BREVÍSIMA SELECCIÓN DE AUTORES CHILENOS DE MINIFICCIÓN

Selección: Equipo de Tardes Amarillas

 

 

PÍA BARROS

 

LA POESÍA ES PELIGROSA PARA LAS ENMASCARADAS 

Pía Barros

Ríe con mesura en fiestas y cocteles de embajadas, la línea maquilla el ojo implacable en busca del reproductor adecuado que corone los esfuerzos de una vida dedicada a construirse en la máscara que todos ahora ven. A ratos, el ojo rebelde se escapa hacia el poeta del rincón, pero ella lo castiga entrecerrándolo y lo fuerza a no despegarse del nórdico con carrera prominente que la llevará a sitios remotos y vidas impensadas de té a las cinco en punto y cenas de alta noche.

 

DIEGO MUÑOZ VALENZUELA

CONTRACUENTO DE HADAS 1 

Diego Muñoz Valensuela

Con el tiempo el príncipe ha engordado debido a la gula, el alcoholismo y la fiesta permanente. Ahora tiene una barriga gigantesca y una papada descomunal. Las piernas raquíticas apenas son capaces de sostenerlo. Hipa constantemente producto de una borrachera consuetudinaria.

"Dios mío", se dice con amargura la infanta, "ha terminado por convertirse en un sapo, igual que al inicio". Y concluye que la historia es circular.

JUAN ARMANDO EPPLE

TESTAMENTO 

Juan Armando Epple

Señor Juez:

Y por último hago donación de mis órganos al hospital de la ciudad para lo que estimen conveniente. Si mi corazón sirviera para algún trasplante, deben tranquilizar al receptor si oye de vez en cuando algún sonido extraño. Ella se llama Laura.

LILIAN ELPHICK

CLEOPATRA 

Lilian Elphick

Soy Cleopatra Filopator Nea Thea, la amada de mi padre, la exiliada de mí misma, última reina de una dinastía hecha cenizas.

Descuidé mis propias aguas, amé a César y a Marco, envenené a mi hermano y marido. He sido encarnada por Theda Bara, Claudette Colbert, Vivien Leigh, Sofía Loren, Elizabeth Taylor, bufonas de un palacio desconocido.
Artemisia Gentileschi, Guido Reni, Arthur Reginald, Guido Cagnacci, me han retratado con la serpiente mordiéndome el pecho. ¡Qué viperinos! He oído una música llamada twist en donde una voz habla de mí. El tono no es elegíaco.
Me hundo en el légamo de la vergüenza, mientras siento las palas allá arriba.
Me encontrarán con la boca llena de arena y envuelta en jirones de lino.
Que Udyat me proteja y no me deje abrir los ojos.

GABRIELA AGUILERA VALDIVIA

CUESTIÓN DE COSTOS 

 Gabriela Aguilera

 La pensión de alimentos había disminuido a la mitad cuando ella se decidió a contratar una abogada. Lo demandó y le impidió ver a los hijos.
El contrató un abogado que lo defendiera de tamaña injusticia y convencido de que la mejor defensa es el ataque, la demandó para que abandonara la casa común.
La jueza falló contra ambos y luego de pagar los honorarios de sus respectivos abogados, los dos decidieron que era mucho más barato soportarse el uno al otro y volver a vivir juntos para siempre.

PEDRO GUILLERMO JARA

CABALLITOS DE MIGA 

  Pedro Jara

Para Leonardo Gálvez

Desde niño el hombre había inventado figuritas con migas de pan. Desde sus manos de pájaro y saliva nacían rositas, muñecas bávaras, muñecas tirolesas,

geishas, carruajes, mariposas, hasta que cierta tarde el instinto le ordenó la fabricación de caballitos.
Y nacieron caballos alados, con penachos, monturas, caballos marinos, vestidos de ritmo.
Ya adulto fabricaba caballos llenos de encanto y peligrosidad.
En plena noche fabricó el último caballo de su vida: «era del tamaño de un monte, con tablas de abeto en los costados muy bien ajustadas»*.
A la noche subsiguiente los hombres descendieron desde el vientre del animal –eran hombres escogidos– y abrieron de par en par las puertas de Troya. 
* Virgilio, "La Eneida", Cap. III 

PAULINA BERMÚDEZ VALDEBENITO

BAILA 

 Paulina Bermúdez Valdebenito

Dijo que a sus 67 años jamás había tenido un orgasmo.

Por eso cuando su compañero la atrajo hacia sí, no supo explicar el calor que la recorrió. Pensó que debía ser producto del tango.

 ROBERTO ARAYA

PERSECUCIÓN 

roberto-araya

Entre el semisueño del alba lo vi levantarse sigiloso, calzarse mis zapatos, ponerse mi traje, tomar mi maletín, abrir la puerta sin hacer ruido y salir a la calle.

La somnolencia me hizo reaccionar tardíamente pero de todas maneras comencé a seguirlo.
–¡Eh, espere, se lleva mis cosas! –le grité.
Él apuró aún más su marcha.
A veces creía alcanzarlo, pero a causa de las aglomeraciones, de la tortuosidad de algunas callejas, o debido a su rapidez y mi cansancio, de nuevo se alejaba hasta perderlo totalmente de vista.
Cuando él volvía un tanto la cabeza me parecía reconocerlo aunque lo más frecuente era encontrarlo del todo extraño.
Esa noche regresé tan fatigado a mi lecho que de inmediato me dormí. Sin embargo, desperté muy temprano. Entre la semioscuridad de esa hora pude verlo allí en mi habitación todavía durmiendo el semisueño del alba.
Me levanté sigiloso, me puse los zapatos, el traje, tomé el maletín, abrí la puerta sin hacer ruido, salí a la calle y caminé rápido.
–¡Eh, espere, se lleva mis cosas! –gritó alguien poco después a mis espaldas, pero ya lejos.
Yo simulé que no oía y apuré aún más la marcha.

LORENA DÍAZ MEZA

POR EXPERIENCIA PROPIA 

Lorena Díaz

Estimada: No se saque el luto todavía. Insista a la policía para que lo busque por cielo, mar y tierra, y cuando lo haga trate de que el llanto le resulte amargo y conmovedor. No saque aún las foto matrimoniales de la sala y a quien se le acerque a preguntar, dígale lo mucho que se amaban y lo sola que se encuentra sin él. No hable de las amantes que él tenía, de los golpes que le propinaba, de las humillaciones en la cama ni de los celos injustificados que mostraba. Jamás mencione la sierra que dejó en el vertedero ni lo de las bolsas plásticas en las que llevaba comida a lo animales del circo que se instaló en el barrio. No olvide, por si las moscas, baldear el patio dos o tres veces diarias. Eso ayuda a refrescar. 

JUAN MIHOVILOVICH

RISAS 

JUAN-MIHOVILOVICH

Durante la tarde, mientras la lluvia inusitada golpeaba incesante los cristales de la pieza, un rumor altisonante comenzó a llegar desde el primer piso. Aclaro que habito el segundo y, como suele ocurrir, no sobrepaso los deslindes del sueño; apenas lo intento una especie de velo diurno, que una mano secreta descorre con tímida osadía, hace que una parte de mí se pierda más allá de su débil densidad. Pues bien, traspuesto el velo entreabierto regreso de improviso a mi estado previo sobre la cama y despierto por ese murmullo llamativo, de a poco convertido en un estruendo insoportable. Agucé el oído y percibí las desconocidas risas estridentes de un hombre y una mujer, que ahora me resultaban familiares y con un ligero acento amenazador. Después el tono subió irremediable por las escaleras como si un ignorado animal saltara hacia mi habitación con aviesas intenciones. Como aún no me despabilaba por completo sacudí la cabeza para ahuyentar ese sonido informe y disparejo. No fue posible. Al contrario: percibí nítido que una risa se desprendía de la otra cobrando vida propia y a medida que ascendía acusadora hasta mi dormitorio intenté retomar el sueño. No sé si lo logré. Con todo, esa risa independiente ni siquiera avisó su llegada como lo hubiera hecho cualquier visitante oportuno. Se limitó a ingresar por la cerradura e inundó destemplada mi espacio personal. Desde esa tarde, que se repite incansable en mis tímpanos ya envejecidos, solo escucho esa risa burlona, despectiva, que no puedo precisar si es propia o definitivamente ajena. 

FRANCISCA RODRÍGUEZ AGUILERA

LABERINTO II 

Fran Rodríguez

El abogado recorrió pasillos y atravesó rejas y puertas para entrevistarse con su defendido. Después de meses de espera, finalmente traía una buena noticia. El tribunal solicitaba la presencia del imputado y con la nueva declaración a su favor, tal vez se retiraban los cargos en su contra. "Faltan varias semanas para que se revise la medida, pero nos da la esperanza suficiente para soportar un poco más", dijo el abogado.

El imputado fue conducido de vuelta a su celda, escoltado por los gendarmes. Anduvo por los corredores, se abrieron y cerraron portones a su paso, subió la escalera, transitó por las galerías de los mecheros, de los lanzas, de los domésticos y los narcos. Ya sin escolta y en su celda, una cuchilla hechiza halló el camino entre sus costillas dejándolo inmóvil en el suelo. 

ALEJANDRA BASUALTO

BOTÁNICA 

 Alejandra Basualto

Se desangraba en la acera. No habría otra luna para él, ni estrellas, nunca más. No quería dejarse ir, pero la oscuridad se le agrandaba en los ojos.

Su mano tocó la fría masa de acantos que bordeaba el antejardín. El cerebro comenzó a penetrar en el verde, hasta el fondo. La savia ululaba entre sus dedos. Los apretó y restregó contra la piel rugosa de la planta. Entonces sucedió: sintió el rocío en la cara como una llovizna de oro en un campo de yuyos. El vientre dejó de doler. Los ojos se acostumbraron a la penumbra, pero ya no eran sus ojos, sino pequeños tentáculos que se arrastraban por la tierra tras el reguero de sangre. En la boca, un sabor amargo y leve de hierba. Tentó sus raíces firmes y agradeció las alas verdes que le nacían de los hombros y se curvaban con la brisa.