Un erizo en el andamio

 

 

UN ERIZO EN EL ANDAMIO 

 

LA COLUMNA DE ROGELIO RAMOS SIGNES

 

Opinión pública u opción púdica

 

 

Para que exista la opinión pública debe haber algún hecho, circunstancia o comportamiento, sujeto a controversia (como en el teatro: si no hay conflicto, no hay obra). Los diferentes puntos de vista acerca de algo generan esas diferencias conceptuales. O sea que opinión pública sería aquello que un grupo de personas, con necesidades afines y por su misma naturaleza, piensa colectivamente a partir de un problema.
Partiendo de la idea de que las opiniones individuales, por simple afinidad, dan lugar a la opinión pública, es que éstas cumplen con la función de generar los puntos de vista colectivos.
La opinión individual está condicionada por diferentes reflejos instintivos, o bien por deseos personales. El hambre, el peligro o el agotamiento son reflejos que dan origen a una opinión que se adhiere a otros deseos, también individuales, y que son el punto de partida hacia la opinión pública. A su vez, la protección, la seguridad, los logros sociales y económicos impulsan y motivan los deseos personales hacia un sentimiento colectivo más firme y totalizador.

Para todo ello es indispensable sopesar los conocimientos, costumbres y hábitos de una comunidad en relación con un objetivo claro. Mediante el análisis de un hecho (siempre sujeto a controversia) podemos estimar porcentualmente las actitudes de un individuo frente a una opinión. Se supone que un 50 por ciento de la población es pasivo, no se ha definido, no tiene una idea clara del problema o quizá tiene miedo a emitir su opinión (opción púdica, y no es una broma). Un 20 por ciento toma una actitud negativa, que también es necesaria para crear la controversia que originará la opinión pública. El 30 por ciento restante se manifiesta abiertamente, haciéndose eco de un hecho ya consumado o en vías de concreción (repudio ante un golpe militar, solidaridad con una población arrasada por un terremoto, pedido de ayuda para zonas inundadas, reclamos a las autoridades ante hechos injustos, etc.). Todo esto nos ubica frente a un 50 por ciento activo que, con orientaciones polarmente diferentes, propicia la disyuntiva. Es entonces al 50 por ciento pasivo hacia donde deberá dirigirse toda la acción de las relaciones públicas, con la participación de los líderes de opinión surgidos del 30 por ciento activo.
Los sucesos desfavorables, que afectan directamente a los intereses del pueblo, son los que moldean y dan coherencia a la opinión pública. Hagamos entonces un poquito de triste historia, hablando de la opinión pública como de una nueva fe al margen de los credos; de una fe que, hoy por hoy, puede mover montañas.
Estragada, azotada por años de frustraciones, enajenada y equivocada (eso es lo triste) la opinión pública argentina "perdonó" a nuestros represores de turno, y en el año '82 aplaudió a una horda de manipuladores inescrupulosos que llevó a nuestros jóvenes conscriptos a morir en las Islas Malvinas. Esa opinión pública "amnésica" también olvidó que dos días antes en una manifestación (por "pan, paz y trabajo", esa era la consigna) el gobierno había mandado matar a tiros a un jubilado en Mendoza y a detener a más de mil personas. La opinión pública de entonces (ciega, sorda y para nada muda) fue cómplice de una de las más intolerables aberraciones de nuestra historia: apoyó la invasión, reprodujo y exaltó la mentira de los comunicados oficiales, se puso la peor camiseta del chauvinismo (la tinta en sangre), minimizó el horror, perdonó a los asesinos (a la postre, los cobardes) y, al cabo de 74 días aciagos, se lamentó por esa "gran injusticia perpetrada por los poderosos". Las maratones televisivas de solidaridad manejaron al milímetro la opinión pública. Destinadas a recaudar mercaderías donadas, que debían llegar a los soldados que luchaban en el sur del país (mantas, ropas de abrigo, chocolates y cigarrillos que, en general, no llegaron, porque varios jefes intermedios se encargaron de comercializar el cargamento en ciudades lejanas) esas maratones mediáticas fueron la cara "solidaria y festiva" de una opinión pública que se dejó manejar y que fue equivocándose paso a paso.
Pero volvamos a la parte técnica de este tema, no a los ejemplos vergonzosos. A su vez la propaganda, e inclusive la publicidad, influyen en las actitudes personales o de grupo, exagerando virtudes y omitiendo los aspectos negativos. Así es como se genera también un tipo de opinión pública, pero con el único objetivo de vender un producto, un concepto o una imagen.
Dentro de lo que conocemos como medios de comunicación social (cine, radio, televisión, diarios, afiches, carteles, conferencias, teatro, exposiciones, clases audiovisuales, diapositivas, videos, Internet, pizarrón) debemos hacer una diferencia entre los medios masivos y los medios no masivos. Ahora bien, con excepción de la radio y la televisión, todos los otros medios (el cine, el video, las conferencias y las publicaciones) con sus características determinadas, pueden ser masivos o no masivos indistintamente.
El medio de comunicación social masivo por excelencia es la radio. A pesar de las mayores o menores frecuencias de emisión, siempre hay alguna estación que puede sintonizarse en el punto donde nos encontremos. La información es instantánea y directa; no sufre el tiempo de producción del diario, por ejemplo. La radio está al alcance de todos los sectores sociales y su mensaje es captado en su totalidad, incluso en una comunidad con un gran porcentaje de analfabetismo.
Los diarios y revistas, en cambio, tienen una recepción menor, pero su información es más detallada y fijan un material con el que puede contarse hasta mucho tiempo después de publicado. Correspondería a la televisión un punto medio entre la radio y el diario, con las bondades y los inconvenientes de una y de otro. La adaptación rigurosa a los diferentes medios (y esto es lo ideal) no debería desvirtuar la médula de la información. Pero en la práctica no es así.
La opinión pública, magnificada por los medios de comunicación, hoy tiene casi tanto peso como la ley (que por culpa de la corrupción interna, se ha visto devaluada). Un ladrón de bancos que pide la presencia de la televisión al momento de entregarse a la policía, es un individuo que está vendiendo su producto (que es el delito) a su manera, a la vez que protege su integridad física antes de que las fuerzas del orden lo "ajusticien". La opinión pública condena a un locutor por tráfico de drogas, a un juez por exhibiciones obscenas, a otro juez por asociación ilícita, a un deportista por agresiones, al hijo de un camarista por asesinato, a un político por malversación de fondos públicos y, luego (recién luego) será la ley quien condene, o no. ¡Qué importa! Si la opinión pública ya dio su veredicto. Pero volvamos una vez más (y sin malos ejemplos) al tema que nos ocupa.
Las imágenes, que son las impresiones recibidas por todos los órganos sensoriales a partir de procesos invisibles, pueden ser visuales o psicológicas. Son visuales aquellas que se han desarrollado en base a la formación del gusto estético del individuo. Y son psicológicas aquellas otras que se desarrollaron en base a la sensibilidad emotiva, a la conducta o a la actitud de ese individuo.
La imagen producida está en relación a lo que siente y piensa un ser humano o un grupo, y también a la forma en que actúan. A partir de allí es que puede hablarse de una imagen consonante (cuando los actos externos del individuo están reflejando una conducta interna que es real) o bien una imagen disonante (cuando los actos externos reflejan conductas opuestas a las reales).
Al margen de todas estas palabras, que no son más que la teorización de situaciones reales, lo importante para ayudar al crecimiento y mejoramiento de una comunidad es que las imágenes visuales y psicológicas sean consonantes con el modo de sentir, pensar y actuar de esa comunidad. Lo contrario serán frases pirotécnicas arrojadas al vacío, pruebitas de circo, fuegos artificiales donde el que no se divierte siempre termina quemándose.

 

Rogelio 2019Rogelio Ramos Signes, nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972. Periodista literario y difusor cultural, publicó un libro de cuentos: "Las escamas del señor Crisolaras"; cinco novelas: "Diario del tiempo en la nieve", "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas" (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción, 1986), "En busca de los vestuarios" (Premio ALIJA, 2005), "Por amor a Bulgaria" (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y "La sobrina de Úrsula"; tres libros de ensayos: "Polvo de ladrillos", "El ombligo de piedra" y "Un erizo en el andamio"; tres libros de poesía: "Soledad del mono en compañía", "La casa de té" y "El décimo verso"; y un libro de microrrelatos: "Todo dicho que camina". Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista "A y C" (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa han sido traducidas y publicadas en francés, portugués, rumano, inglés e italiano. Es miembro fundador de la Asociación Literaria "Dr. David Lagmanovich".