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MICROCUENTOS DE RAÚL BRASCA

Selección de textos: Mariano Cuevas

 

Raúl Brasca

 

 

FELINOS

A Paula

Algo sucede entre el gato y yo. Estaba mirándolo desde mi sillón cuando se puso tenso, irguió las orejas y clavó la vista en un punto muy preciso del ligustro. Yo me concentré en él tanto como él en lo que miraba. De pronto sentí su instinto, un torbellino que me arrasó. Saltamos los dos a la vez. Ahora ha vuelto al mismo lugar de antes, se ha relajado y me echa una mirada lenta como para controlar que todo está bien. Ovillado en mi sillón, aguardo expectante su veredicto. Tengo la boca llena de plumas.

todo tiempo futuro fue peor
"Anoche se sobrepuso a las balas que lo acribillaron y huyó de la policía entre la multitud.
Se escondió en la copa un árbol, se le rompió la rama y terminó ensartado en una verja de hierro.
Se desprendió del hierro, se durmió en un basural y lo aprisionó una pala mecánica.
La pala lo liberó, cayó sobre una cinta transportadora y lo aplastaron toneladas de basura.
La cinta lo enfrentó a un horno, él no quiso entrar y empezó a retroceder.
Dejó la cinta y pasó a la pala, dejó la pala y fue al basural, dejó el basural y se ensartó en la verja, dejó la verja y se escondió en el árbol, dejó el árbol y ...buscó a la policía.
Anoche puso el pecho a las balas que lo acribillaron y se derrumbó como cualquiera cuando lo llenan de plomo: completamente muerto."

 

LA PRUEBA

A Marcelo Caruso

"Sólo cuando sea derribado tendrás a mi hija", había dicho el brujo. El hachero miró el tallo fino del árbol y sonrió con suficiencia. Un primer hachazo, formidable, marcó levemente el tronco. Otro, en el mismo lugar, apenas profundizó la herida. Bien entrada la noche, el hachero cayó exhausto. Descansó hasta el amanecer y hachó toda la jornada siguiente. Así día tras día. La herida se iba profundizando pero, a la par, el tronco engrosaba. Pasó el tiempo y el árbol se volvió frondoso; la muchacha perdió juventud y belleza. El hachero, a veces, alzaba los ojos al cielo. No sabía que el brujo conjuraba los vendavales, desviaba los rayos y alejaba las plagas que carcomen la madera. La muchacha encaneció y él seguía hachando. Ya casi no pensaba en ella. Poco a poco, la olvidó del todo. El día en que la muchacha murió no le pareció distinto de los anteriores. Ahora, ya viejo, sigue su pelea contra el tronco descomunal. No se le ocurre otra cosa: el silencio del hacha le produciría terror.

 

ÚLTIMA ELECCIÓN

A Juan Sabia

El pez resuelto al suicidio evita veloz la red en la que moriría con sus compañeros, pasa de largo frente al anzuelo del pescador rutinario que hojea una revista, y traga sin dudar el de un chico que recordará mientras viva los espasmos terribles de su asfixia.}

 

AMOR
I

A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por el amor. Yo no le doy amor. Le doy pasión envuelta en palabras, muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado. Somos felices.

II

Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él sólo le interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo me estremece, lo atribuye a sus muchas palabras. Cuando mi cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor. Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.

 

CADÁVER

Me senté en el umbral de mi puerta a esperar que pasara el cadáver de mi enemigo. Pasó y me dijo "hasta mañana". Con tal de no dejarme en paz, sigue penando entre los vivos.

 

ESPIRITU AVENTURERO

A Miguel Gomes

Conocí todas las selvas, los desiertos y los hielos de la Tierra. Solo, en el fondo de la caverna más profunda, vi las flores que mueren cuando se las ilumina y oí el lento gorgoteo de los líquidos invisibles, la continua digestión del mundo. Ni los monstruos de las fosas abisales, ni los seres gelatinosos y transparentes de los planetas cercanos me son extraños. Estaba en la plenitud de mis fuerzas cuando agoté el espacio posible para la aventura. Entonces conocí el aburrimiento, la desesperación de haberlo visto todo.

 

Raúl Brasca: Autor de cuentos, microficciones y ensayos. En 1989 fundó, con otros cuatro escritores, la revista Maniático Textual que estuvo en quioscos y librerías hasta 1994. Compiló quince antologías, once de ellas de microficciones, algunas en colaboración con Luis Chitarroni. Su obra ficcional y ensayística fue publicada en antologías, publicaciones académicas, revistas y suplementos literarios de Argentina y numerosos países de América y Europa. En el país recibió, entre otros, los premios del Fondo Nacional de las Artes y de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. La Universidad de Carabobo (Venezuela) le otorgó la Orden de Alejo Zuluoga que confiere a personalidades de la cultura. Fue ponente y conferencista en congresos internacionales, ha dictado clases magistrales, talleres y seminarios en varias universidades europeas y americanas y se desempeñó como jurado en certámenes literarios nacionales e internacionales. Colaboró con bibliográficas sucesivamente en el suplemento literario del diario La Nación y la revista ADN. Creó las "Jornadas Feriales de Microficción" que coordina y conduce anualmente en la Feria del Libro de Buenos Aires desde 2009.

 

La imagen fue tomada de la página http://www.palabralab.com/2016/01/raul-brasca-escribir-sin-leer-conduce.html

Los textos fuero  extraídos del libro Todo tiempo futuro fue peor, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2007

 

 

 

 

 

Microrrelatos de Augusto Monterroso

 

La oveja Negra

 

LA TORTUGA Y AQUILES
Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó a la meta. En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones. En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.

 

EL CONEJO Y EL LEÓN

Un célebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido. Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con la de los humanos. Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León. En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre. El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió al aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo. De regreso a la ciudad el célebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demues-[14]tra que el León es el animal más 4 infantil y cobarde de la Selva y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza, y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y que después de todo no le ha hecho nada.

 

LA OVEJA NEGRA

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rá- pidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

 

LA FE Y LAS MONTAÑAS 

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía. La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora monta- ñas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carrera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo y ligerísimo atisbo de Fe.

 

LA TELA DE PENÉLOPE, O QUIÉN ENGAÑA A QUIÉN

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas. Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo. De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

 

SANSÓN Y LOS FILISTEOS

Hubo una vez un animal que quiso discutir con Sansón a las patadas. No se imaginan cómo le fue. Pero ya ven cómo le fue después a Sansón con Dalila aliada a los filisteos. Si quieres triunfar contra Sansón, únete a los filisteos. Si quieres triunfar sobre Dalila, únete a los filisteos. Únete siempre a los filisteos.

 

AUGUSTO MONTERROSO

Augusto Monterroso (Tegucigalpa, Honduras, 1921 - Ciudad de México, 2003). Vivió desde 1944 en México, donde trabajó en la UNAM y, como traductor, en el Fondo de Cultura Económica. De formación autodidacta, desde muy joven alternó la lectura de los clásicos de las lenguas española e inglesa con trabajos que le servían para contribuir al sostenimiento de su familia. Fue cofundador de la revista literaria Acento. Escritor de fama internacional, mereció importantes galardones y reconocimientos. Traducida a varios idiomas, la obra de Augusto Monterroso incluye títulos como El concierto y el eclipse (1947), Uno de cada tres y El centenario (1952), Obras completas y otros cuentos (1959), La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1969), Animales y hombres (1971), Antología personal (1975), Lo demás es silencio (1978), Las ilusiones perdidas (1985), Esa fauna (1992) o La vaca (1998).

 

La foto de Monterroso fue tomada del siguiente sitio Web:

https://minisdelcuento.wordpress.com/category/augusto-monterroso/

Los textos corresponden al libro La oveja negra y demás fábulas,  Editorial Punto de lectura (2007)

 

 

 

Quince microrrelatos de antología. 

Selección de Mariano Cuevas

 Brevilla

Autopsia
El sujeto está desnudo, es de estatura mediana, tez morena, complexión robusta, de entre 35 y 40 años. En la región torácica se observa una herida cortante de 5,2 cm de largo y 2 cm de ancho producida probablemente por un objeto filoso, punzante, metálico, y probablemente antiguo. En la frente se observa un orificio entre las cejas, de 7cm de profundidad que atraviesa el cráneo y en cuyo fondo aún reside una bala de revólver calibre 38 que produjo el deceso del individuo. Se desconoce la identidad del sujeto. Por lo demás, el cadáver se encuentra en perfecto estado de conservación. El occiso fue hallado en la página 23, a unas líneas del final del capítulo 5.

Sandro Centurión, Argentina.

La última víctima

Antes de ser ajusticiado, el asesino en serie reveló que aún le quedaba una víctima. Las autoridades presentes en la ejecución pensaron que estaba alardeando y no le prestaron atención. Muchos años después, un hombre descubre que el brutal asesino, «el monstruo de la ciudad», era su padre y se suicida.

Homero Carvalho Oliva, Bolivia

Descargos II

—¿Por qué lo mató usted?
—Para complacerlo.
—Sírvase explicar.
—Siempre se preocupaba por llegar primero que yo a todo. Lo único que hice fue garantizar que también llegara primero a la muerte.

Guillermo Bustamante Zamudio, Colombia

Habitual del delito

No tiene caso sufrir, y, sin embargo, estoy penando.
No tiene caso lamentarse, y me quejo silencioso.
No tiene caso derramar lágrimas, y no las derramo.
No tiene caso mascullar improperios, y me los callo.
No tiene caso, señor inspector. Búsquese otro sospechoso. El cadáver que examina es el mío propio. Y le juro por lo más sagrado que no fui yo quien lo mató.

Saturnino Rodríguez Riverón, Cuba.

 Justificación

Cada vez que podía el detective estropeaba el trabajo de la fiscalía, puesto que temía quedarse sin empleo.

Ian David Briceño, Nicaragua.

Un tipo con suerte

El detective Ramos se detuvo frente al cuerpo de la víctima. Era de noche y el farol detrás de él provocaba que su sombra pareciera agarrar de la mano al muerto. Sacó un cigarro y lo encendió. Arrojó el fósforo humeante y se hincó para observar los detalles.
—Este tuvo suerte —dijo.
—¿Por qué? —preguntó curioso el uniformado que lo acompañaba.
—De todos los plomazos que le encajaron solo el del corazón fue mortal —respondió, y esbozó una sonrisa.

Jorge P. Guillén (Chile-Canadá)

Lapsus de memoria

Son las ocho de la mañana. Jean Colas, inspector de la Police Judiciaire de París, se levanta de la cama con un terrible dolor de cabeza. Es febrero, los escolares de la región parisina están de vacaciones. Sufamilia está en la montaña practicando esquí. Ayer, a las seis de la tarde, habló con ellos por teléfono. Además del dolor de cabeza, hay otra cosa que le molesta y angustia. Después de esa conversación con su esposa y sus hijos no se acuerda de nada de lo que hizo ayer por la noche.
Cuando llega a su cuartel, 36 de quai des Orfebres, se encuentra con una enorme sorpresa. El inspector Pierre Durand, con el cual competía para ocupar el puesto del comisario Maigret, que está por jubilarse, había sido asesinado en su casa. La noche anterior con toda seguridad. Parte al domicilio del asesinado. A su llegada un especialista de la policía científica le informa que el inspector Durand fue ultimado con un arma blanca bien particular. La hoja no es recta, sino ondulada. «Como un kris malayo», dice espontáneamente el inspector Colas, gran coleccionista de dagas antiguas. El resto de la diligencia policiaca transcurre con algunas dificultades. El asesinato del inspector Durand atrae a la prensa. Tiene que parar en seco las preguntas de una periodista demasiado curiosa. En la tarde lo primero que hace al llegar a casa es constatar si su kris malayo está en su lugar de siempre. No lo encuentra.

Georges Aguayo, Chile – Francia

En la escena del crimen

Luego de una llamada telefónica, el Inspector Pastrana se dirigió junto a un par de subalternos al sitio del suceso, a exceso de velocidad y con la baliza sonando constantemente, se detuvo con el vehículo policial en marcha, y descendieron corriendo hasta un costado de la rivera.
Encontraron a un viejo vagabundo con una lata de cerveza en la mano, a una mujer en ropa interior y con serios síntomas de encontrarse bajo el efecto de las drogas, y a un oficial en retiro del ejército con su gorra de servicio, parecía estar un tanto enajenado.
—¿Dónde está el cadáver? —preguntó Pastrana. —Se lo llevó el río —contestó el oficial—, los otros policías rastrearon el lugar sin encontrar vestigio de un posible crimen. Pastrana observó a los testigos, y sin dudarlo, procedió a la detención inmediata de los tres.
—Son antropófagos —afirmó—, y se comieron al muerto. Sus acompañantes enmudecieron ante la asertiva decisión del oficial de policía, mientras tanto, el narrador se detuvo en este segundo de la historia, fue a la cocina, abrió la olla y revolvió la sopa en la que cocinaba la vaca que había degollado durante la tarde en un suburbio de Nueva Delhi.

Gregorio Angelcos, Chile

 

De las traiciones posibles
En mitad de la noche sonó el teléfono como un alarido. La esposa miró al esposo. El esposo miró a la esposa.

Abdón Ubidia, Ecuardor

Novela negra

Tal como había planificado, en el primer capítulo el protagonista comenzó a beber y a frecuentar los ambientes más sórdidos de la ciudad. Había muerto su mujer y estaba destrozado. Pero en el primer punto de giro, el argumento se me fue de las manos y en una pelea se cargó a un camello de poca monta. Lo que tenía que ser un texto introspectivo se fue convirtiendo en una novela negra y en la página 200 acumulaba ya 4 asesinatos. He colocado numerosas pruebas para que lo cojan y he puesto a toda la policía tras él, pero siempre va un paso por delante. He intentado que le remuerda la conciencia y se entregue; le he incitado al suicidio, pero siempre vuelve a matar. Ya no puedo controlarlo. Entre líneas he logrado leerle el pensamiento, al fin y al cabo nadie lo conoce como yo. Tiene razón. Esto debemos resolverlo cara a cara. Sentado delante del ordenador, acaricio la pistola mientras espero a que suene el timbre.

Ernesto Ortega Garrido, España.

How have you been?

Captain Reynoso lit his cigarette and the office's twilight was scarcely ignited by the lighter. He inhaled the smoke with energy as if it were oxygen and his life depended on it; the cigarette's puffs turned into little rings that traveled like a spiral until they crashed against the ceiling.
He looked at the phone because he knew he would call. There are people who are prompt and keep their word; Reynoso was also one of those beings and would never evade a meeting. The building was empty and even cadet Vargas, the young officer who occasionally would tell him to have a beer at the next-door bar, had left. «Not tonight, Cadet Vargas», Reynoso told him.
Taking advantage of the quietness, he grabbed a beer from the refrigerator after digging in a brown paper bag. He uncorked the beer and the icy barley brushed his throat cooling it down. The phone rang at 8:00 p.m. as said in a text message. Reynoso plunged his cigarette on the ashtray and looked at newspaper's headline on the desk: Hitman Nero, freed by a corrupt judge, would have fled the country.
Nero has not fled. A predator does not run away, he just hides to stalk his prey, to attack him at night and keep his word, «Captain Reynoso, when I get out I'll look for you and kill you» And Reynoso, «I'll wait for you».
«Captain Reynoso. How've you been? »
«Never been better, Nero. What can I do for you?»

¿Cómo ha estado?

El capitán Reynoso prendió su cigarrillo y la penumbra de la oficina se vio tibiamente iluminada por el encendedor. Inhaló el humo con energía como si fuera oxígeno y su vida dependiera de ello; las bocanadas del cigarrillo convertidas en anillitos viajaron en forma de espiral hasta estrellarse contra el techo.
Miró el teléfono porque sabía que lo llamaría. Hay personas que son puntuales y cumplen su palabra; Reynoso también era uno de esos seres y nunca rehuía a una cita. El edificio estaba vacío e incluso el cadete Vargas, el joven oficial que de cuando vez le decía para tomar una cerveza en el bar contiguo, se había marchado. «No esta noche, cadete Vargas», le dijo Reynoso.
Aprovechando la quietud, sacó una cerveza de la nevera tras hurgar en una bolsa papel marrón. Destapó la cerveza y el helado de la cebada rozó su garganta refrescándola. el teléfono sonó a las 8:00 p.m. cual lo anunciado en un mensaje de texto. Reynoso hundió el cigarrillo en el cenicero y miró el titular del periódico sobre el escritorio: Sicario «Nerón» liberado por juez corrupto habría huido del país.
«Nerón» no ha huido. Un depredador no huye, solo se esconde para acechar a su presa, atacarla de noche y cumplir su palabra: «Capitán Reynoso, cuando salga libre lo buscaré para matarlo». Y Reynoso: «Aquí los espero».
—Capitán Reynoso, ¿cómo ha estado?
—Nunca en mi vida me he sentido mejor, «Nerón» ¿En qué puedo servirle?

Hemil García Linares, Perú – EE.UU.

El Negro

El Negro, le decían. Pero no por el color de su piel, sino por el alma. El Negro se volvió loco una noche, y le dio por ofrecerse como matón a sueldo. Antes de acabar con cada víctima se fumaba un cigarro de colilla negra, muy negra, que luego lanzaba al agujero negro, negrísimo, que causaba su certera munición. Pero en casa no le decían el Negro cuando entraba con la cesta de la compra. Allí le llamaban simplemente «papá».

Paola Mireya Tena, México.

La pistola

En el primer capítulo, el escritor hizo una descripción del despacho del protagonista. Dominaba habitación un gran escritorio. Había una pistola escondida en el fondo del último cajón. En el segundo capítulo, el protagonista era abandonado por su mujer. El escritor no dejaba de pensar en la pistola. ¿Por qué estaba allí? En el quinto capítulo, el protagonista sufría un accidente y era hospitalizado. En el séptimo capítulo, se casaba con la enfermera que le había cuidado. El escritor seguía obsesionado con la pistola. ¿Qué hacer con
ella? Cuando estaba escribiendo el capítulo once, no aguantó más: el escritor sacó la pistola del cajón y se descerrajó un tiro en la cabeza.

Patricia Irene Colchado Mejía, Perú

Brinco de pérola

O policial procurava pelo matador de mulheres. Mais de cinco vítimas, todas jovens e loiras. E a única pista era um brinco deixado na cena de um dos crimes. Logicamente devia ser o brinco de uma das vítimas. Um brinco de pérolas.
Naquela sexta-feira, depois que saiu da delegacia sem solucionar o crime, o policial foi para a casa de sua namorada. Mas ela estava aflita naquela noite. Ela procurava, desesperadamente, por um dos seus brincos que havia perdido. Um brinco de pérolas.

El arete de la perla

La policía buscó al asesino de mujeres. Más de cinco víctimas, todas rubias jóvenes. Y la única pista era un arete olvidado en la escena del crimen. Lógicamente debía ser de una de las víctimas. Un arete de la perla.
Ese viernes, después de dejar la estación de policía sin resolver el crimen, el comisario fue a la casa de su novia. Pero ella estaba afligida esa noche. Buscó desesperadamente uno de sus aretes que había perdido. Un arete de la perla. 

Rô Mierling, Brasil.

Killer Joe

Encendió la luz, vio a sus muertos, la apagó.
En la oscuridad, sonrió con ternura.

Fedosy Santaella, Venezuela

 

Microrrelatos de Ernesto Simón.

 

Ernesto Simón

 

Pesebre
Año 2129: el mundo es un caos. Dios decide pedirle explicaciones al Papa. Lo manda a buscar. Lo encuentra. Una vez que lo tiene enfrente, le pregunta: ¿Qué está pasando? ¿Qué nos pasó? Veo que el mundo se nos fue de las manos. El Sumo Pontífice se toma unos segundos y le dice que no está claro qué es lo que sucede en la Tierra. Supongo que la ambición del hombre, sumado al predominio irreversible del Mal, están prefigurando un escenario que no habíamos contemplado. Dios se queda callado. Lo mira. Espera. Señor, dice el hombre, predicamos por doquier la palabra que nos dejó tu Hijo, edificamos un templo en cada pueblo o gran ciudad y fuimos fieles a tu mandato. ¿Qué falló? Ahora Dios lo mira extrañado. Frunce el ceño. Pregunta: ¿Una iglesia en cada pueblo?, ¿una sucursal de mi morada en cada ciudad, por pequeña o grande que sea? Sí mi señor, tal como lo dices. Dios hace silencio de nuevo. Pierde la mirada en el horizonte difuso. Suspira con nostalgia. Y dice: Quién iba a imaginarlo, si empezamos apenas con un pesebre.

 

La sombra
Cansado de presidentes que rifan el país, o de estos otros que bajo el disfraz de patriotas se sientan a la mesa del Imperio, Luciano ya no supo en quién creer. Ha subido al techo de su casa. Desde aquí todo se ve más claro, piensa. El sol pega fuerte y su sombra es nítida. ¿Qué camino debo seguir?, le consulta. Y pasan las horas. Mientras conversan, él se mueve para todos lados. Camina. Va, viene. Pero su sombra se ha mantenido apuntando siempre en la misma dirección. Luciano se pregunta si será ésta una nueva lección que le ha dejado esa cosa difusa y oscura a la que todos llamamos sombra.

 

La costura del tiempo
En el año 2666 comenzó a rajarse la costura del tiempo. Desde entonces, la historia del mundo se dividió en dos versiones. Las letras se escribieron duplicadas. Todo se supo de dos maneras. El espejo se convirtió en matriz ineludible. Hubo un lado y hubo otro. Cuentan que los hombres nunca supieron de la misteriosa costura que Dios no había terminado de unir. Un trabajo mal hecho y la fatiga inesperada del Todopoderoso contribuyeron al malogrado final. La humanidad quedó condenada a conocer una sola de las dos versiones que cifran la historia.

 

Jesús vuelve
Hora cero: Jesús entra a un bar de Manchester. Viste pantalón de yin, camisa negra, campera de cuero y unos borcegos de suela alta. Lleva lentes oscuros, a pesar de ser noche, para que nadie lo reconozca. Su pelo largo y su barba descuidada no dicen mucho más.
Cero y treinta: Jesús pide un vodka con jugo de naranja y hielo. Bebe. Mira. Se asombra.
Una y cinco: Unos chicos esquinjeds, la cabeza rasurada y tachas por todas partes, le buscan la roña. Lo insultan. Uno lo escupe. Otro lo empuja contra la barra.
Una y catorce: Jesús se quita los anteojos. Los mira con furia. Levanta sus ojos al cielo y grita: Perdónalos señor, no saben lo que hacen. Los muchachos se ríen. Ordenan una jarra de cerveza que pronto pasa de mano en mano. Lo rodean. Soy Jesús, el Hijo de Dios, les grita aterrado. He vuelto a la tierra para salvarlos. Su voz no tiembla, sus piernas sí. No eres más que un vagabundo que busca nuestro favor, dice uno. El otro lo acusa de pobre infeliz, desgraciado indefenso y le pega una patada que da justo entre sus piernas. Jesús cae. La música aturde. Parece un corazón gigante que entró en taquicardia. La cerveza sigue su recorrido por el círculo de esquinjeds que lo rodea. Uno de ellos saca una navaja, se pone en cuclillas y la clava. Jesús se retuerce. El de la navaja hace un corto recorrido con su mano. Ahora le raja todo el vientre. Ríen. Toman. Patean. Música. Luces que se encienden y se apagan.
Una y treinta: Todo sigue igual. Esta vez no hizo falta cruz. No hubo Calvario. Magdalena ni se vio.

 

 

77 historias foto libro chica 1

 

 

Las historias de Ernesto Simón son sueños redondos. Tal cosa se me representa como la consagración de un hombre que logra escribir liberado de hacer diferencias entre el vuelo infantil, delirante, de los sueños, y la vida formal, conservadora del downtown sanjuanino. Hijo, como todos los de su generación, del enciclopedismo francés, Simón retiene en su prosa la cultura universal y la suaviza con el paganismo de los cerros. Sus textos, lo quiero decir, son trucos de magia de tres minutos y, como en las pruebas de René Lavand, no se puede hacer más lento el procedimiento. La prosa certera, económica, al servicio del absoluto de la vida, la muerte, los miedos y el infierno de haber sido, condensa rápidamente, como un ilusionista, la atención del lector con la vocación gratificadora del artista que da de sí, cuando tiene ganas, el destilado de su vida completa, la del propio artista -con su recorrido, su camino- y la del hombre detrás del artista -que trabaja, pena, se reproduce y se prepara para el día de mañana- que necesita comprar las horas que hacen falta para cumplir el delirio de escribir y hacer temblar.
Simón vio luz y subió los Andes, un escritor hace lo que quiere.

 

Esteban Schmidt

 

Biografía de autor
Ernesto Simón nació en San Juan, Argentina, en 1969. Es periodista y escritor. Ha conducido ciclos de radio y ha escrito en diferentes medios gráficos. Ha colaborado con notas para la revista Rumbos, que se edita en los diarios dominicales de casi todas las provincias del país. Ha publicado cuentos en diarios de distintas provincias argentinas, incluidos diario Uno de Mendoza y diario Perfil de Buenos Aires. Escribió artículos para revistas y diarios de San Juan, Mendoza y Buenos Aires. En 2010 escribió la obra de teatro Todos dicen algo, que se estrenó en el Festival Nacional de Teatro por la Memoria. Ha sido columnista de cultura y espectáculos en programas de televisión abierta. Escribe sobre música, autores y bandas en la revista Pensar Musical. En el año 2013 publicó el libro de microficciones 77 historias (Milena Caserola) y en 2015 publicó el libro de cuentos Argentinos por nada (Wu Wei). Actualmente sigue escribiendo para diario Perfil (Buenos Aires), MDZ (Mendoza), El Federal (La Rioja) y El País Diario (San Juan).

 

 

 

ACERCA DE CÓRDOBA BREVE Y SU LLUVIA DE MICROS

 

Luis Héctor Gerbaldo

 

 

CORDOBA BREVE

 

En nuestro afán de dar a conocer el cuento breve como género en el ámbito literario de Córdoba, CORDOBA BREVE decidió concluir las actividades del año 2016 con los que dimos a llamar una "Lluvia de micros", jugando con la realidad meteorológica que nos marcó los días de diciembre en la provincia. Siempre nuestras convocatorias son una excusa para animar a escritores locales que compartan espacio con autores reconocidos del país. Dijeron presente Daniel Frini, Celina Aste, Mariángeles Abelli Bonardi, entre otros. Fueron treinta y siete los textos, de otros tantos autores. Aquí seleccionamos siete microcuentos de autores cordobeses que buscan su reconocimiento.

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MICRORRELATOS DE LUIS HÉCTOR GERBALDO 

Selección de Mariano Cuevas 

foto luis

 NATALIA Y EL SOLDADO

Rígido estaba su corazón al verla. La Princesita Natalia Dogolof, con sus ojos bailarines, escrutaba el salón buscándolo, él lo sabía. Quería gritarle. ¡Aquí estoy! Pero de sus labios no escapaba sonido. Para que reparara en su presencia hacía relucir su capote, erguía la plúmula de su casco de húsar. Todo en él es vibración. Loco está de amor por ella desde el momento que sintió la suavidad de sus manos. Firme en su posición, sentía como tintineaba su sable al compás de los giros alegres de la blanca falda, que con tanta gracia hacía volar la princesita Natalia. Si ella era feliz, él era más. Si ella reía, su risa lo elevaba a los cielos. Pero que no viera brotar lágrima alguna, que no sintiera su sollozo, su interior no lo soportaría, sería un solo crujir de su corazón. Sin duda, encontraría las fuerzas necesarias para desenvainar su espada y cargar contra el infame que provoque semejante pecado.

Todo en él es amor por ella. De pronto al ver que se acercaba, escuchó el grito.
─ ¡Princesita! No es juego de niñas los soldaditos de plomo. ¿Cuántas veces debo decírselo?─ Reprendió mademoiselle Cécile, su institutriz.

LOS DOMINGOS A LA MISMA HORA

Frente a un pequeño espejo, aplica un delineado fino alrededor de sus ojos. Peina sus pestañas. Eleva sus pómulos con mezcla de rojos. Debe ser un maquillaje austero, pero que resalte su belleza. Usa el mejor conjunto de soutien y culotte para éste día. Luego una falda lisa combinada con alguna blusa. No debe llamar la atención de su guardián. En la canasta, la vianda para calmar el apetito después del amor. Ritual repetido durante años, cada domingo a la misma hora, prestos a robar un poco de intimidad y pasión a la realidad que los separa. No hay renuncia de ninguno de los dos que pueda obsequiarles una vida juntos, solo queda el camino de la espera. El amor debe persistir cuando llegue el momento. Eso justifica la repetición dominical. Marina y Nahuel quedan con su abuela, cómplice que cuida sus hijos, sabedora de éstas citas de amor. Pero los niños crecen día a día, no será fácil ocultarles la verdad. Al bajar del bus, camina con paso seguro las pocas cuadras que distan de la penitenciaria.

ENLIL, SEÑOR DEL AIRE

Miró desolado las ruinas de Nippur. Volvió la vista y enfrentó la ira de Enlil.

─ Puedes culparme, Señor del Aire. Soy responsable por ellos.
─ Imbécil ¿No podías detenerlos? En sólo unos siglos envenenaron todo.
El castigo era la muerte. Como Señor de todos los Países, Enkukur era culpable.
─ Enlil. Ejecuta tu sentencia. Descarga tu espada huracanada sobre mí.
El Señor del Aire crispó su mano en el pomo de la espada. Detrás del gran monte Kurgal, emergía humo negro de las refinerías incendiadas. Basora estaba en llamas.

A RESGUARDO

Agustín escribe. Su brazo, a modo de hoz, rodea la hoja blanca. Ya dejó caer la cabeza en su hombro. Todo él transformado en público del bolígrafo que descarga palabras azules. Una tras otra fluyen sin cesar. Puede verse en su rostro cómo generan imágenes, situaciones que le llegan a preocupar; estrecha sus cejas, siente la desazón de los personajes. Se detiene por momentos, mira al vacío, ve lo que nosotros no vemos, escucha ése dialogo que luego podremos leer, quizás. Vuelve el bolígrafo a descargar su tinta en letras sentidas. Está solo entre todos. No escucha los comentarios de sus amigos, ni el ruido del ambiente, resguarda su hoja con el brazo para que la realidad no la contamine. De pronto se yergue, sonríe a su alrededor, y vuelve a zambullirse en esa mar de letras, que otra vez lo lleva de aquí para allá, hasta que parece transformarse en un escultor, quita un poco de masa, agrega donde le falta. Separa la hoja de su vista, ve todo a la vez, comprueba que el conjunto sea de su agrado, y con una enorme sonrisa, entrega la hoja a su maestra.

Agustín escribe, crea, deja su imaginación fluir sin miedo, todavía está a salvo de nosotros, todavía está a resguardo del mundo. Él y su bolígrafo.

ELLA EN EL ESPEJO

Cuando entré, ella estaba sentada en una de las mesas. Dejé el cuaderno al lado del servilletero y me senté de espaldas al bar, de frente al espejo que disfrazaba la pared. Pedí un té al momento que abría el cuaderno, preparé la lapicera. La realidad duplicada se extendía profundo, y en un rincón, ella. Toqué su presencia con la mirada, era especial, ese tipo de mujer que solo conocí una o dos veces en la vida, que me hacen sentir inferior, o mejor, inmaduro frente a la enorme personalidad que emiten. Dejó la copa de vino, y mientras recargaba su cabello detrás de la oreja, me miró preguntando si me molestaba la copa de vino. No, la verdad es que no me molesta, me resulta extraño verme frente a una taza de té y vos con un borgoña. Vamos a caminar, me hace falta. En otro momento, quizás, mi timidez me hubiera obligado a rechazar la invitación, pero ya estoy viejo para eso, ¿qué miedo podríamos tenernos? Caminamos en silencio, ella con su cabeza apenas inclinada, el cabello ocultándole a medias el rostro. Podía ver una pequeña mueca que hacía de sonrisa. No puedo imaginar porqué estás así. ¿Así cómo? Triste, callada. No puedes. ¿Por qué no? ¿Qué me hace distinta? Tenía mil razones para revocar esa afirmación, pero ninguna que le sirviera, creo. No sé si puedo ayudarte, solo tengo mi presencia que es bien poco. Se detuvo, nos miramos, y sin pacto previo simplemente nos abrazamos. Momento suave, protector, necesario. Gracias, lo necesitaba. Volvimos a nuestras mesas, se despidió con una mirada brillante de humedad. Escribí las últimas palabras en mi cuaderno. Salí del bar obligándome a no mirarla.

Los textos fueron seleccionados por Mariano Cuevas desde una serie que, gentilmente, nos envió el autor.

Luis Gerbaldo por él mismo

Mi nombre es Luis Héctor Gerbaldo, tengo 58 años. Nací y vivo en Córdoba, escribo desde joven, aunque relegando ésta actividad frente a las obligaciones laborales. En el verano del año 2006 se publica en el diario local Hoy dia córdoba un cuento de mi autoría en página central. Desde allí las publicaciones se sucedieron en continuidad, revistas electrónicas, publicaciones papel; la CIINOE me otorga en el año 2008 el Premio Internacional Especial en la categoría Monólogo teatralizado hiperbreve; luego se publican textos míos en la Antología bilingüe español – italiano Buena letra; textos temáticos, en formato bilingüe español – inglés son publicados en la revista Minatura; realizo la tarea de compilador en la publicación colectiva La cerradita; fui distinguido en algunos concursos motorizados por editoriales. El año 2016 debí concentrarme en dos actividades: la presentación y difusión de La cerradita; la formación del grupo Córdoba Breve, con la organización de la primera mesa de lectura de microcuentos, evento que superó las fronteras de la provincia. Desde hace cinco años coordino el taller de escritura creativa, dictado en Calicanto Casa de Arte.

 

 

TEXTOS DE GUILLERMO SAMPERIO

 

 Guillermo Samperio 2

 

La cola

 Esa noche de estreno, fuera del cine, a partir de la taquilla la gente ha ido formando una fila desordenada que desciende las escalinatas y se alarga sobre la acera, junto a la pared, pasa frente al puesto de dulces y el de revistas y periódicos extensa culebra de mil cabezas, víbora ondulante de colores diversos vestida de suéteres y chamarras, nauyaca inquieta que se contorsiona a lo largo de la calle y da vuelta en la esquina, boa enorme que mueve su cuerpo ansioso azotando la banqueta, invadiendo la calle, enrollada a los automóviles, interrumpiendo el tráfico, trepando por el muro, sobre las cornisas, adelgazándose en el aire, su cola de cascabel introduciéndose por una ventana del segundo piso, a espaldas de una mujer linda, que toma un café melancólico ante una mesa redonda, mujer que escucha solitaria el rumor del gentío en la calle y percibe un fino cascabeleo que rompe de pronto su aire de pesadumbre, lo abrillanta y le ayuda a cobrar una débil luz de alegría, recuerda entonces aquellos días de felicidad y de amor, de sensualidad nocturna y manos sobre su cuerpo firme y bien formado, abre paulatinamente las piernas, se acaricia el pubis que ya está húmedo, se quita lentamente las pantimedias, la pantaleta, y permite que la punta de la cola, enredada en una pata de la silla y erecta bajo la mesa, la posea.

Sólo sentía ruidos

Janet trajo el ruido intenso en la cabeza durante 4 años. Esto le vino 2 años antes de que rompiera con Robert, con quien duró 8, luego de que salieron de la universidad. Visitó médicos diversos pero ninguno le quitó el ruido. Salió con varios prospectos, simpáticos e inteligentes, además de guapos. Y supo que no eran los hombres, sino la familia, esta maldita Nueva York, los comercios y el país completo. Odiaba Kansas City, de donde provenían los abuelos. El ruido se le fue al cuello, a brazos y cuerpo. Veía pero no miraba. Oía pero sólo ruido. Sentía, en rigor, sólo ruidos. Ya no escuchaba el exterior. Alguien era capaz de tocarle el cuerpo, pero era como medir la ausencia. Sentía sólo ruidos. Las máquinas estaban ya dentro de Janet. Trabajaba en el piso 36 del Empire Estate. En ocasiones había tenido frente a sí algunas nubes pequeñas y le gustaban. Abrió la ventana, se asomó y se aventó con calma. Nunca había sentido el viento tan grato. Su cara, bocarriba, se veía serena y el auto negro 1950 destrozado. Hasta la falda le llegaba un poco arriba de las rodillas, como si hubiera salido de paseo.

Fumar o no fumar

estoy desesperanzado como la tubería de agua seca y como el clavo oxidado en mi clavícula y como el racimo de uvas sin uvas y como la loca que recuperó la cordura después de 40 años y murió sin subirse al metrobús y como la llanta nueva que nadie compró y como mi abuela que murió de enfisema pulmonar sin haber fumado y como mi tío que siempre fumó y nunca murió y como mi abuelo que nunca fumó y siempre fumó y como yo que fumo de más de cinco marcas y mi cabellera blancuzca esté pintada entre rojiza y oro y ya me he gastado siete vidas de las nueve que me tocan pero supongo que soy tan afortunado como mi tío que siempre fumó y nunca se murió y esto me indica que los caminos de las herencias son tan intricados como la ciencia de la genética misma la cual a veces le atina y luego no.

El pitcher

El pitcher se acuesta temprano en su cama y duerme. Al día siguiente tiene que lanzar un partido decisivo para su equipo; el descanso le viene bien. Le surge un sueño en el que vuela, muy parecido a los que tienen la mayoría de las personas: pasa entre las nubes, ve pequeña la ciudad, de pronto baja planeando y aterriza en una azotea. La única diferencia es que la azotea tiene un helipuerto. De súbito, baja un helicóptero que lleva unas cruces rojas a los lados. Hombres de blanco trasladan en una camilla el cuerpo de una mujer. El lanzador se da cuenta de que es un cuerpo femenino por la cabellera roja y un pie blanco, casi perfecto, como de ángel femenino, al que se le notan las uñas nacaradas.

En la mañana, despierta con la sensación de un estupendo descanso. Escucha un ave desde el jardincito. Se lleva los brazos hacia la nuca y se da cuenta de que el derecho, el de los célebres straiks, ha desaparecido: alguien se lo tronchó durante la noche. La manga de la pijama café claro cae flácida sobre la almohada. Con la mano izquierda se toca un muñón que, al tacto, lo siente redondo y plenamente cicatrizado. Incluso tiene la sensación de que el brazo derecho ahí está pero no hay nada. En tanto se soba la redondez del muñón, recuerda el sueño y supone que está internado en el hospital, pero no hay duda de que es su casa de divorciado. Ahí está la foto del pitcher más famoso en el mundo, a un lado del espejo.

No sabe qué hacer y se levanta de cualquier manera. Ni siquiera se lo ocurre bañarse. Sale hacia la ciudad a recorrerla en su vehículo automático, lo hace con dificultad porque maneja con el brazo izquierdo; por el retrovisor descubre que no se puso la gorra de su equipo. No hubiera estado mal: a lo mejor me hubiera reaparecido el brazo. Sale hacia la carretera, las casas van desapareciendo hasta que los árboles dominan el panorama. Se detiene en el terraplén: mira hacia unos montes de un verde limón intenso. Detrás de las lomas navegan nubes semejantes a las de su sueño: moradas con bordes violetas, seguidas de dos gordas nubes grises. Del vientre de las primeras sale una parvada de halcones y ya no le sorprende la semejanza. De un momento a otro despertaré e iré a lanzar las mejores pelotas, las que le darán el campeonato a mi equipo.

Regresa a la ciudad, entra en su casa y ve la cama deshecha. Llama por teléfono a su hijo y su exmujer le dice, en tono grosero como de costumbre, que el muchacho ya salió hacia el estadio; que lo estuvo llamando. El jugador se siente asustado, destruido, impávido, desértico. Sin claridad alguna de lo que sucedió en la noche anterior, o en la que todavía está dormido, va hacia el ropero. Al fin toma su gorra y se la pone, carga su mochila que trae sus spikes y su traje de beisbolista. El día anterior dejó dentro el ojo de venado que le da suerte y lo encuentra con todo y su cadena de plata; lo sopesa con la mano izquierda y se lo cuelga en el cuello. Sale de nuevo, el auto va con lentitud y las lágrimas en el borde del párpado inferior se insinúan en los ojos del pitcher. Anhela que alguna forma de sortilegio le regrese el brazo.

Mientras tanto, la gente del equipo lo busca por cielo, tierra y mar, sin resultados. La hora del partido se acerca inexorablemente y el jugador enfila hacia el estadio. Dirige su carro hacia la entrada de los jugadores, pero se sigue de frente, pues su brazo sigue extraviado. Estaciona el auto y compra un boleto de reventa. Entra por la puerta E14 y se sienta en una butaca de las más distantes al dogout.

Mientras ve el partido y va presenciando la paulatina paliza que le van dando a su equipo y que el couch mete y saca pitcheres suplentes, al fin comienza a llorar desordenadamente. Se sacude los mocos con la manga de la camisa vacía, manipulándola con la única mano. Antes de terminar el juego, los partidarios de su equipo se van yendo. La gritería y la burla de la porra de del otro equipo lo hunde todavía más en su ya solitaria butaca. El juego termina y jugadores y gente lo abandonan. El pitcher sin brazo derecho se queda solo en el gran estadio. Fallece la tarde hacia un negro poroso, robusto, atribulado. Se apagan las luces. Voltea hacia el cielo donde no se distingue nada. De pronto, escucha un distante chillido como el de los halcones. La oscuridad más prieta cobija al pitcher.

Nota: Los textos fueron seleccionados por Verónica Sotelo quien los rescató de diversas páginas web.

La imagen que ilustra la presente nota fue tomada del sitio Web http://www.sexenio.com.mx/hidalgo/articulo.php?id=10000

 

 
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