Un erizo en el andamio

 

 

   UN ERIZO EN EL ANDAMIO


   Arquitectos eran los de antes

 

Rogelio Ramlos Signes 

 

 

El puerto de Jafa, o de Yafo (según el Antiguo Testamento) fue construido por Jafet, hijo de Noé. En ese puerto fue donde Hiram desembarcó las maderas ¿preciosas? que se utilizarían en la construcción del templo de Salomón, además de un cargamento de caballos, monos, pavos reales, oro, piedras preciosas, marfil y tablones de sándalo. También fue allí donde se embarcó Jonás por última vez antes de ser tragado por una famosa ballena; y más famosa aún luego de la ingesta.
Se supone que Jafa tal vez sea la ciudad más vieja del mundo (luego de Jericó), y se desconoce por completo quiénes fueron sus fundadores. Lo que desgraciadamente sí trascendió fue el nombre de su destructor, Josué, quien en el año 1200 a.C. (y cuando ya la ciudad contaba con más de seis mil años) la rodeó, la sitió y sumió en el terror a sus habitantes antes de destruirla. Ésta, cuatro siglos después, fue reconstruida por los arquitectos del rey Acab.
Josué, invasor insaciable, también tomó la ciudad de Hebrón, que sirvió de refugio a David, que fue consagrado rey, que vivió siete años allí, y que buscando una ciudad con una ubicación más estratégica se apoderó de la amurallada Jerusalén.

David, que tenía un criterio decorativo de la arquitectura, restauró las fortificaciones sin modificar el trazado, proyectó amplísimos jardines y trazó numerosos paseos; luego, presionado por sus varias esposas y sus muchísimos hijos, construyó un palacio para uso familiar. A pesar de todo lo que hizo, le fue imposible construir un templo para guardar el arca de la alianza, por simple oposición del profeta Nathán. Ese proyecto recién pudo ser concretado por su hijo Salomón, con la colaboración de arquitectos fenicios y obreros metalúrgicos de distintas procedencias. Salomón también construyó factorías, estanques y (por supuesto) agregó murallas a la ya ampliamente amurallada ciudad de Jerusalén.
En el siglo VI a.C. Ezequías levantó otra muralla, que fue continuada doscientos cincuenta años después por Nehemías. Aún, a fines del siglo II a.C., los macabeos tuvieron tiempo de levantar su propia muralla que, a esa altura de los acontecimientos, ya era más una neurosis política que una medida de protección y de defensa.
Como sucede a menudo en estas historias bíblicas el nombre de los destructores ha trascendido más que el de los arquitectos. Así es como sabemos que el templo de Salomón fue destruido por Nabucodonosor y luego reconstruido por vaya a saber quiénes tras el fin del cautiverio de los hebreos en Babilonia. Del mismo modo fue destruida Asión-Gaber, reconstruida luego bajo el reinado de Azarías en el siglo VIII a.C. y finalmente hecha prisionera por el ejército sirio veinte años después. Una historia sin fin, llena de ideas y de vueltas.
Dignos de destacar, también, son los trazados y la construcción de los canales, depósitos y estanques de irrigación. La pobreza del suelo y la aridez del clima hicieron que todo dependiera de las aguas del no demasiado torrentoso río Jordán y del mar de Galilea. Uno de aquellos pasadizos subterráneos llevaba agua a la piscina de Siloé, donde mucho tiempo después se produciría el milagro de la curación del ciego de nacimiento.
Ese acto forma parte del patrimonio evangélico del Cristianismo y nos lleva a recapacitar sobre la historia de una tierra habitada por tribus turbulentas y antagónicas, unificadas sólo por la religión. Tras la muerte de David, que había logrado pacificarlos, estos monoteístas, procedentes de Egipto en tiempos de Moisés, vuelven a dividirse y son presas fáciles para diferentes pueblos imperialistas que se ven favorecidos por la propia incapacidad del "pueblo de Dios" para conseguir la paz interna. Así es como se suceden los golpes del ejército de Nabucodonosor, el traslado de cautivos a Babilonia, la vuelta de estos tras el triunfo de Ciro (fundador del imperio persa), la negativa de los samaritanos para reconocer el templo de Jerusalén, la sumisión sucesiva a diversos soberanos (los lugartenientes de Alejandro de Macedonia, los romanos, los emperadores de Bizancio, los árabes, los turcos seléucidas), las continuas tomas de los mamelucos egipcios, los mongoles de Tamerlán, los sultanes de Constantinopla, y todo así durante siglos y siglos.
En Palestina, tierra de patriarcas y de profetas, espacio de reyes israelitas y de califas musulmanes, geografía de cruzados y de judíos perseguidos, se siguió construyendo, levantando sin cesar templos y murallones, edificios, caminos y obras de ingeniería, poniendo en pie una arquitectura sobre "tierra siempre en disputa", mientras los vaivenes de la política, la voracidad de los ejércitos y la incapacidad para la propia unificación hacían eterna una historia de desencuentros.
Algunas de estas obras arquitectónicas sobreviven parcialmente en los cimientos desenterrados con el correr de los siglos. Otras, descansan en las páginas, para algunos indiscutibles, de los relatos bíblicos. Pero (verdad o fantasía, historia o leyenda, crónica o parábola) los constructores de esas obras continuarán siendo anónimos, hasta el fin de los tiempos. Esos diseñadores, proyectistas, paisajistas, arquitectos e ingenieros, antecesores de quienes levantarían las actuales edificaciones de los kibbutz, ingresan en esta columna tal vez porque sí, como los niños (también anónimos) que brindaron sus rostros a los escultores que modelaron los querubines alados del templo de Salomón.
La historia y las leyendas no suelen abundar en algunas precisiones, en exactitudes indiscutibles ni en actos de justicia. Todo olvido se cubre con "el inexorable paso del tiempo", o con el amplio espectro de la palabra "antes". Con ese vocablo tanto podemos referirnos a hechos acaecidos cuatro o cinco años atrás, como a desplazamientos propios del período precámbrico, cuando las algas y los invertebrados más simples se hicieron sedimento de la mayor pobreza paleontológica.
Como argumento para tranquilizarnos, cabría aceptar que el anonimato no empequeñece las obras, sino que les da un tinte comunitario que muy poco tiene que ver con el personalismo hoy que rige estos tiempos veleidosos. El Arco de Adriano (del año 129) puede atribuirse muchos autores, o ninguno. Se sabe que el Obelisco de Cleopatra, en Alejandría, fue levantado bajo la dirección de Denon; pero el Templo de Zeus, luego ampliado por los Flavios ¿fue construido por quién? La iglesia de San Francisco, en La Paz, Bolivia (sólo por citar un ejemplo cercano), no es menos interesante porque no sepamos el nombre de los aborígenes que, bajo el peso del látigo o bien por voluntad propia, llevaron adelante su construcción. Es una injusticia no saber sus nombres (en eso estamos de acuerdo), pero la imponente obra terminada no pierde valor por culpa de nuestra ignorancia. Nuestra ignorancia es, en todo caso, sólo un eslabón adosado a la desidia de los cronistas, un traspié en la lectura, una fe de erratas de la que nadie se hace cargo. Pero tratemos, eso sí, de que nadie destruya esas maravillas, porque sería doblemente doloroso tener que recordar el nombre de los depredadores. Y sólo el nombre de ellos.

 

Rogelio 2019Rogelio Ramos Signes, nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972. Periodista literario y difusor cultural, publicó un libro de cuentos: "Las escamas del señor Crisolaras"; cinco novelas: "Diario del tiempo en la nieve", "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas" (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción, 1986), "En busca de los vestuarios" (Premio ALIJA, 2005), "Por amor a Bulgaria" (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y "La sobrina de Úrsula"; tres libros de ensayos: "Polvo de ladrillos", "El ombligo de piedra" y "Un erizo en el andamio"; tres libros de poesía: "Soledad del mono en compañía", "La casa de té" y "El décimo verso"; y un libro de microrrelatos: "Todo dicho que camina". Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista "A y C" (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa han sido traducidas y publicadas en francés, portugués, rumano, inglés e italiano. Es miembro fundador de la Asociación Literaria "Dr. David Lagmanovich". 

 

Esta columna pretende acercar a nuestros lectores, en cincuenta entregas consecutivas, los textos de "Un erizo en el andamio" (Libros del Hangar, Tucumán, 2006).