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                ALGUNOS APUNTES SOBRE EL HORROR ERÓTICO (1)

CARLOS ENRIQUE SALDÍVAR

 

En una exposición pasada manifesté que en el libro «La civilización del horror. El relato de terror en el Perú», el académico Elton Honores Vásquez hace el distingo entre el terror, el horror y el gore, con base en las aseveraciones de diversos expertos en el tema, como Stephen King y David Pringle. En resumidas cuentas: el terror es un síntoma, una sensación, una respuesta mental ante el daño y la muerte, es saber que hay algo monstruoso al otro lado de la puerta. El horror, en cambio, es una respuesta física y somática ante una amenaza palpable, es ver cara a cara al monstruo que ha abierto la puerta y se aproxima. El gore es cuando el monstruo le arranca las entrañas a la víctima, de modo gráfico y sin sutilezas. Esto, solo por poner un ejemplo para que se puedan conocer las tres acepciones.

Por otra parte, el erotismo es una sensación y/o una situación de pasión, lubricidad, sensualidad, donde la desnudez y la acción del cuerpo se unen a diversos factores, como el acto sexual, en cualquiera de sus manifestaciones (normales o extravagantes). Esto es posible tratarlo en una ficción de cualquier índole. En muchos trabajos artísticos se puede hablar de erotismo, aunque las manifestaciones, de las cuales comenté, sean explícitas: sucede que el artista siempre busca experimentar, salirse de lo establecido, de lo tradicional, explorar más allá, y el sexo es todavía un tabú en las obras de arte de varias culturas.
El cine sería el paradigma. De hecho, he notado que en las décadas del setenta, ochenta e incluso noventa del siglo pasado había una mayor valentía y mejor recepción para cintas de este tipo; hoy en día, el conservadurismo tonto e hipócrita de Hollywood (que es la cultura que más tenemos a mano, pues la globalización no sirve tanto para que nos mostremos al mundo, sino para que compremos lo que viene de afuera, y asimilemos sus costumbres, lenguajes, modelos, esto incluye sus taras) ha hecho que muchas personas o grupos constituidos rechacen aquello que consideran «se sale de la norma» (de convivencia social, moral, religiosa y demás ataduras), lo cual es errado, pues, como dije en una entrevista, parafraseando a otros escritores que admiro y tienen calidad: «la ficción lo soporta todo»; los personajes de ficción puede ser y hacer cualquier cosa, las leyes éticas no se les aplican, porque al ser entidades imaginarias se encuentran más allá del bien y del mal.
Por otro lado, está el horror, el cual, como señalé al inicio, es intrínseco al terror, como las dos caras de una moneda. Y, por supuesto, el erotismo y el horror han funcionado muy bien juntos desde hace mucho. Esta feliz comunión se da muy bien, sobre todo en la literatura, que es un terreno donde los más altos o más bajos placeres del ser humano o no humano pueden moverse a plenitud, porque el discurso, en este caso, está construido con base en palabras. El lector asume, imagina, decodifica, reconstruye y tiene así el proceso ficcional completo. El texto completo. Un relato de horror erótico. ¿Por qué ambos géneros funcionan tan bien juntos? Gracias a la lectura de algunos textos, puedo atisbar un par de respuestas. En esa genial novela «El arte más íntimo», de Poppy Z. Brite, la sexualidad estaba presente en toda la obra, latente al inicio y luego en todo su esplendor: puro sexo, homosexual, entre hombres. La pareja psicópata unía al coito las más aberrantes acciones posibles. Para los asesinos, era muy importante hacer el amor con sus víctimas para en cierto momento, durante el acto, abrirlos en canal, degollarlos, o destriparlos, a fin de beberles la sangre y comerse su carne y luego hacer de todo con sus cuerpos moribundos o ya muertos. Eros y Thánatos, el amor (o el acto amoroso) y el daño y la muerte. La tentación que envuelve a los individuos y los lleva a vivir una aventura que termina con los curiosos. En otra exposición cité al respecto: «Quizá el terror, esa percepción perturbadora con respecto hacia el daño y la muerte, se halle ligado, en ciertas circunstancias, al acto sexual, el coito, lo que se encuentre antes y después del mismo, y los elementos que lo circunden, el sujeto, el cuerpo, el objeto de deseo, los escenarios, los diálogos, el deseo, el amor. Ambos, el terror y la pasión pueden conducir a la destrucción del individuo.» Aquí no queda fuera el placer, al menos no al inicio, porque una promesa de placer se convierte ya en una sensación de placer y en un placer primario (luego viene el placer puro: el éxtasis); y cabe decir que muchas veces el dolor y el placer pueden ir muy bien de la mano, así como funciona el goce que puede sentir un individuo (de la realidad o sobrenatural) sabiendo que está haciendo daño.
Por diversas lecturas, como los especiales de horror erótico en las revistas publicadas este año: «Letras y demonios», número 2 (digital y de descarga gratuita, editada en México), y «Nictofilia», número 2 (impresa, publicada en Perú), he podido entrever que este fenómeno o elementos que crean el efecto de terror en un contexto erótico, o que parten de lo erótico, o que conducen a lo erótico tienen mucho en común: por ejemplo: lo morboso de las situaciones, personajes que se sienten insatisfechos y buscan un sentido a sus vidas (aunque sea momentáneo, pues se trata del placer, que es posible, más no de la felicidad, que es imposible) y trasgreden el sistema establecido en pos de lo prohibido, y esta búsqueda tiene resultados, en casi todos los casos: catastróficos para el personaje humano, que se topa con el monstruo (humano o fantástico), no es el encuentro con la bestia lo que produce horror, sino cuando se muestran las reales intenciones del engendro, cosa que a veces puede intuir el lector, y, de seguro, también la víctima, pero a veces no le importa, se entrega a su destino, porque el goce, el deleite es demasiado fuerte, a pesar de que la muerte es inevitable.
En la literatura peruana tenemos ejemplos muy buenos de terror aunado al erotismo.
Tanya Tynjälä tiene un libro finalista del concurso de literatura erótica La sonrisa Vertical 2000; este recomendable volumen de cuentos se titula «Humedad de las orillas», donde, entre otros relatos, hay un texto de nombre «Para comerte mejor», acerca de una pareja que encuentra placer: devorando él a su consorte, siendo devorada ella. Carlos Carrillo posee un excelente libro de relatos titulado «Para tenerlos bajo llave», de varias ediciones, donde se puede encontrar de todo, desde zoofilia, hasta asesinos psicópatas, y casi todos los cuentos tienen elementos de terror muy bien narrados y ambientados, y lo erótico es pieza fundamental, en varios de ellos. Gonzalo Del Rosario también ha trabajado el erotismo aunado al terror en algunos cuentos de buenísima factura, como: «La isla» (de su extraordinario libro «Cuentos Pa' Kemarse») y «Sigues mojando mis sueños». En «Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror», que compilé, hay textos que unifican ambos temas, como «La criatura de los humedales», de Liliana Flores Vega, que ganó el Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft; y la lista de autores peruanos sigue con los relatos cortos «Reencuentro», de Julio Cevasco y «Ojo por ojo», de Jeremy Torres-Montero.
Para terminar, el escritor y crítico de cine español Carlos Serrano Galán nos dice en su libro de artículos sobre cine «No recomendado para menores», en el texto «Los límites del cine» que: «Sade tenía razón cuando escribía aberraciones no solo para escandalizar a la sociedad represora y bienpensante sino como expresión de libertad. Solo mi Deseo es la ley, sentenciaba cada vez que podía el Divino Marqués. A finales del siglo XIX estaban muy de moda los Dandys, el Simbolismo y toda una revolución cultural que en parte reivindicaba la rebeldía, el Mal frente al Bien burgués e hipócrita. Había que elegir el Mal, en palabras de Luís Antonio de Villena, para no acabar asfixiado por la represión religiosa, social y pseudoliberal. El Malo era libre frente al buen ciudadano aburrido pero que era más peligroso ya que sustentaba una sociedad materialista, consumista y enjaulada en las buenas costumbres y la hipócrita moral cristiana. A veces el cine más impactante solo tiene un objetivo: sacudir las mentes y despertarlas de su sueño dogmático (al estilo Kant). Hacernos dudar sobre lo que está Bien y Mal, y de que hay algo más allá de nuestras estrechas limitaciones morales, políticas y sociales.»
Si el terror ya es un género trasgresor al quebrar moldes dentro de nuestra literatura, al brindar otro tipo de lecturas, al mostrar nuevas formas de expresión literaria, el horror erótico puede ser el rompimiento definitivo de todos los tabúes, una manera bastante propicia y oportuna de representar el mundo que nos rodea y los mundos que llevamos dentro, un modo de hacernos felices (en cierta forma cercana a la irrealidad) y al fin libres. 

(1) El presente texto fue leído en la AntiFil 2017 el 16 de julio de ese mismo año. 

Carlos Enrique Saldívar (Lima, 1982). Director de la revista Argonautas y del fanzine El Horla; miembro del comité editorial del fanzine Agujero Negro, publicaciones dedicadas a la literatura fantástica. Director de la revista Minúsculo al Cubo, dedicada a la ficción brevísima. Finalista de los Premios Andrómeda de Ficción Especulativa 2011, en la categoría: relato. Finalista del I Concurso de Microficciones, organizado por el grupo Abducidores de Textos. Finalista del Primer concurso de cuento de terror de la Sociedad Histórica Peruana Lovecraft. Finalista del XIV Certamen Internacional de Microcuento Fantástico miNatura 2016. Finalista del Concurso Guka 2017. Publicó el relato El otro engendro (2012). Publicó los libros de cuentos Historias de ciencia ficción (2008, 2018), Horizontes de fantasía (2010) y El otro engendro y algunos cuentos oscuros (2019). Compiló las selecciones: Nido de cuervos: cuentos peruanos de terror y suspenso (2011), Ciencia Ficción Peruana 2 (2016), Tenebra: muestra de cuentos peruanos de terror (2017, 2018) y Muestra de literatura peruana (2018).

 

 

 
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