JULIO ESTEFAN

 

 

 

 

 La primera novela policial en lengua castellana (por Julio R. Estefan)

La afirmación del título de este trabajo pertenece a Adriana Hidalgo Editora quien ha encarado el rescate de un libro que, hasta ahora, sólo aparecía entre las sugerencias bibliográficas de los estudiosos de la novelística policial. Nos referimos a la “novela jurídica original” La huella del crimen escrita por Raúl Waleis (seudónimo de Luis V. Varela) en 1877 y que esta editorial acaba de reeditar (2009).

Sinopsis y comentarios

La acción se desarrolla en Francia, más precisamente en el Bosque de Boulogne, de París, que Poe y Gaboriau hicieron célebre situando allí sus primeras narraciones policiales. Dos obreros parisienses, Juan Picot y su amigo Jorge Pincen, se dirigen a su trabajo cuando este último, acuciado por una urgencia fisiológica, se desvía del camino y penetra en el bosque. Casi inmediatamente regresa aterrado y refiere a su amigo el hallazgo de un cadáver. Juan Picot, decide ingresar para ver lo que sucede mientras Jorge le ruega que no se involucre. En el claro del bosque, Juan descubre a un joven que ha sido degollado. Se acerca y, creyendo que aún no ha muerto, trata de auxiliarlo, manchándose las ropas y las manos con la sangre del cadáver. Llama en vano a su amigo, que ha huido y sale al camino nuevamente para buscar ayuda. Dos policías que aciertan a pasar en esos momentos, se acercan y encuentran a Juan Picot ensangrentado y pidiendo un médico. Este los guía hasta el cadáver y los agentes, pensando que él es el matador, lo apresan. Lo llevan ante el juez y, pese a las acusaciones y las sospechas de los agentes, se mantiene ecuánime mientras es interrogado. En el ínterin los médicos forenses descubren con asombro que el joven asesinado es en realidad una mujer muy fina y bella, que al momento del asesinato iba vestida de hombre. El caso requiere una investigación minuciosa y para ello nadie mejor que el célebre comisario Andrés L’Archiduc, quien ya ha intervenido felizmente en otras ocasiones. Así hace su aparición el primer detective en lengua española de la literatura policial. A partir de aquí y a lo largo de 14 capítulos (de los 23 que componen la novela), L’Archiduc se encargará de reunir pruebas irrefutables que demuestren la inocencia de Juan Picot y descubran al verdadero asesino.

El comisario L’Archiduc comienza la pesquisa siguiendo las huellas que encuentra al examinar el escenario del crimen. Anticipándose a Sherlock Holmes (que no aparecerá hasta 1887 en “Estudio en escarlata”) y con admirable habilidad, seguirá el rastro haciendo sesudas deducciones que irán perfilando el retrato del asesino. Por las marcas descubre, por ejemplo, que al criminal le falta el dedo medio de la mano derecha, que ha sido herido en dicha mano por los dientes de su víctima, que posiblemente sea un soldado e, inclusive, llega a saber hasta su altura y su contextura física. Todo este tramo de la novela es de un desarrollo vertiginoso y de gran interés para el lector del género, que espera que el héroe lo conduzca con su propio razonamiento. La mujer asesinada, después de permanecer en la morgue donde todos los aldeanos concurren a observar los cadáveres cada vez que hay un crimen o se encuentra un muerto sin filiación, en identificada como la baronesa de Campumil. Finalmente, todos sabemos con certeza que el asesino es el barón Campumil, esposo de la joven asesinada, quien ha actuado bajo el influjo de los celos. Ahora es menester que las pruebas que se reúnan para fundar tal descubrimiento sean acordes a lo que exige la ley para prenderlo. Hay un contraste marcado entre le juez que entiende en la causa y la morosidad con que actúa y la celeridad que reclama L’Archiduc ante las pruebas que ha ido presentándole y obligándole a aceptar. Entra sin duda en esta parte el gran conocimiento de Luis V. Varela sobre la legislación argentina de aquellos años, ya que el mismo era jurisconsulto. Aprovecha para hacer una crítica a las que supone fallas graves del sistema jurídico legal y defiende la posición del reo acusado y condenado, pero inocente. A esta altura, se descubre que Juan Picot, en realidad es un noble, que ha caído en desgracia por una acusación de asesinato infundada pero que no ha podido revertir ante la ley y por la cual ha sido condenado injustamente: Juan Picot es en realidad el barón Catriel (un título algo extraño para ser francés), que guarda estrecha relación con el asesino de la baronesa de Campumil, con lo cual se mantiene la cohesión de todos los hilos de la novela, en torno a los mismos personajes.

Es interesante destacar que en la novela, el detective no se priva de usar los últimos adelantos de la tecnología para ir conformando su cúmulo de pruebas irrefutables y apuntalando su razonamiento. Así se verá a L’Archiduc valiéndose de la fotografía instantánea (cuya aparición en Europa data de 1851, con los negativos húmedos ideados por el británico Frederick Scott Archer; método mejorado 20 años después por otro británico: Joseph Wilson Swan) para tener una prueba de que el asesino tuvo un cómplice y conocer su aspecto físico. A esta altura de la novela, el comisario ya ha deducido este tópico pero es la tecnología la que le aportará la prueba. También se vale del uso de un tren “rápido” para repetir el itinerario y hacer las verificaciones que demuestran la falacia de la coartada del criminal (la locomotora de vapor fue inventada en 1801, y perfeccionada en los siguientes 30 años, por ejemplo la locomotora Rocket del inventor George Stephenson ganó un concurso de velocidad en 1829 en Liverpool).

Después de algunas persecuciones como en los mejores policiales modernos, L’Archiduc atrapará al barón Campumil y lo pondrá a disposición de la justicia, no sin antes ser herido de un balazo en el brazo, aunque, como corresponde, sin mayores consecuencias. Sólo llamará la atención del lector, la manera en que los facultativos prescribirán reposo y usarán un método poco conocido para evitar que el herido se infecte de tétanos: ¡se le realizará un goteo constante de agua fría sobre la herida! Parecería que aquí la novela ha llegado a su punto final, sin embargo, una vuelta de tuerca nos espera: el asesino ha confesado que mató a su esposa por los celos, ya que descubrió una carta que la baronesa había recibido y cuyo tono y palabras le indicaba que ella tenía un amante. Sin embargo, en el último capítulo nos enteraremos que la carta había sido escrita por su padre, a quien nadie conoce porque ha sido expatriado y tiene prohibido su regreso a París. Aquí el lector querrá leer nuevamente la carta que ha sido expuesta en los capítulos anteriores y que, también a él le harán suponer la existencia de un amante. Es notable como Varela-Waleis ha redactado la misma para que cobre nuevo significado al enterarnos de la mano que la ha escrito.

Se trata, entonces, de una novela de lectura rápida, bien escrita. Habrá algunos detalles que llamarán la atención del lector, por ejemplo, que el cuarto donde se aloja el asesino disfrazado de soldado, tenga unas dimensiones tan exangües como son los 3 m2 que allí se mencionan (me pregunto, cuáles podrán ser las dimensiones para cumplir con esta economía de espacio: una habitación destinada a dormitorio debe alojar al menos una cama sencilla, con lo cual el largo de la habitación no puede ser menor a 1,80 o 2 metros; de ser así, el ancho se vería limitado a 1,50 o 1,70 metros; extraño si pensamos que, en la época en que se sitúa la acción, casi todos los ambientes eran excesivamente grandes). Otro detalle: la joven mujer asesinada mide apenas 1,30 metros de altura, pese a que tiene alrededor de 19 o 20 años. En fin, llaman la atención, pero no desmerecen en nada la calidad de la novela y la narración de la misma que, insisto, sorprende para la época en que fue escrita.

Entre los proyectos de su autor, esta novela era la primera de una trilogía policial (o jurídica, como él las llamaba). Sólo llegó a escribir la segunda, también publicada en 1877, cuyo título es Clemencia, y que por ahora no hemos podido apreciar (sería interesante que en un futuro cercano se intentara su recuperación).

Por último, debo destacar la labor llevada a cabo por Román Setton, quien se ha encargado de las notas y el posfacio de esta recuperación y que son de gran valor para los estudiosos del policial por los datos que suministra.

Sobre el autor

Raúl Waleis es un anagrama de Luis V. Varela (1845-1911), jurista, político, poeta, dramaturgo y novelista argentino, hijo de Justa Cané (tía de Miguel Cané) y Florencio Varela, considerado uno de los representantes destacados de la Generación del 80 e iniciador de la novela policial en castellano. Nació en Montevideo, pues su familia había huido exiliada a Uruguay. Regresó a Argentina luego de la caída de Rosas y estudió leyes en la Universidad de Córdoba. Pronto comenzó a publicar artículos en “La Tribuna”, diario de sus hermanos Héctor y Mariano, se volcó a la política y ejerció diversos cargos públicos: Presidente de la Corte Suprema de Justicia de Buenos Aires, Diputado Constituyente, etc.

Su obra literaria comprende la lírica, la dramática y la narrativa. Entre sus escritos, hoy inhallables, se cuentan Amor filiar (1867), El ciego (1871), Capital por capital (1872), La huella del crimen (1877), Clemencia (1877), El gato blanco (1879), Mis dos patrias (1905), Entre dos almas (1908).