Un erizo en el andamio 

                                                     UN ERIZO EN EL ANDAMIO

La columna de Rogelio Ramos Signes

 Silencio: Hospital. Despacio: Escuela. 

Hablar de diseño, no tanto en nuestro idioma como en el uso diario que hacemos de este idioma, es hablar de una gran variedad de temas. Escuchamos que alguien se refiere al «diseño simétrico» de una tela (o sea al «motivo simétrico»), al «diseño funcional» de un mueble (o sea a las «formas funcionales»), al «diseño arquitectónico» de una construcción (o sea al «proyecto arquitectónico»), o al «diseño de un traje» (o sea al «corte de un traje»), y aunque todo suene igual, no es lo mismo. Como tampoco es lo mismo «el diseño de las hojas de un árbol» que «los diseños que el viento traza en la arena». Sin darle más largas al asunto: usamos una misma palabra para describir un objeto, una actividad o un fenómeno natural e, intencionalmente, pretendemos ser técnicos o poéticos, según cómo estructuremos nuestra conversación. El lenguaje cotidiano ha contribuido a que sea casi imposible definir unívocamente algunos vocablos, incluido el vocablo diseño.

Sin embargo, cuando hablamos de diseño gráfico los términos comienzan a ponerse específicos, y si bien su campo de acción es muy amplio, sabemos perfectamente qué es lo que incluye y qué es lo que deja de lado.
Partamos de la suposición de que diseñar es una tarea abstracta. Un diseñador es alguien que, disponiendo de una serie de elementos, coordina ese material y le da forma a las ideas. Un diseñador gráfico (hoy más que nunca) es un especialista en comunicaciones visuales, generalmente atado a la palabra y, a diferencia de un artista (que es un autor; que es un mensajero de sí mismo), el diseñador es un intérprete. Y ahí es donde surge la primera y más grande diferencia entre un artista plástico y un diseñador gráfico: es bueno y meritorio reconocer un cuadro como perteneciente a tal o cual artista, debido a su estilo inconfundible; sin embargo es contraproducente reconocer al diseñador gráfico (de un afiche, por ejemplo) porque eso desvía lo importante del contenido, colocando el mensaje en segundo plano. Dudo mucho que el afiche de Andy Warhol con botellas de Coca-Cola haya servido como promoción para la bebida gaseosa, pero sí sirvió para consolidar la imagen del diseñador estadounidense. El afiche de Joan Miró sólo con la palabra España, en cambio, ha logrado dar una imagen nueva e inequívoca del reino a partir de un vocablo, que es algo convencional. Fue tal el impacto de la palabra en imagen, que recién luego trascendió la firma.
Convencional, también, pero de uso muy prolongado, es el rostro de una mujer con una cofia blanca y un dedo índice frente a sus labios cerrados (¿la enfermera Blanca Julia Clermont, tal vez? ¿o es la modelo argentina Muriel Mercedes Wabney?). Sabemos que todo ese gesto significa «Silencio», pero pocas veces nos hemos puesto a pensar que detrás de él, allá lejos y hace tiempo, hubo un diseñador gráfico; como también hubo un diseñador gráfico tras el odioso Tío Sam que señala con un dedo en primer plano a incautos lectores. Bien sabemos que todas las cosas de este mundo pueden ser aplicadas en más de un sentido y, lo que es peor, también en sentidos universalmente opuestos; pensemos en la energía atómica, sin ir más lejos.
Si partimos de la idea de que todo elemento visual y de que todo ordenamiento visual tienen un significado, arribaremos sin esfuerzo a la conclusión de que todo significado encierra un orden. Ese orden conllevará principios visuales de integración (los elementos que usaremos) y de segregación (información innecesaria que será dejada de lado). Y así como todo mensaje visual está compuesto de forma y significación, es imprescindible realizar una interpretación para captar la significación del mensaje. Ahora bien, el mensaje incluye denotación (aspectos objetivos) y connotación (aspectos subjetivos).
Por supuesto que todo esto es muy teórico, y a veces la teoría se vuelve engorrosa, pero siempre hay ejemplos que la simplifican. Intentémoslo. Tres personas se paran frente a un cuadro donde una mujer bebe de una burbujeante copa de champagne. Objetivamente analizado, para las tres personas se trata de una mujer bebiendo de una copa. Connotativamente visto, para una de las personas puede representar el placer de un festejo íntimo, para otra la imagen de un tiempo definitivamente ido, y para la última un símbolo inequívoco de la sociedad capitalista. Una serie de convenciones culturales hará que cien personas descubran otros tantos mensajes en una misma imagen. Si estamos hablando de un cuadro o de un afiche, la tarea del diseñador habrá ingresado en terrenos interesantes; si estamos hablando de un mensaje publicitario, será un llamado de atención a que algo de todo eso no está funcionando bien.
Quienes se dedican a esta actividad no deben olvidar que un diseño genera atracción o rechazo a primera vista. Tras esa primera impresión el diseño gráfico deberá «comunicar»; luego tendrá que extender el tiempo de percepción del observador. El mensaje deberá ser lo suficientemente claro como para poder memorizarse, y a la vez hacer su contribución a la calidad del medio ambiente.
Marketing. Marketing. Marketing. La palabra suena con insistencia y cada vez más. Saber hacer es un hecho indiscutible, pero saber vender se ha convertido en la clave de estos tiempos.
El ejemplo es viejo y repetido, pero sigue teniendo valor a la hora de remarcar las cualidades de un producto. Se dice que los huevos de codorniz son exquisitos, o altamente nutritivos los huevos de pato o de pavo; pero son los huevos de gallina los que más se venden, simplemente porque la gallina se encarga de promocionarlos (cacareando) cada vez que pone uno.
Jorge Frascara (profesor argentino que se desempeñó como jefe del Departamento de Arte y Diseño de la Universidad de Alberta, en Canadá) da un consejo, en el campo del diseño gráfico, que me parece claro e invalorable: «Un sistema de material didáctico para enseñar a sumar que sólo enseñe a sumar, es un material inconcluso. El material debe enseñar a sumar, enseñar a aprender, enseñar a enseñar, enseñar a que aprender es gozar, motivar a aprender a sumar (restar, multiplicar), enseñar la belleza de los números y de las letras, desarrollar y promover la observación, la memoria, el diálogo, el raciocinio, la imaginación cuantitativa y la comunicación. El diseño debe también producir gozo en su uso u observación, contribuir a la belleza del ambiente y ayudar al maestro que lo usa a desarrollar su tarea y a ser feliz desarrollándola». Creo que es algo que todos (al fin de cuentas, quien más quien menos, todos tenemos algo de comunicadores sociales) no debemos olvidar.
Por simple extensión, por libre asociación de los sentidos, quiero hacer una pregunta: Quienes hacen suyo aquella frase tan nuestra que dice «Total, todo va para la panza» ¿se habrán sentido halagados alguna vez con la sola presentación de una comida; con la parte visual de un manjar?
Y una pregunta más (la última) para terminar: ¿será esa la casi imperceptible y a la vez abismal diferencia que separa el mundo de un gordo del mundo de un gourmet?

 

RogelioRogelio Ramos Signes, nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972. Periodista literario y difusor cultural, publicó un libro de cuentos: "Las escamas del señor Crisolaras"; cinco novelas: "Diario del tiempo en la nieve", "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas" (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción, 1986), "En busca de los vestuarios" (Premio ALIJA, 2005), "Por amor a Bulgaria" (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y "La sobrina de Úrsula"; tres libros de ensayos: "Polvo de ladrillos", "El ombligo de piedra" y "Un erizo en el andamio"; tres libros de poesía: "Soledad del mono en compañía", "La casa de té" y "El décimo verso"; y un libro de microrrelatos: "Todo dicho que camina". Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista "A y C" (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa han sido traducidas y publicadas en francés, portugués, rumano, inglés e italiano. Es miembro fundador de la Asociación Literaria "Dr. David Lagmanovich".

 

Esta columna está dedicada a acercar a nuestros lectores, en cincuenta entregas consecutivas, los textos de "Un erizo en el andamio" (Libros del Hangar, Tucumán, 2006).