VIOLETA ROJO 

 

 

 

 

 

EL ARCHIVO DE "MINIFICCIÓN DE LOS JUEVES"

 

Entre Julio de 2014 y diciembre de 2015, la Dra. Violeta Rojo de Venezuela publicó en el diario El Nacional de Caracas, Venezuela, una columna llamada "Minificción de los jueves" dedicada a difundir textos de autores de minificción de todo el mundo. Con enorme generosidad, nos ha cedido ese material para que sea difundido a través de nuestra revista. Agradecemos a Violeta por ello. No dejen de buscar nuestra sección especial "El archivo de Minificción de los Jueves". Les aseguramos que no se arrepentirán pues el trabajo de Violeta es impecable.

 

 EDNODIO QUINTERO

Ednodio Quintero 2016

 

Ednodio José Quintero Montilla nació en Las Mesitas, Trujillo, Venezuela el 11 de marzo de 1947. Se mudó a Mérida, en 1965, para estudiar Ingeniería Forestal. Ha sido profesor en la Escuela Nacional de Artes Audiovisuales de la Universidad de Los Andes, y fue promotor de diversos proyectos culturales en Mérida como la revista y editorial Solar, el taller literario TAL y la Bienal Nacional de Literatura "Mariano Picón Salas".
Publicó en 1974 su primer libro de cuentos, La Muerte Viaja a Caballo, le siguieron Volveré con mis Perros, de 1975 y El Agresor Cotidiano, de 1978. Tras una crisis personal, no volvió a publicar hasta 1988 los cuentos La Línea de la Vida, y su primera novela La danza del jaguar, de 1991. También ha escrito novelas cortas como La Bailarina de Kachgar, de 1991; El rey de las ratas, de 1994, y El cielo de Ixtab, de 1995 y los libros de cuentos Cabeza de cabra y otros relatos, de 1993, El combate, publicado en 1995, y El corazón ajeno, en 2000, y la novela Lección física, a la que siguieron Mariana y los Comanches, de 2004; Confesiones de un Perro Muerto, de 2006; El Hijo de Gengis Khan, de 2013 y El amor más frío que la muerte, de 2017.
Ha publicado también los ensayos: De narrativa y narradores (1996) y Visiones de un narrador (1997) y dos guiones cinematográficos: Rosa de los vientos (1975), Cubagua (1987).

 

La muerte viaja a caballo
Al atardecer, sentado en la silla de cuero de becerro, el abuelo creyó ver una extraña figura, oscura, frágil y alada volando en dirección al sol. Aquel presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levantó con calma y entró a la sala. Y con un gesto firme, en el que se adivinaba, sin embargo, cierta resignación, descolgó la escopeta.
A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al río, avanzaba la muerte en un frenético y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador, reconoció la silueta del enemigo. Se atrincheró detrás de la ventana, aprontó el arma y clavó la mirada en el corazón de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la línea imaginaria del patio. Y el abuelo, que había aguardado desde siempre este momento, disparó. El caballo se paró en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abrió los brazos, se dobló sobre sí mismo y cayó a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.
La detonación interrumpió nuestras tareas cotidianas, resonó en el viento cubriendo de zozobra nuestros corazones. Salimos al patio y, como si hubiéramos establecido un acuerdo previo, en semicírculo rodeamos al caído. Mi tío se desprendió del grupo, se despojó del sombrero, e inclinado sobre el cuerpo aún caliente de aquel desconocido, lo volteó de cara al cielo. Entonces vimos, alumbrado por los reflejos ceniza del atardecer, el rostro sereno y sin vida del abuelo.

 

Tatuaje
Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, y ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.
La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos: breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del este. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marino emprendió el ansiado viaje a la eternidad.
En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto, y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal.
El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, fue cediendo terreno. Concertaron una cita; y la noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.

 

Cacería
Permanece estirado, boca arriba, sobre la estrecha cama de madera. Con los ojos apenas entreabiertos busca en las extrañas líneas del techo el comienzo de un camino que lo aleje de su perseguidor. Durante noches enteras ha soportado el acoso, atravesando praderas de hierbas venenosas, vadeando ríos de vidrio molido, cruzando puentes frágiles como galletas. Cuando el perseguidor está a punto de alcanzarlo, cuando lo siente tan cerca que su aliento le quema la nuca, se revuelca en la cama como un gallo que recibe un espuelazo en pleno corazón. Entonces el perseguidor se detiene y descansa recostado a un árbol, aguarda con paciencia que la víctima cierre los ojos para reanudar la cacería.

 

Owner of a lonely heart —una canción de YES—
En una esquina se abalanzaron contra mí, y antes de que pudiera reaccionar ya me llevaban, casi a rastras, sostenido por las axilas. Los agresores eran dos individuos fornidos, armados hasta los dientes, gafas oscuras, guardianes de la ley. Subimos los escalones del Palacio de Justicia, una mole de fierro, concreto y vidrios ahumados, noventa pisos, el edificio más alto de la ciudad. Yo sabía que no habría juicio ni derecho a pataleo: me ejecutarían de un tiro en la nuca, en una celda sin ventilación. En la recepción aguardaba una multitud vociferante, celebraban un ritual carnavalesco y se disputaban los despojos de un mendigo que se creía rey. Aproveché un instante de confusión y me escabullí. Entré a un ascensor expreso que conducía al último piso, noventa segundos y ya. Corrí hasta la terraza, desde la cual se divisaba, en picada, la maldita ciudad. Yo era dueño de un corazón helado y solitario, el mío. Tomé impulso y me lancé al vacío. Ahora vuelo con las alas desplegadas, rumbo al sur. Siempre tuve sueños de halcón.

 

Un cuervo
Habían dejado mi ataúd a la intemperie, a merced de los pájaros carroñeros, que no eran precisamente aves caroreñas ―te acuerdas, hija mía, de la risa que nos causaba aquella confusión tuya cuando aprendías a leer―, a merced del viento sesgado e insidioso que soplaba denso, quemante y carrasposo desde las regiones infernales. Yo yacía en el fondo del ataúd, enfundado en mi mortaja de lino enchumbada de sangre, semen y sudor. Aunque hacía ya mucho tiempo que había muerto, permanecía atento a los ruidos estridentes del exterior y al silencio, y aquí sí que cabe la palabra sepulcral, de mi corazón. Mi corazón de pedernal que se había cansado de latir.
Un cuervo recién llegado desde el alto y vertiginoso cielo donde trepaban rasguñando el aire con sus sucias garras los cóndores viudos, se había posado con cierta suavidad, habrá que reconocerlo, sobre mi ataúd de cedro de la montaña, que un ebrio carpintero tallara un día de lluvia mientras tarareaba una y otra vez una canción de despecho. ¿Qué culpa tenía yo de que a aquel chapucero fabricante de urnas lo hubiese abandonado su mujer? Con delicadeza se posó el cuervo color carbón, apoyándose en la piel alfombrada de sus patas, procurando que sus uñas afiladas como cuchillos no rayaran la fina madera. Mas luego intentó con su pico corvo taladrar la estrecha lámina de células vegetales ya muertas, justo en el lugar que se correspondía a mi también muerta cabeza de chorlito. ¿Acaso aquel alado y horrendo animalito se creía un pájaro carpintero?
El ruido, señores míos, era de verdad insoportable, y si hubiera estado dentro del ámbito de mis posibilidades, me habría levantado de mi ataúd, reventando las tablas que me habían convertido en un prisionero, como una rata encerrada en un cajón, y ahí mismo le habría retorcido el cuello al maldito pajarraco. ¡Never more!

 

*Violeta Rojo. Profesora titular en la Universidad Simón Bolívar. Profesora invitada en la Universidad del Comahue (Argentina), Universidad de los Andes (Venezuela) y Universidad Central de Venezuela. Doctora en Letras y Magíster en Literatura Latinoamericana (Universidad Simón Bolívar); Licenciada en Letras (Universidad Central de Venezuela). Research (Fellow Kingston University, Reino Unido) 2000-2001. Individuo correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Ha publicado: Las heridas de la literatura venezolana y otros ensayos. (Caracas, 2018); La lectura de minificción (Chile, 2016); Liberándose de la tiranía de los géneros y otros ensayos sobre minificción (Lima, 2015); (con Kira Kariakin y Virginia Riquelme) Cien mujeres contra la violencia de género (Caracas, 2015); Mínima Expresión. Una muestra de la minificción venezolana (Caracas, 2009); Breve manual (ampliado) para reconocer minicuentos (Caracas, 2009); (con Héctor Abad Faciolince y Carlos Leáñez Aristumuño) Antología de la novísima narrativa breve hispanoamericana (Caracas, 2008); Teresa Carreño (Caracas, 2005); El minicuento en Venezuela (Bogotá, 2004 y 2007); Breve manual para reconocer minicuentos (México, 1997 y Caracas, 1996).