Juan Manuel Montes

 

 

 

 

 

ACERCA DE LOS RELATOS DESDE LILIPUT DE JUAN MANUEL MONTES

                                            (Antonio Cruz)

 

Hasta hace algunos días, Juan Manuel Montes no era otra cosa que un “amigo” (curiosa manera de decir “contacto”) de una de las redes sociales más importantes de estos días y su libro “RELATOS DESDE LILIPUT” un comentario de José Manuel Ortiz Soto en la INTERNACIONAL MICROCUENTISTA y algunos textos que acompañaban el comentario del escritor mexicano.

El ocho de octubre tuve oportunidad de conocerlo personalmente y la verdad quedé sorprendido. Juan Manuel, resultó ser un tipo muy particular de trato afable y  bastante tranqui (alejado por completo de mi hiperquinesis y de mi ansiedad crónica) con el que quedé encantado pues, en alguna medida, me trajo recuerdos de mi hijo Martín. Pero en realidad, esa sorpresa pasó a segundo plano cuando durante esta semana, después de cumplir con algunas obligaciones adquiridas con anterioridad, pude adentrarme en el espíritu mismo del mencionado libro. 

¿Cómo hace aquella persona que quiere decir y contar todo lo que ese libro le produjo sin esquivar el prólogo, que no tiene fisuras y lo dice casi todo? No es fácil, ya lo verán.

Todo libro es una aventura por sí mismo». Sostiene Ortiz Soto en su prólogo y continúa «Aventura que comienza el autor y, una vez salvados los abismos imponderables, continúan los lectores. “Libro que no es leído, no existe”, afirma alguno. “Todo libro tiene vida propia”, dice otro. Se forman grupos antagónicos, se levantan foros y debates, se anticipan conclusiones que después alguien derrumba para erigir las propias. Pero ¿qué sucede mientras las tapas del libro están cerradas?, ¿mientras la envoltura plástica contiene el paso de las hojas? Hay libros en los que quizá nada sucede, tristemente; pero no en Relatos desde Liliput, de Juan Manuel Montes, donde la ausencia de un observador o lector activo no basta para detener el curso de la vida. El libro vive».

Presumo de haber leído muchos libros, aunque el microrrelato (o microcuento, o minicuento como le llaman algunos) es mi género preferido.

Desde esta perspectiva, los cuentos Liliputienes de Juan Manuel Montes, reúnen una serie de elementos que lo ubican como de lectura imprescindible para quienes quieren tener una imagen más acabada del mismo.

Los brevísimos textos de Montes, cumplen a rajatabla con los principales rasgos aplicables al microrrelato. Por decirlo de alguna manera, se avienen perfectamente al canon que fuera discutido tantas veces en los congresos internacionales que se han realizado desde el 1998 a la fecha. Además de representar una indudable característica de narratividad, también cumplen con las estipuladas concisión e hiperbrevedad, con la intertextualidad, metaficción, y casi todos aquellos elementos que hacen de este género algo tan particular.

Ahora bien… En este punto me parece atinado destacar una de las cosas que más me ha sorprendido: la enorme capacidad para dar otra vuelta de rosca a la historia. He leído series de microrrelatos acerca de una historia, es más, hasta he escrito series de microrrelatos, pero nunca ha pasado por mis manos un libro que, en toda  su extensión, versara sobre un tema en particular. El nexo que une a cada uno y a todos los textos del libro es esa imagen de “Los viajes de Gullver” que se ha ido formando a través de la historia merced a la lectura realizada por muchas genereaciones en diferentes estadios de la historia humana. .

No obstante, estos relatos liliputienese no perderían vigencia en cualquiera de estas etapas porque, de alguna manera, representa nada mi nada menos que los paradigmas del comportamiento humano desde que abandonó la manada para consituir el clan.

En síntesis, un libro de lectura obligatoria para todos los entusiastas del género. Relatos desde Liliput

Para el final, dos cosas: Las palabras de José Manuel Ortiz soto al que que vuelvo a citar porque, así como el libro es valioso, indudablemente, el prólogo no le va en zaga: «La aparente fantasía que entreteje cada relato liliputense (¡no cabría otra denominación!) está recargada de realidad ineluctable. Sabemos que no existe sociedad perfecta, ni siquiera en un mundo minúsculo como el de un libro, y no por capricho del autor o porque traiga “anteojos oscuros indispensables para ver todo un poco más negro”, sino porque como ente social es parte de un mundo que lo afecta por igual. El autor como narrador observador, más que omnisciente, no señala ni se erige dios magnánimo o castigador, sino que, en su función de guía, nos lleva paso a paso por lugares que conoce tan bien.   Evita así que el lector naufrague y se pierda, no ya como el gigante que se cree, sino como el liliputiense que siempre ha sido tras las tapas de otro libro».

Lo segundo que me reservé para este final es el siguiente texto que cierra el libro y que, curiosamente, fue uno de los que más me conmovió:

 

                                            …Y final

 

La tarde calla en una última página que se cierra y la noche cae como una sentencia. Las palabras retoman el caos del sinsentido. Antes de extinguirse la última línea de luz todos en Liliput toman aire.

Ninguno sabe cuándo va a ser la próxima vez que respiren

                  

 

 

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