BREVÍSIMA MUESTRA DE POESÍA DE BOLIVIA

 

En este mismo número, se publica un artículo acerca de la literatura boliviana. A modo de anticipo de lo que esperamos poder sifundir la literatura del país hermano, tardes Amarillas pone a disposición de los lectores de esta revista, esta pequeña (brevísima en realidad) muestra de poesía boliviana de todos los tiempos. Esperamos que sea del agrado de todos. 

INAGEN PARA POEMAS BOLIVIANOS

Altiplano (Oscar Cerruto)
1

El Altiplano es inmensurable como un recuerdo.
Piel de kirquincho, toca con sus extremos las cuatro puntas del cielo,
sopla su densa brisa de bestia.
El Altiplano es resplandeciente como un acero.
Su soledad de luna, tambor de las sublevaciones,
solfatara de las leyendas.
Pastoras de turbiones y pesares,
las vírgenes de la tierra alimentan la hoguera de la música.
Los hombres, en el metal de sus cabellos,
asilan el caliente perfume de los combates.
Altiplano rayado de caminos y de tristeza
como palma del minero.

2

El Altiplano es frecuente como el odio.
Ciega, de pronto, como una oleada de sangre.
El Altiplano duro de hielos
y donde el frío es azul como la piel de los muertos.
Sobre su lomo tatuado por las agujas ásperas del tiempo
los labradores aymaras, su propia tumba a cuestas,
con los fusiles y la honda le ahuyentan pájaros de luz a la noche.
La vida se les tiza de silencio en los fogones
mientras las lluvias inundan sus huesos y el canto del jilguero.

3

Altiplano sin fronteras,
desplegado y violento como el fuego.

Sus charangos acentúan el color del infortunio.
Su soledad horada, gota a gota, la piedra. 

 

La celda (Raúl Jaimes Freyre)

Hay una Dolorosa que une las manos puras;
Una agria calavera de enigmática mueca;
Una ojival ventana que en limitar se obceca
El abrupto paisaje de perennes alturas

Un flagelo que sabe de piadosas torturas
Y en celestes abrojos las tentaciones truecan;
Una vieja clepsidra — dijérase una rueca
En donde hila la hermana muerte vidas futuras -.

Y una escultura, en fin de Cristo en el madero,
Símbolo del amor que tortura y redime,
Y separa la existencia: vía, verdad y luz.

El espíritu tiende a la ciencia sublime,
La voluntad persigue el divino sendero,
Mas el cuerpo se extingue clavado en una cruz. 

 

Metamorfosis de las llamas (Adela Zamudio)
                                                           A Luis García Montero

El hombre señalaba el cementerio
y me dijo asustado:
El sigilo del miedo
de pronto es cazador y se avergüenza
sintiéndose verdugo.
Para que haya un orden
tienes que estar debajo.
Demasiado
esfuerzo.

Será nada.
Entonces se sonrió
saliendo hacia la luz desde la sombra.
Yo sé bien que detrás
hay algo que se mueve,
y conservo su imagen.
Una noche
aquí estuvo y sentí
todo el miedo del mundo.

Nunca más.
Señalaba despacio
la ancha tierra, el cielo alto,
y les puso otros nombres.
Me contó que al final es un latido,
uno solo, y que el riesgo belleza
si se cierran los ojos.
Yo después escribí
linda crisálida que nace muerta
y vuela con los sueños lamentables
y vuela, y vuela, así cambian las cosas.

 

Los Cuerpos (Matilde Casazola)

Amo mis huesos
su costumbre de andar rectos
de levantar un semicírculo
para abarcar el cielo
de encadenarse en filigranas diminutas
para favorecer el movimiento;
amo mis huesos con sus curvas
sus salientes
y sus cuevas profundas.

Si hubiera sido insecto,
también hubiera amado mis antenas
como amo ahora mis ojos con sus cuencas
y mis manos inquietas
y toda esta estructura
en la cual vivo
en la cual soy completa.

Y le doy gracias al discutido Dios
de creación perfecta o imperfecta
de existencia absoluta
o no existencia,
le doy gracias
en uso
de mi cuerpo y su esencia.

Al menos, comprendo su intención:
sé que era buena. 

 

Nocturno de lágrimas (Yolanda Bedregal)

En las noches de lágrimas
maduran nuestras almas;
bajo la luz del llanto
nos es dado palpar las intangibles
paredes de distancia entre las vidas.
Sólo en noches de lágrimas
nos es dada la gracia
de encontrar el matiz de los silencios
y los colores de la sombra.
Sólo en noches de lágrimas
los seres que ya han muerto, nos consuelan;
los que nos dejaron, nos reclaman,
y nos pide perdón lo que no ha sido.
Sólo en noches de lágrimas
los que se aman, saben que se aman;
el lecho no es ya bosque de caricias
sino blanco mantel de comuniones.
Una noche de lágrima aclara
el mar en tempestad de la vigilia,
y vemos de recónditas esquinas
cada cosa adquirir su propio nombre.
En el llanto de amor nos conocemos
más que en todos los besos de la dicha. 

 

El reposo (Blanca Wiethüchter)

entro en mi casa
y me alojo en su centro
esperando la temperatura
que enmudece los ruidos inútiles.

en un andar del silencio
comienza el mundo
en un olor a fuego
en una hoja
en un cambio de sábanas
en una gana de hacer cosas
no siempre precisas.

ya no soy la misma
y mis pasos en la voz
resuenan más oscuros.

otro es el sol que arde
en los crepúsculos que contemplo
viajera inmóvil
pienso
sólo quiero cuidar de lo vivo
y tener luz
para él
y mis niñas. 

 

Aeternum vale (Ricardo Jaimes Freyre)

Un dios misterioso y extraño visita la selva.
Es un dios silencioso que tiene los brazos abiertos.
Cuando la hija de Thor espoleaba su negro caballo,
le vio erguirse, de pronto, a la sombra de un añoso fresno.
Y sintió que se helaba su sangre
ante el dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

De la fuente de Imer, en los bordes sagrados, más tarde,
la Noche a los dioses absortos reveló el secreto;
El Águila negra y los Cuervos de Odín escuchaban,
y los Cisnes que esperan la hora del canto postrero;
y a los dioses mordía el espanto
de ese dios silencioso que tiene los brazos abiertos.

En la selva agitada se oían extrañas salmodias;
mecía la encina y el sauce quejumbroso viento;
el bisonte y el alce rompían las ramas espesas,
y a través de las ramas espesas huían mugiendo.
En la lengua sagrada de Orga
despertaban del canto divino los divinos versos.

Thor, el rudo, terrible guerrero que blande la maza,
-en sus manos es arma la negra montaña de hierro,-
va a aplastar, en la selva, a la sombra del árbol sagrado,
a ese Dios silencioso que tiene los brazos abiertos.
Y los Dioses contemplan la maza rugiente,
que gira en los aires y nubla la lumbre del cielo.

Ya en la selva sagrada no se oyen las viejas salmodias,
ni la voz amorosa de Freya cantando a lo lejos;
agonizan los Dioses que pueblan la selva sagrada,
y en la lengua de Orga se extinguen los divinos versos.

Solo, erguido a la sombra de un árbol,
hay un Dios silencioso que tiene los brazos abiertos. 

 

Epigrama (Pedro Shimose)

Después de impresionar a las muchachas con nuestro ingenio;
después de quemar lirios, enterrar nubes e incendiar templos;
después de degollar vacas sagradas y asesinar dioses;
después de escribir sin mayúsculas y sin signos de puntuación;

después de dinamitar museos y bailar en los cementerios;
después de perseguir la gloria y soñar que nos acostamos con ella;
después de pelear con dragones, imperios y quimeras;
de gemir porque publiquen nuestro nombre en los periódicos
y de reunirnos por la madrugada para derribar pirámides,
¿qué nos queda?

un sillón en la academia
y una chequera. 

 

Como una luz (Jaime Saenz)

Llegada la hora en que el astro se apague,
quedarán mis ojos en los aires que contigo fulguraban
Silenciosamente y como una luz
reposa en mi camino
la transparencia del olvido.

Tu aliento me devuelve a la espera y a la tristeza de la tierra,
no te apartes del caer de la tarde
-no me dejes descubrir sino detrás de ti
lo que tengo todavía que morir. 

 

La víbora invisible (Franz Tamayo)
                                            Romance aymara

Qué sabor tiene el perfume
que exhala tu oscura tez
Como una flor se consume
mi beso en tu oscura tez.
Qué‚ tibio imán invencible
envuelve tu oscura tez?

Una víbora invisible
virtió su magia en tu fez!

Desmayan en pleno vuelo
Las aves si oyen tu voz.
Dulce envenenado anhelo,
la muerte fluye en tu voz.
Qué caricia aborrecible
rompe en cristales tu voz?
Una víbora invisible
baila enloquecida en ti!

Amor tu cadera enarca
y vierte tu fiebre en ti!
Como en mecedora barca
mi afán apareja en ti!

Qué sortilegio terrible
Sacude tu cuerpo así?

Una víbora invisible
baila enloquecida en tí! 

 

Soledad (Homero Carvalho Oliva)

Ayer estaba
pervertidamente
solo
solo

Todo el mundo me rodeaba
tanta gente que no podía encontrarme
a mí mismo. 

 

Decía las palabras (María Soledad Quiroga)

Decía las palabras
las pronunciaba
rescatándolas de algún fondo
de su océano profundo
las decía
sin saberlas
ignorando el trazo
que levanta el árbol
y construye el bosque
y arde
de pájaros
me iluminaban las palabras
rotas
y en sus trozos me miraba
a veces
con alas
y máscara
intuyendo lo oscuro
ebria
de felicidad pura. 

 

La rutina de los días (René Rivera Miranda)

Cargar en las espaldas
el ayer que alguna vez fuimos.
La rutina de los días, el olvido de las horas
el deambular sin sentido en cada paso.

Guardar en la memoria de la piel
la epidermis de otros cuerpos,
los suspiros guardados sin prisa,
la inutilidad de tantos besos.

Preocuparse por los días que no llegaron
laberintos sin salida, mañanas grises.
Arrastrar olvidos en las cadenas del alma
hacia las aguas del eterno Leteo.

Almacenar en las retinas rostros sin tiempo
soñados en la eternidad de la noche.
El letargo crónico de tu espera,
la eterna fatiga de mis pasos. 

 

Testamento (Gary Daher)

La tarde se oscurece llena de mariposas de oro
como una avalancha de hojas arrancadas al verano.
Así recibo fuerte fin a tu lado en el valle alto
ya se oye a mi muerte, crujiendo, llegar en gran caballo.

Nací, Octavio Alas de Cañedo, señor de Lobo Rancho
y hasta donde van nuestras miradas son mías las chacras
también las mujeres de grandes y prodigiosos pechos
y los peones que llevan el trigo en sus espaldas de indio
de mí los caseríos, las sendas, los violentos ríos
entre las quebradas, la miel y los enjambres de abejas.

¿Ves cómo son los muchos vientos que arrastran a los hombres?
Nada queda y me queda todo: el mundo se va cerrando.
Abre las ventanas, que entre el alud negro de agua y tiempo
y se lleve mi garganta que cantó por un momento
la navaja de la ausencia, el juego de la palabra
tu piel tan nueva, el reír, y las voces de los muertos.

En los nombres que me precedieron, títulos muy nobles
lee Franz, Jaime, Edmundo, José Eduardo, Oscar y Ricardo
don Arturo Borda, ávido por los ácidos de La Paz
cada uno cubierto en la capilla de Santa Vera Cruz.

Cuida que éste, aún mi cuerpo, ocupe un lugar entre esa gente
para que las cenizas guarden de mí la inútil seña
de gran fama y tesoros y fuego y memoria y olvidos.

Pues nadie conoce cómo será el golpe de la muerte
y uno camina perdido entre los días, chato o grande
escribiendo un papel que luego representa fiero
por ser el mismo que le dijeron, o sea, Octavio
y si no ¿quién puedo ser, mejor que este Alas de Cañedo?

Morir creyendo que al cortarse el hilo todo es eterno
las agujas y el sonido de la luz contra mis ojos
el martes que te amé en la casa de la calle Argentina
el abrazo de mi padre, las buenas noches de enero
y sin tocar la luna, vida dada como humo ciego. 

 

Al futuro cadáver (Mónica Velásquez Guzmán)

Alguno me dice
"pariente
tu poesía es muy feliz.
Eres un optimista
lo que escribes no es real".

Yo miro entonces al futuro cadáver
huelo su descomposición inevitable
escucho los inútiles rezos
las fatuas novenas
y sonrío
(en estos
y en tantos otros casos
lo inteligente es callar)

De todos modos,
¿qué podría decirle?
¿Que ya lo sé?
¿Que no lo he notado?
¿Que yo mismo reniego de mí?

Pero no
para qué.

Mi único mérito consiste
en saber que nos estamos muriendo
y en actuar
como si eso no importara.