ANTOLOGÍA DE POESÍA DE SANTIAGODEL ESTERO

Jorge Andrés Antón

 

Jorge Andrés Antón. Prácticamente desconocido para el gran público de nuestra provincia fue descubierto por el equipo de Tardes Amarillas de casualidad, en la Antología 7 poetas de Santiago del Estero compilado por la filial local de SADE en 1972 con prólogo de Felipe Rojas ─un libro poco difundido del cual solamente sabemos que nunca se reeditó─.
Nacido en Frías en 1932 fue un hombre humanista y cronista del Seminario Mayor de los R. R. P. P. Franciscanos Capuchinos en O'Higgins, Provincia de Buenos Aires desde 1949. Entre sus obras se conocen: Canto a San Ignacio de Loyola ─1º premio, O'Higgins, (Buenos Aires)─ y Adaptación teatral de Juan Tenorio, Junín (Buenos Aires). También se desempeñó como autor y compositor folklórico con Canto al sur, Mención Especial y Plaqueta. Fue integrante fundador y arreglador del grupo Los Luceros Santiagueños, primer conjunto vocal santiagueño en Buenos Aires. Junto a ellos se presentó en los canales de TV 7, 9 y 13. Se destacó como Primer Solista de Bombo en el programa Casino Philips, Trasnoche 13, Cantina de las Estrellas, Domingos Criollos y Radio Belgrano. Publicó colaboraciones en el diario local El Liberal y en la Revista Nueva Pompeya.

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Mis hombres salineros

 
     El viento se quebró por su cintura,
morena de jumiales,
arisca de cardones,
tendiéndose a dormir en su regazo
la siesta del salitre;
y el silbo vegetal se ardió de soles...
murió en su angustia...
se desnudó en raíces y en paisajes,
se desoló en su mapa.
agigantando un poncho blanco y largo
de sombras y de sales.
El aire se amargaba entre los labios
y los ojos del alba
se enrojecían desde el alto cielo
cuando el día asomaba,
para andar las salinas santiagueñas.

 

     Allí están... Allí duran...
Allí el duende cereal cerró en su entraña,
su matriz infecunda
y en estériles coplas andariegas
─vana canción de cuna─,
echó a andar su dolor de tierra madre
sin hijos y sin surcos.
Allí están las salinas santiagueñas
─tiempo de soledad─.
Grito macho de zorras salitreras...
milagro de una siembra sin semillas...
raro espejismo,
quemándose de soles amarillos
partiéndose de fríos invernales...
El viento se quebró por su cintura
y en las noches conversa con la luna
subiendo a las estrella,
con el temblor de un golpe vidalero,
confín del sufrimiento.

 

     El hombre de mi tierra vive en ella...
su pena es sal cantora.
Se enamoró del clima y el silencio
de la salina antigua.
En cuatro horcones, afirmó su nido...
y en la fe, la esperanza y el trabajo
estaqueando los sueños
se hizo amigo del alba y el silencio
del mapa blanco, de la noche larga,
del viento, de la luna y las estrellas.
Allí vive... allí sufre
cosechando la sal aunque no hay surcos
sembrando sin semillas,
cantándole a su tierra
donde el tiempo sin flores amanece
con su lágrima virgen de salitre,
morena de jumiales,
arisca de cardones.

 

Canto al telar.


Porque tu voz, retumbo de silencio,
crece en la siesta...
porque tu andar de duende amanecido
también despierta
yo te bendigo, mi telar labriego
con esa cruz de palo
que enlazaron las manos de las mozas
cuando tu cuerpo armaron.

 

Y te saludo con mi canto nuevo
porque veo en tu vientre
una matriz fecunda de colores
que con su luz me hiere.
Desconozco tu historia o tu leyenda
tu tiempo inmemorial...
pero, telar al fin, telar de mis mayores
Tu voz es secular.

 

Tal vez te enamoraste de este cielo
de este sol... de esta tierra
y el tum-tum de los bombos andariegos
remedaron tus quejas;
o allá por Salavina o Atamisqui
te enredaste en amores
con el blanco salitral o los jumiale,
─quizás con sus cantores─
y mojado de lunas vidaleras
tu copla creció en poncho
con que abrazaste el sueño de tus sueños
y hoy te lleva en sus hombros.

 

Yo en ti saludo a la mujer morena,
de intensos ojos verdes,
que entrelaza con su mano encallecida
el calor que tú tienes
y a la abuela que rueda que te rueda
mientras el huso gira
hila tiempos de surcos y cosechas,
de frutos y de esquillas.

 

Yo le canto a tu entraña colorida
que hizo al sol prisionero
poniendo en la trama de tus mantas
como el calor de un beso.
Un sol, que para ser más santiagueño,
floreció en la retama
y maduró en los viejos quebrachales
promesas y esperanzas.

 

Palabras para un árbol seco

 
     Parecía en el paisaje
sólo un dedo acusador...
Mano abierta hacia los cielos
llena de muerte y dolor.
cuerpo desnudo, sin carne
grito de hambre, cruel clamor...
apenitas una garra
mantenía su estertor.

 

     Estaba unido al silencio
y el viento ni lo miraba.
Pasaba así, sin pasar,
como si se molestara.
Y tan sólo un nido viejo
o el rum-rum de las torcazas
se asomaban a su pena
desde sus flacas espaldas.

 

     Una represa era espejo
para su rostro arrugado.
Y el árbol seco lloraba
tiempo-raíz, a su lado;
cuando eran flores sus sueños
cuando eran lacias sus manos
y hoy evitaba mirarse
sobre sus aguas ya en años.

 

     Clima aquel de primavera
de savia y joven y fuerte...
Ayer de pájaros y alas
que murieron con su muerte
Ayer de cielos azules
que con los tordos florecen
hoy, aterido de frío
porque la noche lo crece.

 

Allí está, miradlo, seco
raíz yerma vuelta a la tierra.
Tal vez el viento algún día
darle sepultura quiera
y se lo lleve consigo
─carbón de amor hecho leña─
y así caliente sus sueños
y sus penas de madera.