MUÑOZ VALENZUELA 

 

 

 

 

                        El microcuento en Chile, una visión en perspectiva


Diego Muñoz Valenzuela


En Chile la historia del microcuento –denominación dominante en el país para el género narrativo brevísimo (pudiéndose utilizar muchas otras como minificción, microficción, microrrelato, minicuento)- puede entenderse como manifestada a través de tres etapas. Esto, ciertamente desde mi perspectiva personal. Puede considerarse al respecto una identificación más amplia de etapas, para Hispanoamérica, propuesta por José Luis Fernández.
La primera etapa, obedece a una condición larvaria, donde diversos autores escriben algunas piezas, sin que se les haya prestado mayor atención. La llamaremos etapa de Incubación. En ella tiene un lugar el notable poeta nicaragüense Rubén Darío, que vivió en Chile entre 1886 a 1889, atraído -como otros intelectuales latinoamericanos- por el florecimiento cultural de aquellos días. En 1888 en Valparaíso se publica su libro Azul, obra fundamental del modernismo, que integra cuentos y poemas escritos en Chile, donde se encuentran varias microficciones.

Seguramente alentado por estos experimentos de Rubén Darío, nuestro Vicente Huidobro, fundador del creacionismo, explora el género en la primera mitad del siglo XX, aportando su aire renovador más allá de la frontera de la poesía. Una de sus piezas narrativas breve más difundida, La joven del abrigo largo, apareció en Antologías, edición de Eduardo Anguita (Santiago Zig-zag,1945). No obstante, en un interesante estudio del microrrelato chileno, el investigador español Fernando Valls señala publicaciones anteriores, por ejemplo, en Vientos Contrarios (1926).
Hubo que esperar bastantes años más, hasta los 70, para esperar que otros autores se manifestaran de forma sistemática con creaciones en el género breve. Ahí puede señalarse que comienza la segunda etapa, denominada Desarrollo. Sin duda, uno de los más significativos de sus actores fue el narrador Alfonso Alcalde, que en 1974 publica, en Argentina, Epifanía cruda, que vendría ser el primer volumen exclusivo del género publicado por un chileno. Lo hace en la editorial Crisis, en una colección dirigida por Mario Benedetti. De este modo se cierra la etapa inicial y se entra en la segunda.
En esta segunda etapa de Desarrollo, desde los 70 en adelante, una serie de autores incursionan en la escritura de microcuentos, entre los cuales podemos mencionar a integrantes de la generación de los Novísimos, o cercanos a ella, como Fernando Alegría, Jaime Valdivieso, Poli Délano, Adolfo Couve, Antonio Skármeta, Andrés Gallardo, Virginia Vidal, Alejandro Jodorowski, Hernán Lavín Cerda, Raquel Jorodowski y Juan Armando Epple, antólogo, significativo estudioso, difusor y creador. Asimismo, es preciso citar los trabajos de Jorge Díaz, Luis Bocaz y Roberto Araya.
En las décadas posteriores, desde los 90 en adelante, varios de los autores antes mencionados dejaron de incursionar ocasionalmente en el género y se dedicaron de manera significativa al género brevísimo, entre ellos Virginia Vidal, Andrés Gallardo, Jaime Valdivieso y Juan Armando Epple. Estos esfuerzos se vieron materializados en libros exclusivos del género, publicados en nuestro siglo, cuando las editoriales alternativas emergentes comenzaron a interesarse en el microcuento: Cuarto Propio, Mosquito, Asterión, Simplemente Editores, Scherezade.
La mayor irrupción en esta segunda etapa de Desarrollo –ya bastante decidida y consciente- proviene de la Generación del 80, con la presencia sistemática (expresada en la forma de un cultivo y publicación recurrente en el género) de autores como Pía Barros, Lilian Elphick, Pedro Guillermo Jara, José Leandro Urbina, Carlos Iturra, Gregorio Angelcos, Alejandra Basualto, Diego Muñoz Valenzuela. Esta segunda etapa alcanza su punto culminante en los inicios del siglo XXI.
La tercera etapa, de Expansión, en plena vigencia, parte con el nuevo siglo, y corresponde a un desarrollo más extendido, donde aparecen nuevos y numerosos autores, así como editoriales y algunos estudiosos vanguardistas como José Luis Fernández, que siguen la línea iniciada por Juan Armando Epple. Podemos mencionar a narradores con trayectoria en el cuento o la novela, como es el caso de Lina Meruane, Ramón Díaz Eterovic, Andrea Jeftánovic, Max Valdés Avilés, Carolina Rivas, Yuri Soria-Galvarro, Gabriela Aguilera, Tito Matamala, Susana Sánchez Bravo, Astrid Fugellie, Ramón Quinchiyao, Jorge Montealegre. También surgen autores fuera del país, como es el caso Isabel Mellado, publicada recientemente por Páginas de Espuma, la editorial española consagrada exclusivamente al género cuento.
Más allá de una adscripción generacional, cabe destacar a quienes han ejercido un cultivo sistemático del microcuento (con libros del género o visibilidad sostenida), naturalmente que no en forma exclusiva (casi todos cultivan la novela o el cuento).
Pueden observarse algunas tendencias alrededor de las cuales los autores se agrupan a grosso modo, sin exclusividad y con múltiples cruces.
Por ejemplo, el humor y la fina ironía que conlleva profundidad sociológica, donde un gran exponente es Andrés Gallardo, con un estupendo libro titulado Obituarios, publicado en 1989 por el Fondo de Cultura Económica en México. Otro gran exponente de esta línea es Alfonso Alcalde, que ilumina con risas una literatura chilena muy marcada por el sufrimiento y las tragedias de toda clase. En esta misma línea, incorporando el humor negro, se puede inscribir a narradores como Pedro Guillermo Jara, Jaime Valdivieso, Poli Délano, Ramón Díaz Eterovic, poetas como Jorge Montealegre y, muy recientemente, Hugo Vera Miranda.
La escritura de frontera con la poesía, un límite muy cercano a la microficción, con hondas búsquedas de sentido y gran expresividad de lenguaje tiene sus mayores exponentes en Lilian Elphick y Virginia Vidal. Ciertamente, lo lírico es un ámbito donde se desplazan con efectividad poetas como Alejandra Basualto y Astrid Fugellie.
Una escritura y temática ligada al cuerpo, una reflexión potente desde lo femenino y una sensualidad a flor de piel se manifiesta con intensidad en Pía Barros, Gabriela Aguilera (que añade un acento negro), Alejandra Basualto y también Lilian Elphick.
Otro territorio está conformado por lo fantástico, habitado desde sus inicios por Diego Muñoz Valenzuela y Pedro Guillermo Jara. Max Valdés añade un toque más ligado al horror y lo criminal.
El cristal de lo social-político se manifiesta intensamente en Leandro Urbina desde el mismo golpe militar, Pía Barros, Diego Muñoz Valenzuela, Juan Armando Epple, ciertamente con dominancia de la generación del 80.
El aforismo (Carlos Iturra), lo filosófico (Roberto Araya), lo social en su sentido más amplio (Jorge Díaz, Gregorio Angelcos), lo criminal (Gabriela Aguilera, Eduardo Contreras), entre muchos otros ámbitos temáticos que cruzan a los autores mencionados y a los no mencionados en esta escueta enumeración .
El desarrollo del microcuento en Chile continúa y acelera. Es notorio el avance en cuanto a producción de nuevas obras y autores, la irrupción de editoriales y el creciente interés de los lectores. Todas las señales apuntan a que esta evolución desembocará en una cuarta etapa mucho más avanzada.

Diego Muñoz Valenzuela (Constitución, Chile, 1956) Ha publicado cinco volúmenes de microrrelatos: Ángeles y verdugos, De monstruos y bellezas, y Las nuevas hadas, dos de ellos ilustrados: Microcuentos (libro virtual, 2008) y Breviario Mínimo (2011), tres libros de cuentos: Nada ha terminado, Lugares secretos y Déjalo ser; y tres novelas: Todo el amor en sus ojos, Flores para un cyborg y Las criaturas del cyborg. Ha sido incluido en antologías y muestras literarias publicadas en Chile y el extranjero. Cuentos suyos han sido traducidos al croata, francés, italiano, inglés y mapudungun. Distinguido en diversos certámenes literarios, entre ellos el Premio Consejo Nacional del Libro en 1994 y 1996. Flores para un cyborg fue publicado en España (2008); Lugares secretos en Croacia en 2009. En 2011 el autor fue seleccionado como uno de los "25 tesoros literarios a la espera de ser descubiertos" por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.