Un erizo en el andamio

 

 

          

 

UN ERIZO EN EL ANDAMIO
La columna de Rogelio Ramos Signes

C'est la vie

 

 

Las palabras van y vienen, viajan sin parar y también se afincan sin gestionar permiso de residencia. Las fronteras, y el esfuerzo puesto por los gobiernos para controlar esas fronteras, las demoran y controlan «hasta por ahí nomás». Es que las palabras toman sentido en la comunicación, no en las barreras.
Entrados ya en tema, no quisiera referirme a las palabras llegadas desde el inglés (agresivamente muchas, desmoralizadoramente demasiadas) primero por vía del cine y ahora por gracia de la computación. Pensemos en las palabras arribadas desde el francés, que suponemos pocas pero que en realidad son muchas y las usamos a diario sin plantearnos su procedencia. Nuestros escritores del siglo XIX (Sarmiento y Alberdi, entre otros) amaban esa lengua; otros del siglo XX (Larreta y Mallea, por ejemplo) compartieron el mismo amor. Algo de su empeño quedó en nuestra lengua cotidiana.
Antes de que la palabra marrón ingresara a nuestro idioma, se hablaba del «color de la castaña», o del «tono bruno». Antes de que se generalizara la palabra puré, tal vez se decía «papilla», o algo que lo sugiriera. En el caso de marrón y de puré estamos usando vocablos de todos los días, como aerosol, bidet, bidón, cabaret, caniche, rutina, chofer y tantos más. Incluso hasta mediados del siglo XX solía usarse la palabra pilé, que significa "picado", para referirse al azúcar molido. En las bolsas se imprimía la aclaración de azúcar pilé para diferenciarlo del azúcar refinado, que era una variedad más cara, con blanquísimos terrones, y que (como todo lo bueno) dejó de hacerse.
¿Cómo le decíamos a los recién nacidos antes de decirles bebé? me pregunto. ¿Cómo le llamábamos al color beige? ¿El capot del automóvil qué nombre tenía? ¿Y el garaje? ¿Y los artículos de cotillón? ¿Y el croquis («boceto» tal vez)? ¿Y los crayones? ¿Y la antiquísima granadina? ¿Y los hoteles? En épocas no tan lejanas ¿era «estreno» la palabra que sustituía a debut? ¿«títere de madera» a la marioneta? ¿«carta de comidas» al menú? ¿«depósito de cadáveres» a la morgue? ¿"carro para trasladar enfermos" a la ambulancia? ¿"fiscalización" al control? ¿"terreno donde se cultivan plantas y flores" al jardín? ¿"pierna de cerdo sazonada" al jamón? ¿«transporte colectivo» al ómnibus? ¿«piso de madera» al parquet? ¿«picadillo» al paté? ¿«montón de soldados demencialmente en tropel» al pelotón? ¿«cabriola» a la pirueta? ¿«casa de comidas» al restaurante? ¿«desquite» a la revancha? ¿Qué cosa era una vedette? ¿Existía el celofán como tal? ¿Qué palabra definía al paria, «menesteroso» quizá? ¿Qué términos explicaban la consistencia de la crema chantilly? ¿«Aguardiente de vino» era el cognac? ¿«Hombre armado» era el gendarme? ¿«Largo patín para deslizarse sobre la nieve» se le decía al esquí?

Es mucho lo que nos viene desde el francés, pero (que quede claro) nada hemos robado. Porque, como ya dijimos, las palabras van y vienen, sin respetar límites caprichosos, sin pagar peaje, sin cargarse de culpas.
Así como el inglés impuso muchos términos relacionados sobre todo con los medios de comunicación, el italiano dejó su impronta en el lenguaje musical y en cierta gastronomía derivada de las pastas. Tocó al francés, entonces, una buena parte de la terminología referida al arte y al espectáculo (atelier, afiche, art-decó, art nouveau, ballet, fagot, impasse, luthier, marchand, minué, mise en scène, moaré, naif, nouvelle, partenaire, paspartú, popurrí, premier, rentrée, rococó, suite, tournée, troupe, tutú, varietés) y, en un sentido amplio, a la cocina y a sus usos, muchas veces llegando a sustituir palabras locales por otras aparentemente más refinadas. Es que el francés tiene ese je ne sais quoi. A saber: canapé, bufet, chablis, champagne, champiñón, consomé, entrecot, escalope, express, fondant, frappé, fricasé, glasé, gourmet, gratinado, gruyere, baguet, mignón, mousse, nescafé, nougat, panaché, poché, praliné, chalet, roquefort, rotisería, suflé, vernissage. Muchas palabras, como siempre sucede, cambiaron su grafía original (passe-partout, como era de imaginar, se convirtió en paspartú), se castellanizaron algunas (bisoñé, carrusel, chofer, popurrí, revancha, eslogan, carné, limusina, peluche), mientras otras aún continúan escribiéndose en francés (boulevard, cassette, chifonier, collage, crayon, dossier, escalope, gigolo, mélange —aunque sin el acento— metier, rouge, sachet, souvenir).
Hoy por hoy, y todo indica que por mucho tiempo más, un «mirón», un «vicioso que se excita espiando a los demás» es un voyeur (lo pronunciamos «vuaier» pero lo escribimos como corresponde). El cachet (al que le decimos «cashé») resume en su simpleza de dos sílabas la compleja idea de «retribución económica que recibe un artista por su trabajo». Un chauvinista es algo más completo que un «nacionalista»; chifonier sustituyó a la palabra «cajonera»; un hombre gagá resume un cuadro de situación no demasiado alentador ¿para qué más palabras?; el vocablo menaje, leído en un cartel, ya nos da la idea de infinidad de «enseres y servicios de mesa»; el pierrot es una figura con identidad propia; el percherón es un caballo con sus propias particularidades; la palabra plafón se impuso por su síntesis, al igual que neceser, que cliché, que pompón, que somier o que tabú. Sin embargo el uso de valet, de garzón y de echarpe resulta forzado, teniendo en nuestra lengua palabras simples y contundentes que significan lo mismo. Pero bien sabemos que no es la economía (entendida como síntesis y como practicidad) la que impone los usos, sino las modas; esas oleadas odiosas que arrasan cualquier playa.
Con respecto a las frases hechas, a las oraciones que encierran una idea o una sentencia, seguimos prefiriendo el añejo latín. En ese punto, y en buena hora, los clásicos ganaron la partida. Sin embargo, cierta literatura forzadamente refinada (y no sólo en lengua española, sino también en lengua inglesa) abusa de largas frases escritas en francés, sin traducir, y que nunca llegaron a tener uso en el habla local. Qué bueno sería que esos escritores "bilingües y nuestros" leyeran las clases de Borges sobre literatura inglesa y norteamericana, donde las citas son traducidas por él mismo.
El porqué es muy simple, ya que se repite a lo largo de los siglos; lo que ingresa de un idioma a otro idioma son las palabras, nunca la gramática. Las palabras (mot-à-mot) son aliadas de la memoria, mientras que la gramática está ligada al uso constante. En un país básicamente monolingüe como el nuestro es casi imposible que otras formas gramaticales dejen rastros de estructuras, salvo la combinación elemental en algún topónimo con restos quichuas, araucanos o guaraníes. Pero siempre, para el gran público, son palabras aisladas.
Las largas citas en otras lenguas quedan para intelectuales como Cansinos-Asséns que podía «saludar a las estrellas en catorce idiomas clásicos y modernos», según el recuerdo que de él guardaba Borges.
Para los demás, simples mortales de tanto en tanto y de esto por aquello, sólo nos quedan las palabras sueltas (amateur por «no profesional», bricolage por «manualidades», chantaje por «extorsión», debacle por «desastre económico», complot por «confabulación», coqueluche por «tos convulsa», crochet para especificar una labor de ganchillo, demodé por «pasado de moda» —lo que me merece todo un elogio—, ecuyere por «amazona de circo», fuselaje por «carcaza de avión», gel por «sustancia viscosa», glasé por «abrillantado», melange por «mezcla», fané —sobre todo para los tangueros— por «ajada», ragú —para el mismo público— por «hambre», negligé por «prenda femenina de entrecasa», nougat por «turrón de nueces», palier por «semi-eje», plafón por «sobrelámpara», pose por «afectación», eslogan por «frase hecha», toilette por «tocador», tricot para especificar cierto tejido de punto, vernissage por «ágape»). Y no deberíamos olvidar que recién a partir del siglo XVIII dejamos de decir mama y, por influencia francesa, comenzamos a decir mamá; nada menos que una de las primeras palabras que aprende a decir el ser humano. Aunque aún, en buena parte de España y de los países americanos (sobre todo en lugares muy alejados de las ciudades) continúa diciéndose mama, con carácter familiar y harto rústico. Wimpi (el uruguayo Arthur García Núñez) recuerda el origen de la palabra canesú, esa prenda de vestir que era algo así como un vestido corto y sin mangas, asegurando que es una contracción de quinze d'aoû (15 de agosto), que era la época apropiada para su uso.
Si bien éstas que enumeramos son sólo algunas de las deudas cotidianas que tenemos con la lengua francesa, no debemos preocuparnos demasiado, ya que los otros idiomas también le «deben» muchas palabras al español (el francés incluido) y jamás pensaron en «pagarlas».
En lo que a esta columna respecta, sólo por ahora y para no aburrir, c'est fini.

 

Rogelio 2019Rogelio Ramos Signes, nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972. Periodista literario y difusor cultural, publicó un libro de cuentos: "Las escamas del señor Crisolaras"; cinco novelas: "Diario del tiempo en la nieve", "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas" (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción, 1986), "En busca de los vestuarios" (Premio ALIJA, 2005), "Por amor a Bulgaria" (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y "La sobrina de Úrsula"; tres libros de ensayos: "Polvo de ladrillos", "El ombligo de piedra" y "Un erizo en el andamio"; tres libros de poesía: "Soledad del mono en compañía", "La casa de té" y "El décimo verso"; y un libro de microrrelatos: "Todo dicho que camina". Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista "A y C" (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa han sido traducidas y publicadas en francés, portugués, rumano, inglés e italiano. Es miembro fundador de la Asociación Literaria "Dr. David Lagmanovich".

 

Esta columna pretende acercar a nuestros lectores, en cincuenta entregas consecutivas, los textos de "Un erizo en el andamio" (Libros del Hangar, Tucumán, 2006).