2006-04-A

 

 

Zenón y la microficción

                                                    (Guillermo Bustamante Zamudio)

Para los griegos libres (demos), lo trivial desenvolvía su necesidad en dos ámbitos: en el hogar (oikos), cuya administración era la oikonomía (de ahí viene ‘economía’), y en el trabajo, que no era exclusivo de los humanos, pues por ejemplo las abejas también trabajan. Pero la condición humana misma se jugaba en el ágora: reunión para la deliberación política, jurídica, social, etc. Así, el apetito cognitivo de estos hombres se tramitaba con ese modelo: “a través del diálogo” (dia-léctica).

Uno de los usuarios, y de los fortalecedores, de esta tendencia fue Zenón de Elea, quien vivió en el siglo V a. de C. Tal vez hablando con él, Sócrates aprendió a hacer nacer —como una matrona que asiste a una parturienta— la verdad presente en el espíritu de sus interlocutores. 

 

Sabemos de Zenón por interpuesta persona: en el Parménides, Platón cuenta que controvirtió la pluralidad del ser; en la Física, Aristóteles refiere que negó el movimiento y el trascurrir del tiempo; en su Vida de los filósofos ilustres, Diógenes Laercio relata que conspiró contra el tirano y que guardó entereza ante la tortura; y Proclo nos hace saber que ideó 40 paradojas... de las cuales hoy sólo conocemos cuatro. Este azar fue, a la vez, clemente e inclemente con nosotros: clemente, pues si con las cuatro paradojas que nos llegaron dio lugar a 26 siglos de debate, ¿qué tal si hubieran sobrevivido todas?; pero el azar también fue despiadado, especialmente con el género de los textos breves, pues de existir las 40, conformarían el primer libro dedicado exclusivamente a la microficción, pues Zenón defendió sus ideas con pequeños relatos que conducen a un absurdo… como no pocas microficciones.

Recordemos la breve historia en la que el héroe de La Ilíada, el de los pies ligeros, hijo de una diosa, no es capaz de alcanzar a una morosa tortuga, todo por la manera como está narrado el suceso. Con un conglomerado de palabras bien montadas, Zenón contradice lo que es fácil de mostrar en el mundo sensible (que Aquiles gana), mediante un relato que de forma invencible demuestra —en el mundo de lo inteligible— algo asombroso: Aquiles nunca alcanzará a la tortuga.

Esa carrera desigual desencadenó una revolución en el pensamiento. Cuando la filosofía natural se volvió Física, sus artífices sintieron invadido el campo por la necedad del eleático, y se obligaron a articular un oxímoron: velocidad instantánea. Tampoco los matemáticos escaparon a la urgencia de hablar su incomodidad: “una suma de infinitos puede tener un resultado finito”… “no se recorren espacios infinitesimales sino discretos (pasos)”… etcétera. Todos buscaron que aquellos competidores desiguales, azuzados por Zenón, cesaran de alterar la tranquilidad de una matemática sin hendiduras.

Ahora bien, tales objeciones sólo han conseguido formular el estupor de manera renovada. Las paradojas no sólo siguen ahí, sino que hicieron renacer la matemática dos milenios después: su infinito incognoscible anticipa el cálculo infinitesimal, con el cual Leibniz y Newton procuraron resolver los problemas en los que nos metió Zenón, para lo cual, a su vez, se vieron obligados a inventar otro absurdo, no menos extravagante: un infinito cognoscible.

Tal como la inamovilidad que pregonan, las aporías de Zenón se muestran indiferentes a la refutación de quienes se han sentido desafiados por su sutil argumentación. Tal vez eso sea un argumento a favor de considerarlas microficciones: ¿acaso es refutable la literatura? Las obras literarias dejan atrás la crítica, emergen renovadas en cada lectura y se sobreponen a las deformaciones que intentan acallar su provocación.

El juego de Zenón es cosa seria. La circunspección de filósofos, físicos y matemáticos sólo alcanza a rozar el misterio. El placer del juego no cesa ante un examen de sus formas manifiestas. En esas satíricas escenas, la literatura ha tenido una horma para sus abismos. Quisiera poner un ejemplo: el libro El ideal de Aquiles, del escritor colombiano Paul Brito. Compuso —según reza el subtítulo— “101 minicuentos para alcanzar a la tortuga”. Brito se deja seducir por el vértigo zenoniano y acepta la invitación que ha latido allí durante tantos siglos: juego, asombro, abismo inexpugnable entre el ideal y la realización. He aquí un par de muestras:

El talón de Aquiles

Aquiles había hecho todo lo posible por pasar a la Historia como un héroe. Y los dioses lo habían apoyado. Pero un simple mortal, Zenón, le había hecho una mala jugada imputándole una arbitraria paradoja, lo que provocaría en él su famosa cólera, pues ahora debía hacer el ridículo para siempre.

     Esa aporía era, como dicen por ahí, su “talón de Aquiles”.

Minucias

A medida que el espacio entre Aquiles y la tortuga se reduce, la carrera va cayendo en detalles mezquinos. La vida de Aquiles se gasta en cuestiones ínfimas y despreciables. Comienza a regatearle placeres a la vida, ya no los goces espirituales a los que aspiraba de joven, y que debían completar y darle sentido último a su existencia, sino anhelos mínimos al alcance de la mano, a mitad de camino.

Credo che entrambi possano superare questi problemi, dove comprare levitra online confortandosi a vicenda e smettendola di ripetere continuamente che non hanno tempo.