Un erizo en el andamio

 

 

 

             UN ERIZO EN EL ANDAMIO
La columna de Rogelio Ramos signes.
Jerga de utilería

 

El idioma, como todo instrumento ejecutado por millones de personas, sufre modificaciones; modificaciones propias del uso, no por decreto. Algunas, necesarias por su aplicación extendida, entran sin violencia en el flujo de la lengua. Otras, odiosamente artificiales, se imponen a fuerza de constantes zancadillas a la sintaxis.
Y "un día, cualquier día" (como dice la escritora Gloria Bratschi en un hermoso poema) nos descubrimos usando vocablos de los que, en la reflexión sincera de nuestra intimidad, abominamos: cosas horrendas como interactuar; pecados capitales como el nuevo prefijo a nivel, o extremos gélidos (es decir, álgidos) como el verbo posicionar, ya aceptado por la Real Academia. Es que en estas épocas del megacanje todo es posible.
El magistral cómico Landrú ha recogido muchos de estos neologismos (o como se llamen) en sus diversas columnas humorísticas. Adolfo Bioy Casares, en su simpático y desencantado Diccionario del argentino exquisito, pasa revista a algunos excesos del habla cotidiana de nuestro pueblo. La palabra abarcativo (caprichosa entre los vocablos caprichosos) abre el mencionado libro. El adjetivo acuciante, como un perro faldero, corre en ayuda del sustantivo realidad. Al parecer, si una realidad no es acuciante, es menos realidad; como todo albergue, si no es transitorio no es albergue.

Los almuerzos y meriendas en las escuelas estatales son proyectos alimentarios; lo que no nos conviene escuchar es algo anecdótico; las decisiones (acerca de lo que sea) se planifican o se arquitecturan; los profesionales que nos instruyen sobre algún tema, preferentemente leguleyo, que desconocemos, son nuestros asesores letrados (un asesor analfabeto sería una vergüenza); todo acervo es cultural o es nativo; los boxeadores no se pesan, en realidad acusan y en un espacio muy reducido (siempre acusan en la balanza); el verbo granjear, de neta valoración post mortem, nos habla (en las gacetillas necrológicas) de quienes en vida supieron granjearse el afecto de parientes y amigos; aquello de no hay problema pasó a ser no hay drama, aunque drama no sea sinónimo de problema sino de situación cotidiana, y los problemas sólo a veces suelan esconder algún drama. (Como acotación final deberíamos tener en cuenta que drama es una composición artística a mitad de camino entre la comedia y la tragedia, que sólo pretende retratar una acción de la vida, y que es lícito hablar de comedias dramáticas. Así las cosas, tal vez tendríamos que decir no hay tragedia, que suena harto peor).
Para ubicarnos con exactitud ¿qué es el marco referencial? Para mencionar a cada cual como corresponde ¿por qué debemos hacer nombres? ¿No será suficiente con los nombres que ya hay, para que tengamos que salir a hacer nombres? Para vender algo de la manera más adecuada ¿hay que ponerse en manos de un especialista en marketing?, me refiero a esos también llamados marketineros o, para ser más correctos ¿deberíamos decir marketingueros? Como quien dice milonguero pero sin música. El Diccionario de la Lengua que, como ya se sabe, siempre sugiere palabras más rebuscadas y generalmente de ningún uso, propone mercadotecnia como vocablo correcto para sustituir a marketing.
Sucede que en este mundo de náufragos y de ahogados las situaciones se posibilitan o se lentizan (a veces se lentifican, que sería algo relacionado con las lentejas, supongo, y no con las vertiginosas carreras de caracoles), los actos se concientizan o se sobredimensionan, los resultados se positivizan o se factibilizan, las diferencias se internalizan o se obsoletizan, los acontecimientos se retroalimentan o se coyunturan, los trabajos se priorizan o se tercerizan ¿alguna vez se hemiplejizan?, las decisiones se autoinsertan o se verticalizan, los conocimientos se unidireccionan o se informatizan (algunas ya se polivalencian), la realidad se viabiliza o se ficcionaliza, los conocimientos se rotundizan o se pelotudizan.
Nadie (supongo que nadie en su sano juicio) abogará por un idioma estático, sin alguna palabra nueva, sin uno que otro barbarismo adaptado al léxico cotidiano. Pero es la "actitud" del inventor la que agrede. Crear neologismos es un vicio con inquietantes posibilidades de trascendencia. Y ya sabemos que hay usuarios para todo. Y no a todos les sienta bien la moda. Y los caprichos son caprichos ¿en el 506 y en el 2000 también? Porque quien no logra jugar con sus propios instrumentos puede cubrir de gloria cualquier estupidez pergeñada por otros. Todo golpe, por malo que sea, siempre conseguirá algún aplauso, y todo aplauso es en sí una sucesión de golpes.
"Una lengua que nunca cambiara sólo podría hablarse en un cementerio" dice Fernando Lázaro Carreter, para luego dar cabida a los peros. Ya en el siglo I a.C. el poeta latino Horacio (Quinto Horacio Flaco) salía en defensa de la circulación de nuevos vocablos, argumentando que "del mismo modo que los bosques renuevan su follaje con la sucesión rápida de los años, así caen las viejas palabras y se ve, según sucede con los jóvenes, cómo florecen y adquieren fuerza las últimas que han nacido". Pero, como ya se dijo varias veces en esta columna a lo largo de los años, no todo lo viejo es malo, y hay cosas que fueron buenas y que no tienen por qué morir. Hacer una analogía entre las palabras y los ciclos de los seres vivos (animales o plantas) me parece inexacto y demagógico, en el mejor de los casos. Tomemos algún ejemplo al voleo.
Si para referirnos a alguna situación grande, importante, extensa, valiosa, disponemos de esas palabras exactamente (grande, importante, extensa y valiosa, además de profunda, vasta, interesante, sustancial, meritoria, excelente, entre muchas otras) ¿teníamos necesidad de agregar el adjetivo grosso, que suena a típico político ladrón de los años '90? Pronunciada groso, y tomada del italiano o del portugués (vaya uno a saber) esta palabra se ha convertido en adjetivo casi único en el léxico de actores mediocres (aquellos para quienes la Lengua es un accidente, porque sacaron 10 sólo en Expresión corporal) y de bellas modelitos semianalfabetas, que enfundan sus cuerpitos magros en cualquier cosa que se le ocurra diseñar al modista Principiano Atrás.
Creo que es meritorio un idioma que crece y que se adapta, que incluye términos necesarios, imposibles de reemplazar. Esto hicieron el quichua y el aymara con una serie de vocablos provenientes del avance tecnológico y que, como es de suponer, no estaban pensados en el momento de gestar las lenguas originales. Pero ¿hacía falta el epíteto groso en el superpoblado léxico español? ¿No será como sustituir de un día para otro el sustantivo embajador por su símil inglés ambassador, sin un por qué, y todos felices? Porque si es materia opinable, opino que este groso es un tema grueso (como un ladrillo), de perdigonada, de piedra bola, de resaca que siempre queda en el colador. Lo demás es mera jerga de utilería, sacramentos instituidos por teléfono, jornadas de playa a través de Internet.
Usted, querida amiga (querido amigo), ahora tiene la palabra; que espero que no sea la palabra recupero, sustantivo que se refiere al aprovechamiento de los desechos (cosa sucia si la hay) y no a la primera persona del Presente del Indicativo del verbo recuperar, ni mucho menos al noble apellido Recúpero, que se acentúa de otra manera.
Gustave Flaubert (autor de la magistral novela Madame Bovary) para quien los neologismos eran "la ruina de la lengua francesa", dice, satíricamente, en su Diccionario de ideas recopiladas, que las palabras "coito" y "copulación" deben evitarse, y que en su lugar hay que usar la forma "tenían relaciones".
Estamos haciéndole caso, maestro. Ya hemos desterrado de nuestra lengua hablada las odiosas palabras "coito" y "copulación". En su lugar, porque somos muy imaginativos y modernos, ahora decimos "tienen química".
¡Y ya vamos por los barrios!

 

Loa textos que se publican en esta columna pertenecen al libro UN ERIZO EN EL  ANDAMIO (Libros del Hangar, Tucumán, 2007)

 

Rogelio Rogelio Ramos Signes, nació en La Rioja a fines de 1949, pasó toda su infancia en San Juan, su adolescencia en Rosario (provincia de Santa Fe) y vive en Tucumán desde 1972. Periodista literario y difusor cultural, publicó un libro de cuentos: "Las escamas del señor Crisolaras"; cinco novelas: "Diario del tiempo en la nieve", "En los límites del aire, de Heraldo Cuevas" (Premio MÁS ALLÁ a la Mejor Novela Argentina de Ciencia Ficción, 1986), "En busca de los vestuarios" (Premio ALIJA, 2005), "Por amor a Bulgaria" (Primer Premio Luis de Tejeda, 2008) y "La sobrina de Úrsula"; tres libros de ensayos: "Polvo de ladrillos", "El ombligo de piedra" y "Un erizo en el andamio"; tres libros de poesía: "Soledad del mono en compañía", "La casa de té" y "El décimo verso"; y un libro de microrrelatos: "Todo dicho que camina". Colabora con publicaciones nacionales y del exterior. Dirige desde 1982 la revista "A y C" (Arquitectura y Construcción). Dicta talleres literarios y de expresión escrita. Parte de su poesía y de su narrativa han sido traducidas y publicadas en francés, portugués, rumano, inglés e italiano. Es miembro fundador de la Asociación Literaria "Dr. David Lagmanovich".