Alberto Hernández 

    "Ojiva", de Néstor Mendoza

Por Alberto Hernández*

 

Ojiva: Poemario

Autor: Néstor Mendoza

Editorial: Taller Blanco  Ediciones

Colección: Voz Aislada

Bogotá, Colombia:  2019

1.-

El estruendo que habrá de producir la bomba no tachará el poema. No lo borra. Lo crea. El poema se construye desde la explosión que vendrá. El poema será, es la explosión. Desde el momento en que el poema abre el primer verso, desde el aire: de la barriga del avión de donde sale la muerte, quien lee o espera su caída mantiene la tensión de un miedo en el que el tiempo se apodera de todo.
Una explosión ensordece. Un poema –mejor, la poesía- descubre el momento en que habrá de derrumbarse una ciudad, apagarse una mirada o enmudecer un grito. La ojiva es la punta roma de la muerte. Detrás de ellas, de la ojiva y de la muerte, la espera. Y es eso lo que mueve este largo poema de Néstor Mendoza, publicado por El Taller Blanco Ediciones, Colección Voz Aislada, Bogotá, Colombia, 2019. Se trata de una escritura que anuncia, desde la espera, lo que habrá de ocurrir, lo que se puede pensar que sucederá.

El poema tensiona la lectura: hace del lector víctima y victimario, porque de alguna manera, él, como lector, pulsa el botón que habrá de activar la tragedia. Y víctima porque desde abajo ve acercarse la punta ovalada de esa herramienta forjada para la muerte, para trazar una estética del desastre. Para provocar la muerte de la voz de quien lee. Su muerte como espectador/lector. Se puede morir un instante o ser la agonía del Otro mientras se lee. Ese Otro que ha sido fundado como personaje. Poema narrativo, cuenta, describe, dialoga con el desastre esperado.

2.-
La dinámica de la caída está en la estructura del poema. Es una forma descendente hacia el ojo que lee. Hacia el ojo que mira el desastre, lentamente. Cada verso es una aproximación a la muerte, a la diseminación, a la huida. El lector sigue el laberinto de la espera a través de cortos episodios en los que la voz del autor incorpora instantes, segmentos, relatos donde la mirada está puesta en la forma cónica del objeto que habrá de caer y convertir esa mirada en ceniza, en polvo, en nada.
"Ojiva" es una larga y densa metáfora acerca de experiencias ya vividas, instaladas en el inconsciente de quienes viven bajo la permanente amenaza. La Espada de Damocles, una lluvia de fuego, el Armagedón, el Apocalipsis, los caballos de la cólera bíblica, la Guerra Fría, la boca delirante del tirano, las manos gordas de quien alza la bocina y ordena el golpe, un puño levantado frente al mentón frágil de la mujer que encara al soldado, la elipsis que la bomba de gas dibuja en el aire, la muerte en los ojos hundidos de un niño con cáncer, el grito de un esbirro que aturde las emociones del preso. La espera, la imagen permanente de quien sabe que algo vendrá con la esperanza de que no llegue.

Los personajes en este poema, donde hay un eje narrativo en el que todos somos observados desde arriba, abordan la emergencia de una realidad que podría ser. Y que llega a ser como traslación de una a otra ficción verbal, toda vez que la permanente amenaza de la caída no es real en la medida en que no ha caído la ojiva, la cabeza "pensante" de la bomba donde está la catástrofe.
El encadenamiento propicia la velocidad del objeto que viene del cielo como un dios enardecido. La lectura –el lector es responsable de su propia muerte- hace que la caída sea lenta o muy rápida, violenta.
Una joroba que se desliza desde un sitio no determinado, activada por una mano poderosa. He allí la metáfora del poder. La espera y el poder se imbrican para crear el terror.

3.-
(Y mientras cae la Ojiva en este poema, los ojos rasgados de un japonés estudian los designios del cielo detenido, mientras dos ciudades esperan aturdidas una voz entre las nubes). Ojiva d

4.-

El lector, antes de ser calcinado, podrá hilar los versos en un juego donde esa espera y la muerte se conjugan en todos los tiempos: "Dicen que el descenso/ no fue vertical" y "la ojiva se movía/ con diversos ritmos; al horror/ hay que darle su tiempo: / debe durar o hacerse sentir/ con fuerza...", el texto se lee con la mirada puesta en el techo, del que no quedarán vestigios. Mientras tanto, el cielo esconde sus malas intenciones.
El tono fabrica la tensión ya en pasado de lo que habrá de ocurrir con la ciudad:
"Las casas perdieron sus colores, sus fachadas/ cayeron como naipes en una mesa/ que ha quedado, al fin, limpia, diríase dormida".
El tiempo va y viene. Se desliza como anticipando lo que pasará. Pero igual se detiene como para darle tiempo al lector a huir de su propia destrucción, porque quien está bajo amenaza lee a quien lo trata de exterminar. Es una lectura veloz, eterna, instantánea, febril.

Descriptiva:
"Desde tierra/ el artefacto tiene forma de huevo". Un huevo que se estrellará contra el suelo y de él brotará la muerte, un monstruo de fuego, mítico y ruidoso.

La espera como resignación. La fe puesta en el mismo cielo que los amenaza. El tiempo congelado:
"La ojiva aún no silba/ su canto de muerte a los oídos vivos". Una vez más, el tiempo retorna al pasado convertido en futuro: "La expansión no los cogió inadvertidos".

5.-

No se puede leer o compartir la lectura de este poema si no es desde la "narrativa" de su densidad y extensión, desde la anécdota misma. ¿Cabría pensar que un poema es sólo palabras? ¿Cabría decir que un poema es sólo un bloque de voces dirigidas a un lector en las que no haya ninguna intención emocional? Por eso es necesario "relatar" el poema, así como es preciso develar los signos ocultos que contiene, donde flota la piel connotada del poeta.
Un paisaje pensado recorre los versos. Cabe decirlo así: el tiempo no espera, por eso con Miguel Casado: "...se radicaliza al anularse la variable del tiempo". El tiempo no existe. Es una ilusión que vacía de realidad el momento en que el objeto cae del cielo y borra todo. El mismo poema es una borradura llena de palabras. ¿Qué es un poema sino un borrón en la memoria, una corrección con tachaduras? ¿Qué quedará después de la explosión? No habrá memoria, no habrá poema. En todo caso, nos anticipamos a esta lectura para morir con el tono, el ritmo de los versos que también serán pasto del fuego. "Los álbumes familiares lentamente quedan sin/ fotos, al extranjero van las imágenes una a una; / se van con sus bultos de adioses, sólo saben irse/ y no quedarse; quienes quedan ven la bola bajar/ y a pesar de todo se abrazan; intercambian ceguera".
La huida, el éxodo, el destierro, el escape por diversas fronteras terrestres, acuáticas o aéreas. Quienes pueden huir, lo hacen. Se deslizan entre los versos del poema y escapan por alguna trocha, por alguna cesura. La imagen de nuestra recurrencia actual. La imagen de lo que sucede de cerca antes de la caída definitiva del objeto, de la "cosa" roja que se aproxima a tierra, a las almas, a los cuerpos. Y sin embargo, "se abrazan" los que tiene esperanzas, o saben que van a morir. E "intercambian ceguera", los que aún creen que la ojiva es la utopía, la salvación de los enseres, del estómago vacío, del sueño esperado.
El verbo es duro, agresivo como la amenaza, como el miedo. El que no tenga temor que lance la primera piedra. Entonces el poema es una realidad tan ejecutiva como el poder emana de su mando. Gobierna el texto sobre quien lo lee. También el poema es una amenaza porque dice, determina y hasta actúa. Es un poema vivo, germinalmente activo, por eso:
"Hubo tiempo, desde luego, para el suicidio...".

6.-
Otros, los que se quedaron bajo la espera, "eligieron la breve soledad/ de una habitación lejos de hijos, esposas, lejos de madre y padre". Proteica es esa espera, limitada sólo por el hecho de tratar de establecer una relación entre la Ojiva y su caída, la mecánica de una muerte anunciada desde el arriba, desde la majestad del cielo, desde donde generalmente viene la guerra, el exterminio de ciudades, idiomas y rostros.
La muerte como la espera son pragmáticas, se acogen a dictámenes poco conocidos, pero certeros.
La imaginación de esa espera se nutre de lo que será el arrase del fuego: los cadáveres serán protagonistas del pensamiento que los convierte en presencias descompuestas, podridas, hinchadas:
"Más cal para los muertos, una palada de cal...", como es sabido, los que estaban advertidos de lo que vendría "veían el descenso de la ojiva (...) y "de pronto recordaron todo lo vivido/ y todo lo que no pudieron vivir...". El sujeto que queda para contar la historia, la voz del poema, en este caso, no deja de hablar mientras mira el montón de formas humanas convertidas en sombras, en fúnebres montones de nombres y apellidos anónimos: "Ese cuerpo no debía irse así, esos cuerpos pequeños,/ crecidos, neonatos, sexagenarios, pobres cuerpos,/ enrojecidos, blanqueados, verdosos, no amados".

7.-
¿Qué y cómo decir de un sujeto que se hace el otro, que se desdobla para mirar la muerte de quienes miran a hacia arriba la caída del cielo? Las ramas anecdóticas de este poema permiten saber de tantas emociones. Todos son protagonistas porque será una sola muerte. Una sola la muerte de ocurrir lo que ya se ha advertido. "No nos enseñaron a dejar atrás el miedo/ y abrirle surcos a la luz...".
En otro ámbito, en otro lugar, alguien mueve los dedos para darle rienda suelta a la mordida de la bestia aérea. Ya en pasado. Ya en presente. "¿Qué mano accionó el misil, desde dónde despegó/ y por qué toma la dirección de ahora tiene?
El objeto, la herramienta de muerte adquiere personalidad divina desde la máquina que es:
"La ojiva nos mira. Tiene ojos de dios...ese ojo nos ha estado mirando...La muerte se ve pero no se oye".
Y ocurre la caída. El desastre. La ceniza. Pese al poder de la ojiva, el poema no termina arrasado por el polvo.

 

Nota sobre elautor: Néstor Mendoza. Mariara, Venezuela, 1985. Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Ha publicado, hasta ahora, tres poemarios: Ombligo para esta noche (Secretaría de Cultura del Estado Carabobo, 2007); Andamios (Equinoccio, Caracas, 2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011; y Pasajero (Dcir Ediciones, Caracas, 2015). Finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven «Rafael Cadenas» 2016. Su trabajo poético figura en algunas selecciones dentro y fuera de su país natal, entre ellas, Destinos portátiles. Muestra de poesía venezolana reciente (Vallejo & Co., Lima, 2015); Tiempos grotescos (revista Ritmo, UNAM, México, 2015); Nuevo país de las letras (Banesco, Caracas, 2016), Lyrikaus Venezuela. Nochbleibtuns das Haus (Hochroth Heidelberg, Alemania, 2018), Antología de poesía iberoamericana actual (ExLibric, Málaga, 2018) y Nubes. Poesía hispanoamericana (Pre-Textos, España, 2019). En ensayo, ha publicado Alfabeto de humo (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019). Así mismo, fragmentos de sus diarios pueden leerse en el volumen colectivo Escribir en crisis (Editorial Letralia, 2019). Forma parte del consejo de redacción de la revista Poesía (Valencia, Venezuela) y del equipo de colaboradores de la revista bilingüe Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán e italiano.

 

*Alberto Hernández. Calabozo, Venezuela, 1952. Poeta, narrador, ensayista y periodista de larga trayectoria. Es egresado del Pedagógico de Maracay con un posgrado en Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Fundador de la revista literaria Umbra, colabora además en revistas y periódicos de su país y del extranjero. Ha publicado un importante número de poemarios; entre ellos, La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985), Párpado de insolación (1989), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), Nortes/Norths (2002) y El poema de la ciudad (2003). Hernández ha publicado también los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos (2000), y las novelas La única hora (2016) y El nervio poético (Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, 2018). Mantiene el blog Puertas de Galina y en Ciudad Letralia es autor de la columna Crónicas del olvido, en la que reseña libros.