Un erizo en el andamio

 

 

 

     UN ERIZO EN EL ANDAMIO 

La columna de Rogelio Ramos Signes 

Una muerte anunciada y sin adiós

 

El encanto estaba en llegar con una damajuana vacía hasta el centenario edificio de avenida Alem, en el viejo barrio de Concepción de la ciudad de San Juan. Allí un empleado de la bodega cambiaba esa damajuana por otra reluciente, entregaba una etiqueta del vino que uno deseaba, más una estampilla de impuesto a las bebidas alcohólicas y cobrara el importe de la compra; siempre a un precio casi irrisorio, si tenemos en cuenta los valores exagerados que se pagan en otros lados por productos de inferior calidad. Así (con el envase limpísimo, la etiqueta y la estampilla) uno caminaba por un ancho, umbrío y aromático pasillo hasta la misma base de cubas de roble de 50.000 litros promedio. Al pie de una de ellas, empleados de la bodega se encargaban de llenar los envases, de encorcharlos con un sistema antiquísimo y simpático (introduciendo el corcho a golpes con una pequeña madera), de pegarles la etiqueta y la estampilla y, finalmente, de colocarles un capuchón de plástico mojado que, en el clima más que seco de la provincia, pronto perdía su humedad y se adhería al cuello del envase tornándolo inviolable.

Si uno era curioso (y en verdad que uno era muy curioso) podía pasear entre los descomunales toneles y foudres repletos de vinos generosos; vinos especiales, alicorados, que se fabricaron y se vendieron allí durante muchos años. Variedades de jerez, manzanilla de solera, marsala, mistela, moscato y oporto, todos con un toque de maderización, fueron un referente directo, inmediato, de la provincia de San Juan y de su industria. Pero eso también se terminó, como todo en esta vida.
Lo curioso es que esa historia de vinos artesanales se terminó en un buen momento, aunque parezca mentira; simplemente porque el estatuto aprobado en 1927 determinaba que la bodega en cuestión debía concluir su actividad el 31 de diciembre del año 2000. Y así fue como el 30 de diciembre al mediodía (un día y medio antes, para ser más preciso, porque en verdad era un sábado y la tradición laboral de este país nos vuelve "sabáticos" a la hora de descansar) cerró sus puertas para siempre la bodega López Peláez, tras 73 años de ininterrumpido trabajo, o 100 años, si contamos también el tiempo que funcionó como La Unión Latina, en el barrio de Trinidad.
¿Quién no fue alguna vez por allí? ¿Quién no prefirió esos sabores tan particulares, y esa antigua manera de ser tratado? ¿Quién no llevó a algún amigo que visitaba San Juan, o a algún pariente llegado desde tierras lejanas? ¿Quién no compró cualquiera de esas exquisiteces luego de haberlas degustado "a boca de vasija"? ¿Quién no se dejó seducir por ese "vino suelto" que lo esperaba pacientemente en la sombría humedad de la madera?
De la misma manera en que toda vida lleva en sí el comienzo de una muerte, todo inicio transporta la idea de un final. Sólo queda el recuerdo, que es el verdadero antídoto para cualquier tipo de adiós. Ya no se seguirán fabricando los insuperables vinos Decano, María del Carmen y Altiplano de la bodega López Peláez (como tampoco, y desde hace tiempo, los sabores generosos de Zonda y Unión Latina) y, lo que es aún más doloroso, será difícil perpetuar el amor por ellos en gente que no podrá conocerlos. La memoria, que tiene su componente hereditario, también se diluye y desaparece. La vida es así.
Salvador López Peláez, oriundo de Málaga, creó la empresa y, como para no contradecir lo dicho hasta ahora, allí mismo imaginó el final de la misma, poniéndole día, mes y año con mucha anticipación y guardando para sí las extrañas razones (supongo, libremente, que en 1927 el año 2000 era algo demasiado lejano y que tal vez "nunca llegaría"). Que el fundador quiso hacer de aquello el sustento de su familia es un hecho que está a la vista, ya que todos sus hijos y nietos pudieron estudiar, viajar, rodearse de variadas pertenencias y decidir libremente su futuro. Pero también es cierto que aquel pionero pudo amasar una fortuna inmensa, y no lo hizo, porque en verdad nunca consintió resignar la calidad de sus vinos, que debían mantenerse buenos y llegar al público a un precio más que razonable.
En una nota publicada en El Nuevo Diario, la periodista Carmen Vega Mateo toca este tema y asegura que son tres generaciones, y ni una más, las que inician y cierran el ciclo productivo de origen familiar. "Es una característica que se repite prácticamente en todas las empresas familiares que se gestaron en nuestro país y especialmente en San Juan. Ninguna pasó de dos generaciones, ni industrial, ni agrícola, ni comercial. Aquellos inmigrantes que llegaron con la esperanza de un mundo mejor en esta América, y lograron satisfacerla ampliamente, quisieron para sus hijos algo imposible en sus tierras de origen".
Es casi una caricatura, pero suele darse así. La primera generación pone el esfuerzo y forja la idea. La segunda generación disfruta de ello, aunque sin ponerle ganas. Y la tercera generación, que encuentra todo servido y que valora muy poco cuanto la antecedió, baja la persiana y da todo por terminado. La vida, en este punto, suele repetirse. La vida, aquí, no hace uso de la imaginación.
Pero esta historia de la bodega López Peláez (que cierra en un momento comercial tan bueno, o tan malo, como cualquier otro, por seguir al pie de la letra una letra escrita hace 73 años, o bien por simple desinterés de quienes integran el directorio de la vieja empresa familiar) no es el único caso, sino el que coincide con la fecha en que escribo este texto, con incorregible y anticipada nostalgia.
Ahora se habla de la posibilidad de que allí funcione un museo del vino, idea que no es descabellada porque el establecimiento ya era una suerte de bodega-museo, pero se duda de que el gobierno pueda (o quiera) comprar esa propiedad y toda la historia que ella contiene. Al mismo tiempo, los veintinueve socios de la empresa, todos integrantes de la familia López Mansilla (descendientes de don Salvador López Peláez y doña Dolores Mansilla) quieren vender esa parte de su gran patrimonio, y no donarlo a la provincia. Aquí sí el punto prioritario es el dinero, y en verdad que quisiera equivocarme.
Pero ése no es el tema. El tema, el verdadero tema, es la globalización, la estandarización, la pérdida de la identidad, el ninguneo de las tradiciones, el devenir serial, el adocenamiento, la letra chica, la uniformidad. El tema es el fin de un mundo que no tuvo tiempo para despedirse. El tema es el continente que ha quedado sin contenido. El tema es la muerte inexorable del viejo y bienquerido país artesanal en lucha desigual contra la nada.

 

Rogelio Rogelio Ramos Signes, nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972. Periodista literario y difusor cultural, publicó un libro de cuentos: "Las escamas del señor Crisolaras"; cinco novelas: "Diario del tiempo en la nieve", "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas" (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción, 1986), "En busca de los vestuarios" (Premio ALIJA, 2005), "Por amor a Bulgaria" (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y "La sobrina de Úrsula"; tres libros de ensayos: "Polvo de ladrillos", "El ombligo de piedra" y "Un erizo en el andamio"; tres libros de poesía: "Soledad del mono en compañía", "La casa de té" y "El décimo verso"; y un libro de microrrelatos: "Todo dicho que camina". Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista "A y C" (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa han sido traducidas y publicadas en francés, portugués, rumano, inglés e italiano. Es miembro fundador de la Asociación Literaria "Dr. David Lagmanovich".