2006-04-A

  

¿Un encuentro?

Guillermo Bustamante Zamudio

 

Quiero decir un par de palabras sobre el siguiente microrrelato del colombiano José Libardo Porras V.: 

El encuentro

«En principio, juzgué una gracia el encuentro con esos otros caminantes. Lo mismo que antiguos camaradas, compartimos asuntos de viajes y del corazón. Nos ayudamos con las cargas y, si alguno iba a desfallecer, de inmediato se oía el estribillo: "¡No desfallezcas! ¡Si desfalleces, todos desfalleceremos contigo!". El camino ganó en lisura. Al llegar a un estrecho cuadrivio, consideramos suficiente la jornada y nos dispusimos al descanso. Con lo mejor de cada viandante nos dimos una regalada cena. Yo ofrecí mi bota y, sentados alrededor del fuego, del vino y la conversación, despedimos poco a poco la vigilia. Nos unía el afán de arribar a Esbirnia. La noche transcurrió fresca, casi fría, pues era la última antes del invierno. Al amanecer nos recibió un cielo cerrado, de color bituminoso. Al despertar, hallé a todos con sus alforjas, en actitud de partir. Discutían. Era imposible determinar la posición del sol y las huellas de nuestros pasos habían desaparecido. Cada uno sugería un rumbo diferente, exponiendo razones útiles, tanto para seguirle como para abandonarle. 

 —Percibo en el aire el dulce de los algarrobos del patio de mi casa paterna —dijo el primero; levantó al cielo el índice derecho, humedecido en saliva, y luego señaló un punto—. Ése es el norte —dijo, y narró una cacería al lado de su padre, en las tierras del sur.

—Ese no es el norte —repuso uno que, en tanto, había estado haciendo cálculos con una rama sobre la tierra fresca—. Es allá —exclamó, señalando en dirección opuesta al anterior, y expuso su teoría. Ninguno logró comprender.
—Fabriquemos una ruleta —sugirió el tercero, y refirió sus experiencias de garitero en los puertos de Messina, Catania y Siracusa.
De modo similar procedieron los demás. Sin acuerdo posible, se dispersaron por los cuatro puntos cardinales, cada uno convencido por sus propias razones. Yo, el más joven, me quedé ahí parado, sin saber a cuál de ellos seguir, rogando a Dios que me dejara ver el sol, un rayo de Su luz».

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EDUARDO BELLOCCIO 

  

     ACERCA DE LA MUERTE DE UN POETA

Rubén Rüedi y la transcendencia de la palabra

 

Por Eduardo César Belloccio*
Especial para Tardes Amarillas 

Alguna vez les dije a algunos amigos que si se produjese una hecatombe y se terminara el mundo ─como si el apocalipsis fuera algo diferente a esto que vivimos de manera cotidiana─, solo deberían sobrevivir un maestro, un niño, un médico y un poeta. Para este mundo insensible en el que transitamos lleno de acechanzas y cada día más individualista, los poetas a veces nos abandonan aunque nunca sea una verdad exacta. Su presencia, a través de la palabra que generalmente nos trasciende, permanece siglos y siglos acompañando al ser humano en este peregrinar eterno.

Hace algunas semanas, dejó este mundo el amigo, el poeta, el compañero Rubén Rüedi. A mí me parece que se fue de gira.
Tenía tantas cosas por hacer, tantas ganas de hacer, que no pudo esperar los tiempos terrenales.

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