TEXTOS DE GUILLERMO SAMPERIO

 

 Guillermo Samperio 2

 

La cola

 Esa noche de estreno, fuera del cine, a partir de la taquilla la gente ha ido formando una fila desordenada que desciende las escalinatas y se alarga sobre la acera, junto a la pared, pasa frente al puesto de dulces y el de revistas y periódicos extensa culebra de mil cabezas, víbora ondulante de colores diversos vestida de suéteres y chamarras, nauyaca inquieta que se contorsiona a lo largo de la calle y da vuelta en la esquina, boa enorme que mueve su cuerpo ansioso azotando la banqueta, invadiendo la calle, enrollada a los automóviles, interrumpiendo el tráfico, trepando por el muro, sobre las cornisas, adelgazándose en el aire, su cola de cascabel introduciéndose por una ventana del segundo piso, a espaldas de una mujer linda, que toma un café melancólico ante una mesa redonda, mujer que escucha solitaria el rumor del gentío en la calle y percibe un fino cascabeleo que rompe de pronto su aire de pesadumbre, lo abrillanta y le ayuda a cobrar una débil luz de alegría, recuerda entonces aquellos días de felicidad y de amor, de sensualidad nocturna y manos sobre su cuerpo firme y bien formado, abre paulatinamente las piernas, se acaricia el pubis que ya está húmedo, se quita lentamente las pantimedias, la pantaleta, y permite que la punta de la cola, enredada en una pata de la silla y erecta bajo la mesa, la posea.

Sólo sentía ruidos

Janet trajo el ruido intenso en la cabeza durante 4 años. Esto le vino 2 años antes de que rompiera con Robert, con quien duró 8, luego de que salieron de la universidad. Visitó médicos diversos pero ninguno le quitó el ruido. Salió con varios prospectos, simpáticos e inteligentes, además de guapos. Y supo que no eran los hombres, sino la familia, esta maldita Nueva York, los comercios y el país completo. Odiaba Kansas City, de donde provenían los abuelos. El ruido se le fue al cuello, a brazos y cuerpo. Veía pero no miraba. Oía pero sólo ruido. Sentía, en rigor, sólo ruidos. Ya no escuchaba el exterior. Alguien era capaz de tocarle el cuerpo, pero era como medir la ausencia. Sentía sólo ruidos. Las máquinas estaban ya dentro de Janet. Trabajaba en el piso 36 del Empire Estate. En ocasiones había tenido frente a sí algunas nubes pequeñas y le gustaban. Abrió la ventana, se asomó y se aventó con calma. Nunca había sentido el viento tan grato. Su cara, bocarriba, se veía serena y el auto negro 1950 destrozado. Hasta la falda le llegaba un poco arriba de las rodillas, como si hubiera salido de paseo.

Fumar o no fumar

estoy desesperanzado como la tubería de agua seca y como el clavo oxidado en mi clavícula y como el racimo de uvas sin uvas y como la loca que recuperó la cordura después de 40 años y murió sin subirse al metrobús y como la llanta nueva que nadie compró y como mi abuela que murió de enfisema pulmonar sin haber fumado y como mi tío que siempre fumó y nunca murió y como mi abuelo que nunca fumó y siempre fumó y como yo que fumo de más de cinco marcas y mi cabellera blancuzca esté pintada entre rojiza y oro y ya me he gastado siete vidas de las nueve que me tocan pero supongo que soy tan afortunado como mi tío que siempre fumó y nunca se murió y esto me indica que los caminos de las herencias son tan intricados como la ciencia de la genética misma la cual a veces le atina y luego no.

El pitcher

El pitcher se acuesta temprano en su cama y duerme. Al día siguiente tiene que lanzar un partido decisivo para su equipo; el descanso le viene bien. Le surge un sueño en el que vuela, muy parecido a los que tienen la mayoría de las personas: pasa entre las nubes, ve pequeña la ciudad, de pronto baja planeando y aterriza en una azotea. La única diferencia es que la azotea tiene un helipuerto. De súbito, baja un helicóptero que lleva unas cruces rojas a los lados. Hombres de blanco trasladan en una camilla el cuerpo de una mujer. El lanzador se da cuenta de que es un cuerpo femenino por la cabellera roja y un pie blanco, casi perfecto, como de ángel femenino, al que se le notan las uñas nacaradas.

En la mañana, despierta con la sensación de un estupendo descanso. Escucha un ave desde el jardincito. Se lleva los brazos hacia la nuca y se da cuenta de que el derecho, el de los célebres straiks, ha desaparecido: alguien se lo tronchó durante la noche. La manga de la pijama café claro cae flácida sobre la almohada. Con la mano izquierda se toca un muñón que, al tacto, lo siente redondo y plenamente cicatrizado. Incluso tiene la sensación de que el brazo derecho ahí está pero no hay nada. En tanto se soba la redondez del muñón, recuerda el sueño y supone que está internado en el hospital, pero no hay duda de que es su casa de divorciado. Ahí está la foto del pitcher más famoso en el mundo, a un lado del espejo.

No sabe qué hacer y se levanta de cualquier manera. Ni siquiera se lo ocurre bañarse. Sale hacia la ciudad a recorrerla en su vehículo automático, lo hace con dificultad porque maneja con el brazo izquierdo; por el retrovisor descubre que no se puso la gorra de su equipo. No hubiera estado mal: a lo mejor me hubiera reaparecido el brazo. Sale hacia la carretera, las casas van desapareciendo hasta que los árboles dominan el panorama. Se detiene en el terraplén: mira hacia unos montes de un verde limón intenso. Detrás de las lomas navegan nubes semejantes a las de su sueño: moradas con bordes violetas, seguidas de dos gordas nubes grises. Del vientre de las primeras sale una parvada de halcones y ya no le sorprende la semejanza. De un momento a otro despertaré e iré a lanzar las mejores pelotas, las que le darán el campeonato a mi equipo.

Regresa a la ciudad, entra en su casa y ve la cama deshecha. Llama por teléfono a su hijo y su exmujer le dice, en tono grosero como de costumbre, que el muchacho ya salió hacia el estadio; que lo estuvo llamando. El jugador se siente asustado, destruido, impávido, desértico. Sin claridad alguna de lo que sucedió en la noche anterior, o en la que todavía está dormido, va hacia el ropero. Al fin toma su gorra y se la pone, carga su mochila que trae sus spikes y su traje de beisbolista. El día anterior dejó dentro el ojo de venado que le da suerte y lo encuentra con todo y su cadena de plata; lo sopesa con la mano izquierda y se lo cuelga en el cuello. Sale de nuevo, el auto va con lentitud y las lágrimas en el borde del párpado inferior se insinúan en los ojos del pitcher. Anhela que alguna forma de sortilegio le regrese el brazo.

Mientras tanto, la gente del equipo lo busca por cielo, tierra y mar, sin resultados. La hora del partido se acerca inexorablemente y el jugador enfila hacia el estadio. Dirige su carro hacia la entrada de los jugadores, pero se sigue de frente, pues su brazo sigue extraviado. Estaciona el auto y compra un boleto de reventa. Entra por la puerta E14 y se sienta en una butaca de las más distantes al dogout.

Mientras ve el partido y va presenciando la paulatina paliza que le van dando a su equipo y que el couch mete y saca pitcheres suplentes, al fin comienza a llorar desordenadamente. Se sacude los mocos con la manga de la camisa vacía, manipulándola con la única mano. Antes de terminar el juego, los partidarios de su equipo se van yendo. La gritería y la burla de la porra de del otro equipo lo hunde todavía más en su ya solitaria butaca. El juego termina y jugadores y gente lo abandonan. El pitcher sin brazo derecho se queda solo en el gran estadio. Fallece la tarde hacia un negro poroso, robusto, atribulado. Se apagan las luces. Voltea hacia el cielo donde no se distingue nada. De pronto, escucha un distante chillido como el de los halcones. La oscuridad más prieta cobija al pitcher.

Nota: Los textos fueron seleccionados por Verónica Sotelo quien los rescató de diversas páginas web.

La imagen que ilustra la presente nota fue tomada del sitio Web http://www.sexenio.com.mx/hidalgo/articulo.php?id=10000

 

 

     BREVE APUNTE SOBRE GUILLERMO SAMPERIO

José Manuel Ortiz Soto*

Samperio, a pesar de que parece vivir dentro de este mundo, narra sus historias como si formara parte de otro mundo, un mundo distante, oblicuo, enrarecido e irónico.

                                                                                  Hernán Laza Zavala

 

Guillermo Samperio 

 

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MICRORRELATOS INÉDITOS DE ADRIANA DEL VITTO

  

ADRIANA DEL VITTO

 

 De otro pozo

Habiendo muerto el rey y, ante la insistencia de su madre, la princesa salió a buscar un sapo. Tal como mandaban los cuentos, lo besó y lo convirtió en príncipe.
Tuvieron un principito y una princesa, la más bella que alguien pudo haber imaginado alguna vez. Sin embargo, no fueron felices ni comieron perdices.
El imperfecto beso inicial había dejado la metamorfosis incompleta y la rugosidad de la piel se fue haciendo cada vez más evidente en el rey, quien con su lengua devoraba cuanta presa estaba a su alcance en insaciable hambre de resentimientos.
Un día la princesa, convertida ahora en reina madre, descubrió que sus hijos comenzaban a teñirse paulatinamente de un color verduzco al tiempo que los genes batracios se plasmaban en desagradables verrugas.
Rompiendo entonces el final feliz de su cuento, a costa de todos los dolores, las miradas y las lenguas, se armó de valor y saltó del pozo.

 

Disparos

Sin comprender por qué, ambos habían apuntado al otro. No tuvieron piedad. Nadie supo jamás quién había apretado el gatillo primero. De última, no importaba el orden, sino los resultados.
Ahora, los dos son el tema preferido de las charlas con sordina de los vividores de historias ajenas. A ellos no les importa demasiado que los devoren las palabras de los otros y siguen adelante con sus sueños.
Además de sus vidas, comparten la creencia que alguna vez escucharon de boca de sus ancestros: dicen que el disparo de una cámara sobre una persona permite que el fotógrafo se adueñe de su alma.
Por eso no les gustan las fotos. En su casa, sólo conservan aquellas dos que, sin saberlo hasta mucho después, se sacaron mutuamente.

 

Umbilical

Te dije que odiaba a los médicos. No me escuchaste. Como siempre.

Ella lucía esa sonrisa irrepetible en el rostro rebosante de estrellas, como ocurre en cada especie cuando el cascarón finalmente se agrieta y deja pasar la luz primera por entre las rendijas y ese ser único -y a la vez dramático- se refleja en cada rayo de sol.
Pero vos no me escuchas. Tendría que haberme acostumbrado.
Ahora estoy sentada en el consultorio para que alguien me explique por qué me creció esta horrible tripa que se extiende por más de 500 kilómetros. Justo hasta donde ella está, escribiendo su propia historia.

 

Payaso

Mi nombre siempre estuvo asociado a los laureles. Por eso, quizás, siento que puedo superar cualquier empresa. El día que salí a perseguirte por el océano, a pesar de mi falta de memoria a corto plazo, supe que el triunfo me iba a acompañar... "Ésa es mi Doris", diría mamá.
Pero vos, además de ser un payaso, fuiste un desagradecido. Que te quede bien claro: si no fuera por mí, jamás habrías encontrado a Nemo. Hoy todos te conocen como "el padre de...". Qué orgullo, papito. Ni una palabra para mí, ni un gesto.
Por eso mi vieja me decía: "Los peces no vuelan, Doris, buscate un pájaro".

 
Preferencias

Tontas. Todas. Totalmente. La de la caperuza se creyó todo lo que le mintieron, la mamá mandona, el lobo feroz, el lobo travesti, todos...
La blanca como la nieve, los engaños del cazador para alejarla del palacio, las palabras de la madrastra convertida en pordiosera que casi la mató...
La de cenizas, las fantasías del hada, del zapallo, la carroza, los ratones, los cocheros, el vestido... ¡el zapatito!
Por eso decidí alejarme de los cuentos maravillosos... me quedo con la señora Christie, porque en sus páginas siempre gana la lógica. Como en la vida. Casi...

 

Parricidio

Nunca me gustó el psicoanálisis. Sujetos incompletos, objetos que se caen, otros con minúscula, Otro con mayúscula, discurso y discursos, deseo, goce, lazo... "hay que matar al padre"...
Anoche llegué más temprano que nunca y lo encontré ahí, tirado en medio de las botellas empezadas. No pensé demasiado. Le partí una en la cabeza y me fui a dormir.
Ahora estoy en el móvil, les hablo de Freud y de Lacan. Ninguno me entiende. Me miran raro y me dicen que voy a envejecer tras las rejas.

 

Transgénicos

Lo primero que abandonó fue el pollo. Decía que las hormonas la trastornaban. Cuando se enteró del feetloft se alejó para siempre del asado, los bifes de chorizo y hasta las carteras y los zapatos de cuero.
Nunca militó, pero dejó la soja, el trigo, el maíz... No compraba ni frutas ni verduras perfectas, porque seguramente habían sido modificadas en su desarrollo...
Poco a poco se apartó de los amigos... el café la excitaba, el té la estreñía, la coca era un veneno...
La encontraron inerme en su cama... pequeña, frágil, consumida por su propio organismo, muerta de hambre.

 

Adriana Del Vitto nació en Santiago del Estero. Es profesora de Castellano, literatura y latín, Licenciada en Letras, Especialista en Lectura, escritura y educación; Diplomada en psicoanálisis y prácticas socioeducativas, Magister en literatura para niños y jóvenes.
Ha ejercido la docencia en todos los niveles de la educación. Durante 13 años trabajó en el diario El Liberal como jefe de Corrección, encargada de la página cultural y editorialista. Recibió el premio de la Asociación de Periodistas Argentinos por su contribución a la educación desde el periodismo. Fue distinguida como Mujer destacada en el rubro letras por el Consejo Deliberante de la Capital santiagueña y por la CTA filial local. Ha sido consultora de la Unesco para el Ministerio de Educación de la Nación desde 2009 hasta mayo de 2016. Recibió numerosos premios por sus trabajos literarios. Ha publicado los poemarios Distancias, El fuego de mis juegos y Septiembre no me gusta, y el libro de cuentos Sexto Sentido.

 

 

LA VIE EN BREF (La vida en breves)

 


Por Mariano Cuevas*
Especial para Tardes Amarillas

LA VIE EN BREF
La vida en breves (Microrrelatos)
Edición bilingüe Castellano - Francés
Traducciones de: Silvia Martínez Aráoz y Mariana Castillo (Universidad Nacional de Tucumán)
Collection La fourmi écrivain Colección La hormiga escritora La aguja de Buffon ediciones (Tucumán – 2016)

 

La vida en breves

 

Quiero comenzar esta reseña con dos conceptos que me parecen más que importantes. El primero es que (aunque sé que no digo nada nuevo) en este mundo globalizado, la literatura se ha visto subvertida por nuevas formas de lecto-escritura. En este territorio relacionado con la literatura, uno de los acontecimientos más significativos es el boom que ha despertado el microrrelato.
Texto mínimo, pero difícil de construir, el microrrelato exige un lector capaz de descifrar aquello que no está dicho para poder interpretar el mensaje. Un lector que pueda reaccionar a esos pocos estímulos y darles una correcta apreciación. Sin la correspondiente complicidad entre lector y escritor, el texto pierde su razón de ser. Por su capacidad de generar complacencia casi instantánea cuando leemos, la minificción se ha ganado un lugar como género literario del tercer milenio.

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CINCO MICRORRELATOS DE LA VIDA EN BREVES  

 

MÓNICA CAZÓN

LE DIVAN DU GENTILHOMME
Alonso se repose, il est assis à l'ombre des arbres. Il y a très longtemps que des académiciens, des critiques et des écrivains jugent la vie de Don Quijote de la Mancha. Cependant lui, bien que discret et expectant, il continue à rester là-bas, attentif à l'univers qui l'observe. Mais il n'a plus le désir d'ajouter des mots à une existence si maltraitée.

EL DIVÁN DEL HIDALGO
Sentado a la sombra de los árboles, Alonso se sosiega. Hace demasiado tiempo que académicos, críticos y escritores, opinan sobre la vida de Don Quijote de la Mancha. Sin embargo él, aunque sigiloso y expectante, sigue allí, atento al universo que lo observa. Pero ya no desea agregar una palabra más a tan maltratada existencia.
Sabe bien que no hace falta su historia para favorecer a la locura del mundo.

 

JULIO RICARDO ESTEFAN

UNE SECONDE OPORTUNITÉ
Le prince était maigre, dégingandé, d'une pâleur de cadavre, accentuée par ses cernes noires. En plus, il était assez bête. Cependant, il était là, face à la Belle au bois dormant sans oser l'embrasser. Quand le jeune homme l'a finalement fait et elle a entrouvert les yeux, il était distrait en suivant le vol d'un papillon. Cela a permis à la Belle au bois dormant de lui donner un coup d'oeil et faire semblant d'être encore endormie. Elle avait décidé d'attendre une seconde opportunité.

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD
El príncipe era flaco, desgarbado, con una palidez cadavérica, acentuada por sus negras ojeras. Era, además, bastante torpe. Sin embargo, estaba allí, frente a la Bella Durmiente, sin atreverse a besarla. Cuando finalmente lo hizo y ella entreabrió sus ojos, él estaba distraído siguiendo una mariposa con la vista. Esto le permitió a la Bella Durmiente echarle una ojeada y fingir que continuaba dormida. Había decidido aguardar una segunda oportunidad.

 

LILIANA MASSARA

LA BOUTEILLE
On lui a dit que dans le milieu de l'océan agité plein d'histoires de pirates, de guerriers, de pêcheurs et de sirènes, une bouteille flottait et gardait le secret de la tolérance humaine.
C'est comme ça qu'elle est arrivée au centre de l'océan. Personne ne choisissait cette route. Etonnée, elle a demandé une caravelle blanche parce qu'elle se proposait d'aller à la conquête de la tolérance et de la paix. Au milieu de l'immensité, elle a insisté avec véhémence et avec un désir ardent sur la recherche de son objectif flottant.
Elle a navigué. Elle a tellement navigué, tout en pensant à cette mystérieuse découverte, que la bouteille et le secret se sont plongés avec elle. Son réveil a été agité.

LA BOTELLA
Le dijeron que en medio de ese océano tumultuoso con historias de piratas, de guerreros, de pescadores y de sirenas, flotaba esa botella con el secreto de la tolerancia humana.
Llegó al centro del océano. Nadie solicitaba esa ruta. Sorprendida, pidió una carabela blanca porque iba a la conquista de la tolerancia y de la paz. En medio de la inmensidad, insistió con ahínco y con anhelo en la búsqueda flotante.
Navegó. Tanto navegó, pensando en ese misterioso hallazgo, que la botella y el secreto, se hundieron con ella. Su despertar fue agitado.

 

ANA MARÍA MOPTY

L'OBLIGATION
Toutes les nuits, depuis la pénombre imposée par le pavillon, il observe l'homme chargé de parcourir systémathiquement le couloir, chargé de se méfier sans pause de tout, de chaque mouvement. Alors, il lui semble regrettable la limitation de l'autre, incapable de créer, d'imaginer ou de penser, obligé toujours à garder sa réclusion dans la cellule. 71

OBLIGACIÓN
Todas las noches, desde la penumbra que el pabellón impone, observa al hombre destinado a recorrer sistemáticamente, a desconfiar sin descanso de todo, de cada movimiento. Entonces, le parece lamentable la limitación del otro, incapacitado para crear, imaginar o pensar, obligado siempre a custodiar su encierro en la celda.

 

ROGELIO RAMOS SIGNES

À MESURE QUE LES SIÈCLES PASSENT
Aujourd'hui, il fait chaud, l'émission de la météo le dit, mais nous avons froid. Jeudi il faisait froid et nous avions chaud.
Les saisons ne sont plus ce qu'elles étaient autrefois. Les êtres humains, non plus. 83

SEGÚN PASAN LOS SIGLOS
Hoy hace calor, lo dicen las noticias; pero tenemos frío. El jueves hacía frío, y teníamos calor.
Las estaciones ya no son lo que eran en otros tiempos. Los seres humanos, tampoco.

 

Lea la reseña del libro haciendo click Aquí 

 

 

MICRORRELATOS DE ALBERTO TASSO

 

Alberto Tasso

 

 
Alberto Tasso, Licenciado en sociología en la UCA en 1972, es bonaerense de origen (Ameghino, FCNGSM, 1943) y santiagueño por adopción mutua. Poeta, ensayista, investigador social y docente, trabajó en oficinas del estado provincial y nacional, y actualmente en el CONICET y la UNSE. Como investigador y maestro. Ha sostenido cursos y pláticas en aulas universitarias de varias provincias. Coordina encuentros culturales de poesía, ciencia e historia. Como trabajador autónomo ha hecho experiencias en publicidad, periodismo, artesanía en cuero y madera, pintura, retrato al pastel, venta de rulemanes, restauración de lámparas y diseño de artefactos utilitarios. Co-dirige el sello Barco edita (19 títulos). Es miembro de la Fundación El Colegio de Santiago, la Biblioteca Amalio Olmos Castro y la Biblioteca Sarmiento. Escribe poesía y otros géneros. 
Revistas y diarios de Argentina, México y España han incluido trabajos de su autoría acerca de historia agraria, cultural y política de la Argentina. En Aventura, trabajo y poder, investigó e historió la inmigración Siria y libanesa en la provincia de Santiago del Estero. Algunos de sus poemas forman parte de la Antología Poesía del Noroeste Argentino, siglo XX, compilada por Santiago Sylvester y editada por el Fondo Nacional de las Artes. Los textos seleccionados pertenecen al libro Dibujos al carbón

 

NOVELA DEL EXILIO

El hombre venía de muy lejos. Se le notaba el hueco en la mirada.

 

SE VE QUE AUN
No soy un poeta verdadero. Todavía necesito escribir.

 

UNA ESCENA
Están sentados delante mío, en otra mesa, pero dándome la espalda. Hablan. Beben vino tinto. Es una noche de viernes, y ellos están muy juntos en un lugar así, de segunda, llamado la casa de X. Tienen... ¿Treinta años? En el lugar hay luces, aplausos, indiferencia de los músicos cuando dicen sus frases previsibles, y efusión, un segundo después cuando tocan y cantan. Ella es morena, de labios rojos. Y un poncho marrón con listas también rojas, pero no tanto. Se le adivinan los hombros. En un momento conversan. Él se inclina y le habla. Se ríen. Él le acomoda el poncho... y de paso su mano le toca el hombro. Esas sensaciones que conoce la mano de un hombre: la espalda de la mujer, aquello que muestra al irse. Pero ésta no se va. Más bien se acerca a él y le dice: Tocame, estamos así ahora, tan bien. Acaso no estamos de acuerdo en... el color del vino, en ese lugar de Árraga y en la música de ¿Aldo Monges? Él hace una broma. Ella ríe nuevamente, se levanta al baño y pasa a mi lado. El fuma. Tanta intimidad sobre la mesa.

 

DESPUÉS DEL SITIO DE STALINGRADO
Después del sitio de Stalingrado muchas cosas volvieron a su sitio. Una planta de mi casa lanzó sus hojas y el agua que bebí era como la muerte.

 

TEXTOS DE CUADERNO LAPRIDA

 

Laprida (David Lagmanovich)

Subió al taxi estacionado en la esquina de su casa y después de saludar al conductor le dio la dirección: "San Martín y Laprida". Mientras ponía en marcha el motor, el hombre musitó; "Yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias". El pasajero lo miró con asombro y sintió la tentación de hacer una broma: "¿Usted es Laprida entonces?" El conductor lo corrigió: "Yo fui Laprida. Ahora manejo un taxi".

  

 

LAPRIDA EN CARACAS (Violeta Rojo - Venezuela)

Un hombre sube a un taxi y dice: «Salga de aquí lo antes posible». El taxista musita: «Huyendo a pie y ensangrentando el llano». El pasajero apunta con toda seriedad: «Usted es Borges, ¿escribe poemas conjeturales?». El conductor lo corrige: «Fui Laprida. Los bárbaros vencieron».

Hay viento y hay cenizas y basura y periódicos en el viento.
En eso, zumban las balas en la tarde última. Los cuerpos del taxista y el hombre yacen a cielo abierto, de sangre y sudor manchados, cegados y tumbados por la muerte, donde un oscuro río pierde el nombre de Guaire.
Caracas es una ciudad cruel, es fácil que alguien encuentre allí su destino sudamericano.

 

EL TAXI (Andrés Gallardo - Chile)

Me habían advertido que no fuera a tomar un taxi en la calle, que nunca se sabe, pero estaba atrasado y no conocía Buenos Aires. El taxi se veía limpio y el taxista se veía sobrio con sus anteojos negros. Tratando de deschilenizar mi acento, dije «San Martín y Laprida». El taxista no me miró; de hecho, el taxista no miraba nada, porque era ciego. Conducía con serena seguridad. «No se preocupe, chileno – me dijo -. Los conozco bien a ambos; a estas alturas somos como un trío». Yo solo pude decir algo tonto: «Sí, una trinidad de destino sudamericano». El taxista continuó en silencio.
A pesar de mi estupidez, una alegría inexplicable me endiosa el pecho.

 

TAXI Y CUATRO (Francisco Garzón Céspedes - Cuba/España)

El taxista se sobresalta e interrumpe la acción de guardar su sable corvo cuando tres hombres abordan intempestivamente su taxi por puertas distintas. «Lléveme a San Martín y Laprida», grita cada uno y, desconocidos entre sí, se miran indignados. A continuación exclaman: «¡No comparto el taxi!». El taxista los detalla uno a uno, reconociéndolos: «Ah, Laprida, Borges y Lagmanovich. ¿Cómo hacen para decir lo mismo y al unísono?». Y sin darles tiempo a responder, les suelta como si pronunciara las palabras desde el filo de su sable: «No llevo fantasmas en mi taxi. Ya es bastante esfuerzo materializarme yo como para visualizar materializados a otros durante todo un viaje. ¡No! ¡Un degollado, un ciego, un... requieren continua y descomunal energía! ¡Vamos, a caminar! ¿Qué se creen? ¡Soy yo, San Martín, el que no comparte su taxi!».

 

MÁRMOL (María Elena Lorenzín - Argentina/Australia)

«A plaza Laprida», dije, no bien subí al taxi. El taxista me miró extrañado y luego comentó: «Esa plaza no existe, señor, ahora se llama Jorge Luis Borges» «¿Está seguro?» «Claro, como no voy a estar seguro si hasta sacaron mi estatua los muy cretinos, con lo bien que me sentaba a mí el mármol. Créame don, ya nadie respeta a los próceres.» «No me diga que usted es Laprida» «El mismo. Los tiempos cambian ¿no cree? ¿Y usted quién es?» «Soy el escritor David Lagmanovich.» «¡Ah! ahora lo recuerdo, usted escribió ese microrrelato del taxista Laprida» «Exacto, le contesté» «Sí, puede ser, sin embargo, yo soy el original, hay demasiadas imitaciones, como en todo»

 

PIERRE SIGUE EN ACCIÓN (Jaime Muñoz Vargas - México)

Subió al taxi estacionado en la esquina de su casa y después de saludar al conductor le dio la dirección: «San Martín y Laprida». Mientras ponía en marcha el motor, el hombre musitó: «Yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias». El pasajero lo miró con asombro y volvió a sentir la tentación de hacer una broma: «¿Usted es Laprida, entonces?». El conductor lo corrigió: «Yo soy Pierre Menard, autor del Quijote y del "Poema conjetural". Ahora manejo un microrrelato de David Lagmanovich».

 

 

 

 
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