Claudio

 

 

 

 

 

 

 

 

  

LA EDAD DE LA INOCENCIA

                                (Claudio Rojo Cesca)

 Songs of Innocence (Canciones de Inocencia) es lo nuevo de U2. Las ganas de tener entre manos un disco hitero y emocional convergieron con una estrategia de difusión que causó polémica en todo el mundo. En el medio, 11 canciones que intentan rescatar la inocencia a través de la memoria. 

  TRIBAL Y NO TRIVIAL

Abre el sonido tribal de los coros, una melodía calculada para el estadio, para que el público salte y coreé salvajemente, hasta la irrupción de un riff de guitarra que recuerda a algo que ya se ha oído, pero sin ser precisamente eso.

Así es The Miracle (of Joey Ramone), el primer track de Songs of Innocence, el último disco de U2, fruto de cinco años de amagues constantes, musicales de Broadway y bandas de sonido. Es, también, según Bono, el disco más personal de la banda. Hay, en este desbocarse tan lindamente, una trampa: los fab four de Irlanda  podrían decir lo mismo sobre cualquiera de sus discos y no estarían faltando a la verdad. I will follow, por ejemplo, la canción con la que comienza Boy, su disco debut, es una cantaleta juvenil (y juguetona) en la que Bono habla sobre la muerte de su madre. Ese desguace del espíritu se reitera casi treinta años después, cuando el cantante habla con adulta desesperación sobre su padre, al borde de la muerte en una habitación de hospital, en una oda minimalista titulada One Step Closer.

¿Quiere decir, entonces, que lo del disco personal es otro bluff marketinero?

No sorprendería que así fuera: Bono es un provocador, una especie de mesías engañapinchangas, que se divierte admitiéndolo en cámara. Pero, personal o no, Songs of Innocence tiene vida más allá del histrionismo discursivo de la garganta líder de los U2. Existe, vibra, late y explota: como la bomba atómica que en 2006 ellos mismos intentaron desmantelar.

¿CÓMO COMO? COMO COMO COMO

Amar a U2 es tan sencillo como odiarlos. Empezaron su carrera a mediados de los setenta y desde entonces conserva su formación originaria. Cada nuevo disco de estudio es una evidencia de esta gestalt intocable, monolítica, de músicos que no posee mayor virtud que la de funcionar juntos como un organismo viviente, con sus anticuerpos y algún resfrío ocasional. El sonido distintivo de la banda ha trascendido los matrimonios pasajeros con la tecnología (cómo dudar que Pop, de 1997, es un producto de su tiempo) y sus productores musicales, entre los que se cuentan leyendas como Brian Eno y Daniel Lanois.

Por la misma razón puede odiárselos sin cuartel: la identidad del grupo, basada en el sonido y la militancia cristiana y carismática de Bono. Entre una y otra no hay rima. Bono confesó, mientras la banda grababa How To Dismantle an Atomic Bomb (2004), que su activismo político provocó feroces cortocircuitos con sus compañeros de ruta, en especial por su paso por la Casa Blanca, de la mano del infame George Bush.

U2 tiene algo que funciona como virtud o defecto insalvable, depende quién lo mire: se puede saber casi todo sobre ellos en una sola canción. Hay una estructura basal que reaparece hasta en sus temas más exóticos: incluso MOFO, una rave descontrolada que hubiera podido firmar The Prodigy, hiere con los arreglos de una guitarra afilada y minimalista y el desencanto infantil de la pérdida. En aquel tiempo, 1996, U2 venía de grabar Zooropa (1993), y de pasear una de las giras más insólitas del rock, el ZooTv Tour, en la que se transmitía televisión en vivo por gigantes pantallas de televisión. Pero esto es algo cierto en cualquier época del grupo: parte de la celebración de All that you can’t leave behind (2000), el disco donde se afincaron en un sonido mucho más conservador después del coqueteo psicodélico de una década, consistía en volver a tocar Out of control, una canción de su disco debut, que habla de angustia adolescente sin la autocompasión propia de la rabieta escolar, marca registrada del rock juvenil. U2

¿YO ROCKEO, TU ROCKEAS… EL ROCKEA?

Songs of Innocence se difundió digitalmente y en forma gratuita a través de la página de Itunes. En veinticuatro horas, millones de usuarios tuvieron el disco en sus teléfonos celulares. Muchos de ellos se quejaron, argumentando que la corporación los obligaba a tener un disco de U2 en sus respectivas memorias. Fue, quizás, una maniobra arriesgada, teniendo en cuenta la banda es, además de gigante, enormemente popular y exitosa, lo que no siempre juega a favor de éste tipo de lanzamientos. Lo mismo ocurrió a finales de los ochenta, con el estreno de la película Rattle and Hum, especie de diario íntimo en pantalla gigante de la gira promocional de The Joshua Tree (1987). El documental Un año en el Pop recuerda los comentarios de la crítica por aquel entonces: haciendo lo mismo que hicieran The Beatles, los U2 fueron considerados autoimportantes y, lo que es peor, pretenciosos. Está claro que la distribución digital gratuita (por tiempo limitado) de Songs of Innocence significó un contrato millonario entre U2 y Apple, pero es interesante ver lo que provoca una banda fenomenal haciendo algo de semejante envergadura. No hace mucho, la gira U2 360 se convirtió en la gira más rentable de la historia de la música. Toda una hazaña, teniendo en cuenta que el disco que la gira estaba promocionando es uno de los menos vendidos del grupo, el áspero No line on the horizon (2009), que abrió un silencio discográfico de cinco años.

Cuando se disipe el humo, habrá que detenerse a ver qué es lo que queda del paisaje verdadero, que son las 11 canciones que integran Songs of Innocence. Por lo pronto, el primer corte de difusión, The Miracle (of Joey Ramone) restituye la vocación tribunera de los U2 y la hace explotar en capas y capas de coros que suenan más a arengas futboleras que al éxito prefabricado. Los pibes, por suerte, todavía rockean para que el mundo entero los escuche. Ahora toca ver si el mundo tiene ganas de escucharlos.