados en su casa. Como todos los alimentos les sentaron mal en un principio, los niños desmejoraron, hasta que, frente a una planta de habas (que mordieron inútilmente en el tallo, hasta dar con los frutos dentro de la vaina) descubrieron algo que les caía bien. El niño murió al corto tiempo, totalmente desnutrido; y la niña, que muy pronto perdió su color verde, fue bautizada y vivió una vida normal. Una vez que ésta aprendió la lengua inglesa, contó que cuando ella y su hermano aparecieron en aquel sembradío, por seguir a unas ovejas hasta que se perdieron, les costó mucho adaptarse a la luz y a la temperatura de la Tierra, ya que provenían de un mundo en eterna penumbra.
William Newbury cuenta que sesenta años antes, durante el reinado de Esteban en Inglaterra (entre 1135 y 1154) dos niños de color verde aparecieron misteriosamente en una villa de la parte oriental del reino. Salidos del fondo de un pozo, frente a unos segadores que no podían creer lo que estaban viendo, fueron llevados a la casa más cercana. De allí en más, lo usual (con pequeñísimas variantes): primero no reconocieron los alimentos terrestres y hablaron en una lengua extraña, luego se debilitaron, después descubrieron una planta de habas y comieron todos sus frutos. En algunos meses perdieron su color verde y casi no se diferenciaron de los habitantes del lugar. Aprendieron a hablar inglés. Contaron que se habían extraviado en su mundo de permanente crepúsculo, separado de un país luminoso por un ancho río, mientras perseguían a unas ovejas; hasta que escucharon un gran ruido y aparecieron en el hueco donde los encontraron los labradores. Fueron bautizados. El niño murió poco después. La niña creció normalmente y se casó en el poblado de Lynn, donde todavía vivió muchos años más.
La historia puede ser cierta, o no ¿qué importancia tiene? Esa leyenda tal vez sea un componente necesario de los tiempos; sin ella podría perderse una parte indispensable del imaginario popular, y hasta el folclore no sería lo que es. En una cuarta versión del mismo relato (a recoger dentro de sesenta, o de setecientos, o de mil años), los dos niños aparecidos pueden ser tres, o cuatro, o simplemente uno, y no tener la piel de color verde, sino azul, o anaranjada, y no aparecer de un pozo o de una cueva sino del tronco quemado de un árbol, y no comer habas vedes sino brotes de soja y caramelos de menta. ¿Qué importancia tiene? repito. La historia habla de solidaridad y de adaptación, y eso es lo destacable.
¿Alguna vez jugaron al juego del rumor (que es un juego centenario), o al juego del teléfono (que es una variante siglo XX del juego del rumor) donde alguien dice una frase, donde otro escucha algo diferente y a su vez lanza una tercera versión que poco tiene que ver con las anteriores? De boca en boca, de oído en oído, de pueblo en pueblo, de tiempo en tiempo, es como se consolida el patrimonio anónimo de las comunidades. Es un trabajo colectivo. ¿Quién puede arrogarse el título de propietario de una verdad? En una cinta de Moebius, donde los niños extraterrestres de color verde van, quizá vuelvan tres ancianas aztecas moliendo a mortero su maíz. Todo es posible; la España del siglo XIX y la Inglaterra del siglo XIII también.
Cuentan que Deolinda Correa cargó a su niño en brazos y se lanzó a campo traviesa, siguiendo a la partida enviada por Facundo Quiroga que estaba llevándose cautivos a su padre (héroe de Chacabuco) y a su esposo, rumbo a La Rioja. El inhóspito desierto sanjuanino no la ayudó. A su paso no encontró agua ni alimentos y terminó muriendo de sed en esas soledades. Su hijo, apenas un recién nacido, siguió alimentándose de sus senos, de los que milagrosamente aún manaba leche. Cuentan también que así los encontraron unos arrieron que por allí acertaron a pasar. La historia sucede hacia 1840 (cuando la provincia de San Juan era gobernada por don Plácido Fernández Maradona) y la leyenda inmortalizó a la mujer bajo el nombre de Difunta Correa. Nada se supo del hijo (cuyo futuro quedó fuera de la leyenda y que terminó siendo simple especulación de una novela radial de los años 50). De ella, en cambio, aseguran que descansa en un sarcófago pintado con mucho color (al estilo de las cajas funerarias egipcias) en el santuario que la recuerda en la zona de Vallecito, a pocos kilómetros de la ciudad de Caucete.
Hasta allí llegan promesantes de todo el país, y de muchos otros puntos del mundo, a dejarle sus ofrendas, que ya no caben en una gran habitación, ni en dos, ni en tres, ni en diez tampoco. Se ha convertido en la patrona de las carreteras, en la santa (no oficializada) de los camioneros, en la mujercita que nada pide (salvo agua), en la protectora de quienes transitan los miles y miles de kilómetros de rutas argentinas.
¿A alguien le interesa la verdad? Es más, ¿alguien sabe la verdad? Y todavía más aún, ¿existe alguna verdad?
Pedro Mariño de Lovera narra en su libro Crónica del reino de Chile una historia ocurrida a una pareja de aborígenes que tenía un algarrobal a cinco leguas de la ciudad de San Juan. Un día mientras ambos caminaban desde esa ciudad hasta sus tierras, la mujer, que estaba embarazada, dio a luz un varón y murió en el acto. El hombre, desesperado por la muerte de su esposa y temiendo que su hijo también muriese por falta de alimento, lo puso en su propio pecho, y un milagro quiso que de él brotase leche, y que gracias a eso el niño sobreviviera. «Como ni el olmo suele dar peras, ni uvas el espino (recuerda Mariño de Lovera en su particular estilo) así era por demás la diligencia que hacía para que el pecho del viril sexo diese leche. Hasta que ésta manó en tanta abundancia, que no solamente satisfizo a la necesidad instante, sino que continuó la maravilla hasta que el indio puso a su chicuelo en estado en que no había ya menester ama».
Entre una historia y la otra hay trecientos años de tradición oral, y si bien el indio huarpe del siglo XVI no es la difunta Deolinda del XIX, los elementos (alimentación milagrosa y lactancia después de muerta la madre) son los mismos, como son los mismos los desolados paisajes que van de San Juan a Vallecito, donde transcurren ambas narraciones. Esto no empequeñece una historia a favor de otra; ni hacia atrás ni hacia delante. El pueblo, y su devoción, hace que nada sea veradero o falso; sino simplemente necesario.
Cuando éramos niños jugábamos a ese juego llamado el rumor, del que recién hablábamos; claro que por entonces (segunda mitad del siglo XX) ya se llamaba el teléfono. Ahora no recuerdo muy bien si era muy divertido, pero sé que me gustaba jugarlo.

 

Rogelio 2019Rogelio Ramos Signes, nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972. Periodista literario y difusor cultural, publicó un libro de cuentos: "Las escamas del señor Crisolaras"; cinco novelas: "Diario del tiempo en la nieve", "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas" (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción, 1986), "En busca de los vestuarios" (Premio ALIJA, 2005), "Por amor a Bulgaria" (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y "La sobrina de Úrsula"; tres libros de ensayos: "Polvo de ladrillos", "El ombligo de piedra" y "Un erizo en el andamio"; tres libros de poesía: "Soledad del mono en compañía", "La casa de té" y "El décimo verso"; y un libro de microrrelatos: "Todo dicho que camina". Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista "A y C" (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa han sido traducidas y publicadas en francés, portugués, rumano, inglés e italiano. Es miembro fundador de la Asociación Literaria "Dr. David Lagmanovich".

 

*Esta columna pretende acercar a nuestros lectores, en cincuenta entregas consecutivas, los textos de "Un erizo en el andamio" (Libros del Hangar, Tucumán, 2006).