Un erizo en el andamio 

 

 

    UN ERIZO EN EL ANDAMIO

 
La columna de Rogelio Ramos Signes


La Cruz y la cruz de todos los días

 

 

En un acto simple, un hombre llena su ficha tal cual le indicaron. En la primera cruz pone el apellido y luego el nombre; en la segunda cruz, el número de documento; en la tercera, el domicilio; en la cuarta, el teléfono; y así sucesivamente hasta llegar a la última cruz, donde estampa la firma. La cruz (dos líneas que se cortan perpendicularmente) indica un sitio preciso, un punto de coordenadas, un cruce de caminos. Esa cruz puede ser un límite (de partida o de llegada), un símbolo existencialmente absoluto y prácticamente inamovible, una obra de creación en su estado más primario.
La cruz, que ha terminado siendo insignia y señal del Cristianismo en memoria de Jesucristo, viene (como es fácil de entender) desde muy antiguo. Los hombres de las cavernas (todavía sin Dios entre sus necesidades, y aún sin idea cierta del castigo, al menos como una instancia refinada del odio), mientras planeaban una jornada de caza, seguramente ya dibujaban sobre el suelo, con un palito, la abstracción de una cruz que representaba a otros hombres, o a algún animal o a cualquier accidente geográfico que les sirviera de referencia.

Cuando, con el tiempo, la incipiente escritura tomó carácter de cifra, la cruz ligeramente recostada (la X) expresó la idea de casa y de refugio; mientras que la cruz enhiesta (el +) significó hombre. Todo esto fue un verdadero lenguaje puesto en función de las necesidades, a partir de dos rectas que se encontraban; lo mínimo de lo mínimo. Pero es en el punto (en ese punto) donde nace la idea de simbolizar la creación y donde se inscriben los grandes mitos, que luego tal vez serán religiones. El punto, que es en sí algo discontinuo, paradójicamente le da al cruce de dos líneas que se acometen la idea de continuidad. El punto, ya sea que esté en el medio o hacia arriba o hacia abajo, es el centro de la cruz. Y la cruz (por historia, por uso, por practicidad, por simbolismo) es un ente dinámico.
El signo cristiano de la cruz sólo se materializa como Cruz una vez que Jesucristo es llevado al Calvario. Todo lo anterior es mera especulación intelectual, ya que Jesús posiblemente arrastrara sólo un madero horizontal (ayudado por Simón de Cirene) que luego, una vez en el Gólgota, formaría una cruz con el poste vertical que allí esperaba. Era un «homicidio legal» propio de la época, antecesor de la horca, de la silla eléctrica y de la cámara de gas. Espartaco (de Tracia) ya había muerto un siglo antes de la misma manera, por orden de Marco Licinio Craso (perro faldero de Sila, y uno de los hombres más ricos de su tiempo), pero atado a la cruz. Los clavos de Cristo fueron todo un exceso, tal vez literario, de desmesurada crueldad.
El centro de la cruz es un hecho definitivo, que divide las aguas, que legisla, que ubica el pasado a la izquierda y el porvenir a la derecha (aunque suene políticamente detestable), a.C. y d.C., bajo cero y sobre cero, debe y haber, rojo y negro (que es lo mismo, y Stendhal lo sabía), rojo y blanco, aquello y esto. Pero no es en dos, sino en cuatro partes que el punto divide a las líneas perpendiculares que se tocan. Las cuatro estaciones del año. Los cuatro elementos de la naturaleza. Los cuatro puntos cardinales. Las cuatro edades del hombre.
En una figura prehistórica de 6.000 años de antigüedad un ser humano, parado, con los brazos abiertos (configurando una cruz) tiene colgado de su cuello a otro hombrecito idéntico, también en forma de moderna cruz. O sea que no sólo la cruz es muy antigua como símbolo, sino también como representación artística de ese símbolo. En Creta encuentran una cruz de mármol de 3.500 años. En el noroeste de Anatolia descubren una estatua femenina (proveniente de Troya) que tiene una cruz esvástica en lugar de sexo. Infinidad de cruces se suceden en las historias de Ramses I y de Ramses II, de Amenophis IV y de Nefertiti. Los dioses de cuatro brazos de la India, los cuatro rostros de Brahma y de la Tara búdica, las milenarias figuras de los pueblos africanos y el antiguo orden cósmico de los aborígenes de Arizona llevan en sí la imagen física de la cruz, sin raras ostentaciones, como un elemento más.
La cruz aparece entre los cristianos en el siglo II de nuestra era, de manera incipiente; y recién en el siglo IV, con verdadera fuerza. Su uso se extenderá por todo el mundo y se convertirá en figura casi exclusiva de esa fe religiosa. Ante tamaño símbolo, nadie osará disputar tal primacía; salvo como discusión intelectual, o como literatura de presunta difusión.
En magia, la línea horizontal de la cruz simboliza lo pasivo (lo terrestre), mientras que la línea vertical apunta a lo activo (a lo divino). Por sobre la multiplicidad de cruces que existen, tres son las más visitadas por las diferentes magias: la cruz fenicia, o de Tao, o de San Antonio, en forma de T; la cruz egipcia, o cruz ansada, con la parte vertical superior en forma de anillo; y la cruz gamada, que en el Asia Central es un conjuro antiquísimo contra el mal de ojo.
La cruz, que ya era un elemento ornamental cartaginés; que ya tenía su lugar en la tumba de reyes y de héroes en los antiguos pueblos escandinavos; que simbolizaba al Dios de la Lluvia en Tabasco; que era emblema de Quetzalcóatl para los aztecas, simbolizando los cuatro puntos cardinales y los cuatro vientos; que en el Antiguo Testamento significaba ignominia y maldición, se transformó (cuatrocientos años después de Cristo) en uno de los símbolos más universales.
La cruz hasta terminó involucrándose con la lengua popular y, en lenguaje metafórico, sigue siendo parte importante de ella, sobre todo cuando alguien muy ofendido nos hace la cruz para siempre, o cuando un sufriente abraza la cruz, o cuando nos hacemos cruces de pura extrañeza, o cuando un artista popular exacerba a su público cantando con los brazos en cruz, o cuando algún desafortunado se queda en cruz y en cuadro (que es el equivalente continental de nuestro en pampa y la vía), o cuando todos andamos con nuestra propia cruz a cuestas, como si Cristo no hubiese venido a pagar esa deuda por nosotros.
Pero ¿no son cruces algunas de las runas en forma de figuras humanas de hace 9.000 años, en pleno período glacial? ¿No es una cruz la doble hacha de los pueblos primitivos? ¿No es una cruz la T libio-berberisca de los tuareg? ¿No es una cruz adherida al mundo el símbolo del planeta Tierra, o del sexo femenino, o del antimonio? ¿No son cruces algunos litoglifos griegos, o algunos grabados cretenses, o la unión potenzada de las espadas ceremoniales del Imperio Romano-Germánico? ¿No es una cruz el penacho del talismán de Hirsch, o el de la O de Ottentaler, o la piña de Augsburgo? ¿No es una cruz la cruz que simboliza a las plantas venenosas en la farmacología moderna? ¿No es simplemente una cruz (del período dórico de Atenas) la milenaria cruz esvástica que Hitler tomó de la revista Ostara de Lanz von Liebenfels para convertirla en símbolo del horror y de la estupidez del siglo XX?
Por lo demás, acercarse a una cruz (sea cual sea), buscar su proximidad, involucrarse, ubicarse en ella, encontrar su centro, es estar en una encrucijada, con toda la asechanza que ello conlleva. Y ése es el punto donde cambian trascendentalmente las direcciones. Ese es el punto donde confluyen el bien y el mal (sea lo que sea el bien, y sea lo que sea el mal), lo indebido y lo correcto; los escasos caminos de que dispone el hombre a la hora de decidirse.
Una cruz, nada más que una cruz, de madera o de metal, que se potencia con la imagen exánime del Cristo que yace, que cuelga del cuello de millones de seres humanos en todo el mundo; pero que, sin ese cuerpo, sólo será por los siglos de los siglos un antiguo instrumento de tortura.

 

 

Rogelio 2019 Rogelio Ramos Signes, nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972. Periodista literario y difusor cultural, publicó un libro de cuentos: "Las escamas del señor Crisolaras"; cinco novelas: "Diario del tiempo en la nieve", "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas" (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción, 1986), "En busca de los vestuarios" (Premio ALIJA, 2005), "Por amor a Bulgaria" (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y "La sobrina de Úrsula"; tres libros de ensayos: "Polvo de ladrillos", "El ombligo de piedra" y "Un erizo en el andamio"; tres libros de poesía: "Soledad del mono en compañía", "La casa de té" y "El décimo verso"; y un libro de microrrelatos: "Todo dicho que camina". Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista "A y C" (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa han sido traducidas y publicadas en francés, portugués, rumano, inglés e italiano. Es miembro fundador de la Asociación Literaria "Dr. David Lagmanovich".

 

Esta columna está dedicada a acercar a nuestros lectores, en cincuenta entregas consecutivas, los textos de "Un erizo en el andamio" (Libros del Hangar, Tucumán, 2006).