2006-04-A

 

 

 

  

Novelades: otra forma textual breve

Guillermo Bustamante Zamudio (Especial para Tardes amarillas)

 

 

El señor Colombe, vecino de Ruán, se mató de un balazo ayer. Su mujer le había disparado tres en marzo, y el divorcio era inminente.

Textos como éste empezaron a aparecer en mayo de 1906, en las páginas interiores del diario francés Le Matin, en una columna llamada Nouvelles en trois lignes. Dejaron de aparecer en noviembre del mismo año.

Se trataba de textos anónimos que constaban estrictamente de tres líneas, y que estaban construidos con base en los despachos permanentes de las agencias de prensa. Aparecieron cerca de 1200 micro-textos, subdivididos según la proveniencia geográfica de la noticia: 1) París y sus alrededores, 2) Departamentos de Francia y 3) El extranjero.

Hoy sabemos que estos textos fueron redactados por Félix Fénéon, para entonces poco conocido.

Louis Lamarre no tenía ni trabajo ni vivienda, pero sí algún dinero. Compró en una tienda de ultramarinos de Saint Denis un litro de petróleo y se lo bebió.

La palabra francesa nouvelle puede ser vertida al español como “novela corta” (“novela” se dice roman), o como “noticia”. De manera que el nombre de la mencionada columna de prensa podría traducirse como Novelas en tres líneas —es la opción tomada, por ejemplo, por la editorial Impedimenta de Salamanca (España) que publicó los textos en 2011—; o como Noticias en tres líneas. En cualquier caso, es necesario tener en cuenta que Fénéon utilizó deliberadamente un vocablo ambiguo. Así, podríamos dar cuenta precariamente de esos dos sentidos que se agazapan en la palabra, con un neologismo como ‘novelades’.

Si sólo se tratara de noticias, hay otras palabras en francés para ello (que precisamente evitan la polisemia); pero es que las elaboraciones de Fénéon no son simples noticias: en primera instancia, se trataba de textos redactados de la manera más condensada posible: para las tres líneas de la columna, en el formato del diario francés, disponía de entre 100 y 135 caracteres. Y, en segunda instancia, Fénéon no asumió la tarea sencillamente como alguien que ahorra caracteres para mantener el formato (algo así como un redactor de telegramas), sino que creó una forma textual breve. No en vano hoy muchos dicen que fue el creador del “trino” que —como se sabe— restringe sus mensajes a 140 caracteres, cinco más que el límite superior impuesto a Fénéon.

El cadáver del sexagenario Dorlay se balanceaba en un árbol, en Arcueil, con esta pancarta: “Demasiado viejo para trabajar”.

Escribir 14 líneas, de 11 sílabas cada una, es diferente a hacer un soneto. El primer ejercicio puede dejarse a un redactor de titulares de prensa. El segundo, en cambio, es labor del poeta que hace poesía restringido a ese espacio. De tal forma, lo principal es la poesía, no la métrica, aunque se ciña a ella. Así mismo, las ‘novelades’ de Fénéon son textos de una retórica insólita; son escritos virtuosos desde el punto de vista estilístico, donde —como en la buena literatura— la historia se somete al relato. Sin historia no hay noticia (como casi es el caso de muchos de los textos en mención), pero las ‘novelades’ de Fénéon hacen que el texto nos haga condescender a lo anodino —incluso a lo repetitivo— de la noticia en juego, con tal de disfrutar del ritmo y la prosodia de sus textos.

F. y M. Altebo, vecinos de La Llagonne (Pirineos Orientales) y malos jugadores, mataron con porra y navaja al señor Filian, tal vez tramposo.

 

Scheid, vecino de Dunkerke, disparó por tres veces contra su mujer. Como siempre fallaba, apuntó a su suegra: el tiro acertó.

 

Sería interesante saber qué ocurría en los lectores de la época; en cualquier caso, parece que la literalidad de estos textos no se trajo a primer plano (lo cual no implica que no se hayan producido efectos), pues Fénéon se hizo célebre por su escritura mucho después (tal vez ayudado por la acusación de complicidad en un atentado anarquista, de la cual salió libre haciendo uso de su competencia literaria).

Nuestro autor se da el lujo de hablar de alguien que fue linchado “más que a medias”; cuando un grabador y un funcionario se fueron a las manos, dijo que “La administración hirió al arte en el codo”; se refirió a unos violadores armados como “personas que tienen por costumbre conquistar a las doncellas a punta de pistola”. Disparar lo registra —entre tantas otras formas— como “matar en seco” o como “hacer hablar la pólvora”; abusar de las propias hijas, como “deteriorarlas” o “iniciarlas”. Herir, bajo su pluma, es “no matar completamente”.

Abandonada por Delorce, Cécile Ward se negó a aceptarlo de nuevo, salvo que se casara con ella. Él la apuñaló, al considerar escandalosa dicha cláusula.

La sintaxis de las frases es ya una maroma en francés. Por esta razón, la traducción al español ha recaído forzosamente en un escritor, crítico literario y profesor universitario: Lluís Maria Todó.

Los amantes de las formas breves estamos de plácemes con este descubrimiento. Los definidores del género de la minificción (que también pueden pertenecer —pues nadie es perfecto— al primer grupo) tienen un escollo más.

Me despido recomendando esta versión abreviada de la Comedia humana balzaciana y transcribiendo otro par de muestras de estos pequeños trinos, un siglo antes de que se inventara el Twitter:

Por su entusiasmo en los recuentos y en el escrutinio, unos partidarios y un elector han sido condenados en Cholet y en Saint-Girons.

 

El párroco de Monceau (Côte-d’Or) tiene un grado de impedimento para decir misa. Unos ladrones le han robado sus objetos de culto.