MICRORRELATOS DE GUILLERMO BUSTAMENTE ZAMUDIO

GUILLERMO BUSTAMENTE ZAMUDIO

 Guillermo Bustamante Zamudio (Cali, Colombia - 1958) Licenciado en Literatura e Idiomas (Universidad Santiago de Cali), Magíster en Lingüística y Español (Universidad del Valle), Doctor en Educación (Universidad Pedagógica Nacional). Profesor de la Universidad Pedagógica Nacional. Psicoanalista practicante, miembro de la Nueva Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Cofundador y codirector de las revistas de microficción Ekuóreo (Cali) y A la topa tolondra (Tunja). Co-compilador (con Harold Kremer) de: Antología del cuento corto colombiano (Cali: Univalle, 1994; 2ª. ed.: Bogotá: UPN, 2004; 3ª. ed.: Bogotá: UPN, 2006); Los minicuentos de Ekuóreo (Cali: Deriva, 2003); y Segunda antología del cuento corto colombiano (Bogotá: UPN, 2007). Co-autor (con Harold Kremer) de: Ekuóreo: un capítulo del minicuento en Colombia (Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional-SOCOLPE, 2008). Ganador del premio «Jorge Isaacs» 2002 (Valle del Cauca-Colombia), en la modalidad de cuento, con el libro de microficción Convicciones y otras debilidades mentales. Ganador (Premio compartido) del Tercer Concurso Nacional de Cuento, Universidad Industrial de Santander, 2007, con el libro Roles (cuentos cortos y microficciones). Mención de Honor en el Tercer Concurso literario «El Brasil de los sueños», 2008. Bogotá, Instituto de Cultura Brasil-Colombia – IBRACO. Libro de microficciones: Oficios de Noé (Bogotá: Común Presencia, 2005). Antologado en: Revista Interamericana de Bibliografía (Washington: OEA, 1996); La Minificción en Colombia (Bogotá: UPN, 2002); Dos veces bueno 3 (Bs. As.: IMFC, 2002); El placer de la brevedad. Seis escritores de minificción y un dinosaurio sentado (Tunja: UPTC, 2005); Nosotras, vosotras y ellas (Bs. As.: IMFC, 2006); Por favor, sea breve 2(Madrid: Páginas de Espuma, 2010); Más por menos. Antología de microrrelatos hispánicos actuales (Madrid: Sial, 2011). Libro inédito de microficciones: Disposiciones y virtudes.

Ventura.

Un día fue a ver a la mujer para la que las cartas, dispuestas con cierto rigor y sometidas al azar de su develamiento, eran como un libro abierto.
—¿Cuánto tiempo viviré?
—Tienes una larga vida —informó la mujer.
—¿Cuánto? —insistió.
—Hasta los 90.
Pero como sus ganas de creer eran tan fuertes como su deseo de demostración, subió al edificio más alto, para retar esa sabiduría en la que la mitad de su convicción se afincaba, y se lanzó del piso más alto. Tardó 60 años en caer. 

La verdad y su estructura de ficción
«Cuéntanos una mentira, Fernando» —le espetaron el par de viejas, meciéndose en sus sillas en el umbral de la casa y apoyadas en su fama de mitómano. «¿Mentiras yo?, ¿en este momento?, ¡si voy a casa de Filomena, que acaba de morir!». Noticia francotiradora para quienes aquella anciana representó una amistad indisoluble y veterana. Se desmecen, se atavían con las especificaciones de ocasión, y parten apresuradas. Al llegar, afligidas, encuentran a la Filomena meciéndose lenta y preguntándoles: «¿Para dónde van de luto, mijas?». 

Decisiones
Siendo un niño, daba vueltas hasta caer mareado. Cuando tuve edad, fumé y me puse verde, como lo que regurgité; con el tiempo, los pulmones eran color sepia. Más tarde, me inyecté drogas hasta que no había un centímetro de la piel intacto. Acerté siempre a hacer malos negocios. Infundía irrespeto en los demás, que no se privaban de darme sendas palizas. Siempre lograba las relaciones íntimas en condiciones de riesgo y entre bribones. Así, cuando por fin me hice responsable, decidí suicidarme en defensa propia. 

Nunca es tarde 

Caperucita estaba aburrida de que, cada vez que un lector toma el libro y lee, termina primero baboseada y después despedazada por el lobo, saliendo finalmente a través de una chapucera autopsia de cazador. Para acabar con este ciclo infernal, convenció a una amiguita de hacer sus veces y presentarse en la escena de marras con la canastilla munida de manjares. La abuela estaba muy viejita y no notaría la diferencia; le prometió cierto favor como recompensa, una vez la sencilla misión fuese cumplida.
Quiso verificar personalmente el desarrollo de los acontecimientos. En su momento, oyó los infantiles gritos que en el libreto marcaban, primero, la infructuosa negativa de Caperucita a dejarse comer por el lobo y, luego, la disposición de la niña en bocados convenientes a las costumbres de mesa de estos carnívoros.
Sólo entonces, contenta, Caperucita cogió su propio rumbo, con la deriva que suele caracterizar a un actor desempleado. 

Comprensibilidad 

Y díjole Yavé a Noé: "Hazte un arca de maderas resinosas, divídela en compartimentos y calafatéala con pez por dentro". Noé no entendió nada. Temía preguntarle al Señor, pues como no ostentaba muy buen genio, podía repetirle la misma frase con doble signo de admiración. Optó por ir al diccionario; allí encontró que "arca" es cofre. Esto lo alentó: debía hacer un cofre de maderas resinosas para meter allí todos los animales. Raro, pero comprensible. Ahora bien, ¿qué es "resinoso"? Que tiene o destila resina. Buscó "resina": sustancia sólida o de consistencia pastosa, insoluble en agua, soluble en alcohol y aceites esenciales, y capaz de arder. Las resinas son duras, fusibles, quebradizas, amorfas, de factura concoidea y malas conductoras del calor y de la electricidad. Se originan por oxidación o polimerización de terpenos.
Ahora no sólo no sabía qué eran maderas resinosas, sino que estaba ante un enjambre de palabras igualmente desconocidas: fusible, concoidea, polimerización, terpenos... Aunque desesperado, Noé se empeñó en aprender: fue a cada una de estas palabras, pero el panorama de la claridad se alejaba cada vez más, empujado por docenas de expresiones nuevas, por conexiones desconocidas para él.
Todavía le faltaba entender la expresión "calafatéala", aunque de "pez", él sí sabía que se trataba de un animal acuático, del cual no estaba obligado a escoger para meter al arca.