LOS CARAMELOS MASTICABLES DE MARTÍN GARDELLA

 
Verónica Sotelo

Especial para Tardes Amarillas


"Caramelos Masticables" Martín Gardella.
Ilustraciones: Galantz
Editorial: HOLA CHICOS (2016)

 

Nadie que tenga predilección por la minificción, desconoce la presencia del Martín Gardella en el universo microficcionista argentino. Desde su no tan lejana irrupción con su ópera prima "Instántáneas" (Buenos Aires, Ed. Andrómeda, 2010) Martín se ha ganado un lugar de preponderancia no solamente como autor sino también como gestor e incansable trabajador en el ámbito de la Microficción argentina. Prueba cabal es su participación en el grupo de Internacional microcuentista de justa fama entre las páginas que han colaborado de manera permanente en la difusión del microrrelato.
Ya desde el prólogo ("Sugerencias para saborear mejor este libro") que fuera escrito por el propio autor, este libro se distingue por el lenguaje accesible para niños y adolescentes. Obviamente, esta presentación de los textos que conforman el libro, invita a una lectura inmediata.
«Desde chico nos gustan los caramelos masticables» dice el autor y continúa. «Es irresistible la tentación de poder probar, con sólo un par de mordiscos, muchos sabores distintos en el paladar. En pocos minutos, las sensaciones van cambiando según el color del envoltorio, y pueden tener mayor o menor intensidad, pero nunca pasan desapercibidas. Algo similar sucede con este libro. Cada una de las microficciones que lo integran puede leerse en menos de un minuto, pero luego se instalan en la cabeza del lector por un buen rato» Libro Caramelos masticables microficción
Los textos de Gardella se caracterizan por su gran versatilidad y en este caso particular, los que e incluyen en este libro hacen gala de la misma pues el autor maneja con solvencia la intertextualidad y la transtextualidad lo que le permite apropiarse de todo aquello que inunda su vasta imaginación, desde personajes clásicos de la literatura infantil, pasando por monstruosos, superhéroes y princesas, hasta los videojuegos que están tan en boga.
Como cualquier libro, pero en especial como los libros de microrrelatos, este tiene múltiples significados y significancias con lo que, a la postre termina por ser un conjunto compacto y atrayente para los lectores. En este punto me gustaría hacer una pequeña pausa y referirme no solamente a los "caramelos masticables" de Martín sino a la pericia con que ha manejado sus dotes narrativas a lo largo de toda su obra.
En este caso particular, se me ocurre que las palabras del autor en los últimos párrafos de su "prólogo" no dejan de tener una razón más que importante pues terminan por ser un testimonio de su forma de abordar un género que parece fácil pero que, cuando uno lo toma con seriedad, termina exigiendo laboriosidad para encontrar la palabra exacta.
«Cada una de las Microficciones de este libro» sostiene, «pueden leerse en menos de un minuto, pero se instalan en la cabeza del lector por un buen rato.
Al igual que en una bolsa de caramelos surtidos, en estas páginas se pueden encontrar experiencias instantáneas para todos los gustos y edades... en situaciones novedosas, capaces de emocionar, causar terror o provocar sonrisas».

 

 
Martín Gardella

Martín Gardella nació en La Plata, provincia de Buenos Aires, en 1973. Es escritor, abogado y profesor universitario. Ha publicado varios libros de microficciones entre los que se encuentran: Instantáneas (Andrómeda, 2010), Los chicos crecen (Macedonia, 2015) y Caramelos Masticables. Microficciones para leer en un recreo (Hola chicos, 2016). Sus cuentos y microrrelatos han sido incluidos además en múltiples antologías. Es miembro fundador e integrante del comité editorial de la revista digital Internacional Microcuentista y conduce el programa radial "El Living sin Tiempo", dedicado a la microficción.

 

 

Las imágenes que acompañan esta nota fueron extraídas de las páginas http://www.puroscuentos.com.ar/ http://eleclipsedegyllenedraken.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

DAVID PÉREZ VEGA 1 

 

 

 

    No se lo digas a nadie, por Jaime Bayly* 

Por David Pérez Vega

 

Editorial Círculo de lectores. 443 páginas. 1ª edición de 1994; 

 

Ya he comentado en el blog dos novelas deJaime Bayly (Lima, 1965): La noche es virgen y El cojo y el loco. Las dos me gustaron, sobre todo la primera. Seguía teniendo pendiente leer alguna de sus primeras obras. Sé que, ahora mismo, para un joven lector literario el nombre de Jaime Bayly debe estar asociado a un tipo de propuesta bestseller que no le resulta atractiva, pero yo recuerdo que durante los años 90, los primeros libros de Bayly tuvieron una buena acogida de crítica (además de público), y a mí se me fue pasando leerle, aunque siempre lo consideré uno de esos escritores que tenía apuntado que quería leer. Como Bayly fue un autor leído en España en los 90, las tiradas de sus libros eran amplias y ahora es fácil encontrar estas novelas, a precios muy baratos, en las librerías de segunda mano de Madrid. Además, a mí pareja, que en la actualidad cada vez reniega más de la literatura de ficción y de las novedades literarias, le dio por leer a Jaime Bayly al que encuentra muy divertido, independientemente de su calidad literaria, y la mayoría de sus libros están por mi casa.

He leído No se lo digas a nadie en su edición del Círculo de lectores, ejemplar que compré en la librería de segunda mano Ábaco y que en la actualidad pertenece a mi suegra. Le pedí a mi pareja que lo trajera a casa porque me apetecía leerlo; una lectura que se me quedó pendiente de los años 90. 

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 DAVID PÉREZ VEGA 1

         Familias de cereal, por Tomás Sánchez Bellocchio

Por David Pérez Vega

 

Editorial Candaya. 190 páginas. 1ª edición de 2015

 

En más de una ocasión, los editores de Candaya –Pacoy Olga- me han mandado sus libros para que yo los comente en el blog; así que habíamos conversado a través de internet, pero nunca nos habíamos visto en persona hasta el diciembre pasado, cuando vinieron a Madrid para la presentación deFamilias de cereal, la primera obra de Tomás Sánchez Bellocchio(Buenos Aires, 1981). La presentación fue el sábado 12 de diciembre en la librería La Buena Vida, por la que hacía tiempo que no pasaba (desde la última vez que estuve allí se habían mudado a la acera de enfrente de la calle de Vergara). Paco y Olga estuvieron mandando emails a sus contactos de Madrid porque sentían "miedo a la librería vacía". La verdad es que aquello me pareció muy simpático y me apeteció pasarme para saludarles. Me ofrecieron también el envío del libro, pero ya que iba a La Buena Vida, donde sabía que vendían mi novela Los insignes, me apeteció comprarlo y poder así apoyarles. 

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De regreso*

Adrián Antonio Bonilla

  

                                            Composición John Cheever

 Abelardo Castillo dijo que "un artista es un hombre que se mete lúcidamente en su infierno personal y regresa de allí". Por supuesto que él sacó su boleto de regreso a último momento y así dejó atrás su etílico padecimiento. Y si hablamos de regresos, estamos de enhorabuena porque este año se reeditaron "Falconer" y "Esto parece el paraíso", dos excelentes novelas que ilustran sintéticamente las obsesiones existenciales del desaparecido y un tanto olvidado escritor norteamericano John Cheever. Éstas son sus dos últimas novelas, la primera, publicada en 1977, la segunda, poco antes de su muerte, en 1982. Atormentado por su adicción al alcohol, las pastillas y su bisexualidad, Cheever utilizó la literatura como instrumento de autoconocimiento. En sus Diarios escribe: "No poseemos más conciencia que la literatura... la literatura ha sido la salvación de los condenados, ha inspirado y guiado a los amantes, vencido la desesperación, y tal vez en este caso pueda salvar al mundo". A pesar de que Cheever es más conocido por sus cuentos —publicados en su mayoría por la revista The New Yorker— que por sus novelas, es justamente en ellas donde mejor percibimos ese ir y venir del que nos habla nuestro regresado Abelardo Castillo.

En "Falconer", Cheever narra la historia de Farragut, un cuarentón cocainómano y fratricida condenado a diez años de reclusión en Falconer, prisión de máxima seguridad. Su estadía en ese lecho de rosas hará que Farragut vea resquebrajarse hasta el más apuntalado de sus valores. No sentirá remordimiento alguno al descubrir y aceptar los placeres carnales que le proporciona otro interno que, como él (alter ego Cheeveriano), también ve hecha cenizas sus más encorsetadas certezas. Farragut añora, y esa añoranza es su paraíso. Ya no se acuesta con su esposa, que aún ama; ya no juega con su pequeño hijo; ya no se siente amado, si es que alguna vez lo fue. Los recuerdos de Farragut —buenos y malos— se convierten en maquinaria para el autoflagelo. La voz de su esposa pesa más que todo el hormigón de la prisión: "Creía que mi vida era ciento por ciento frustración, pero cuando mataste a tu hermano comprendí que había subestimado mis problemas".
En las trivialidades de la gente, en sus gestos, sus palabras, Farragut ve "los signos del confinamiento que ellos padecían, pero había cierta naturalidad, cierta despreocupación de su propio encarcelamiento, algo de lo cual él, que los observaba entre los barrotes, carecía cruelmente". Esta reflexión casi asfixiante será el motor de su esperanza y de su anhelada redención. Finalmente Farragut escapa del encierro carcelario —y suponemos que también interior— y de sus horrores. "Regocíjate pensó, regocíjate", leemos en la última línea de la novela, y en ella el incipiente retorno.
Como en una carrera de postas, en "Esto parece el paraíso", Lemuel Sears —un hombre elegante, de pelo blanco y piel morena que empieza a sentirse viejo— relevará al exhausto Farragut en la búsqueda del idilio perdido. También Cheever había emprendido el regreso. Alejado ya de sus adicciones y de su desordenada vida sexual (condición que su esposa soportó con estoicidad hasta el final), escribe su última novela; además de afrontar la agonía de un cáncer que lo consume.
En "Esto parece el paraíso" el autor hace un ajuste de cuentas con el mundo y con su propia existencia. Especie de coda para una vida truculenta y disoluta, pero que en su crepúsculo "ilumina tanto como un amanecer", apunta Rodrigo Fresán en el epílogo del libro. La obra transita a mitad de camino entre ficción y ensayo. En él aparecen tópicos como el miedo al paso del tiempo, la capacidad de amar y, sobre todo, la búsqueda de la felicidad. No es una novela que evoca con nostalgia el desarraigo de esa tierra media que es la juventud, sino una oda al presente y la celebración de la madurez enfrentada al futuro. Lemuel Sears se enamora de una mujer mucho más joven que él, y en el acto de enamorarse aflora el miedo, pero también el regocijo. El placer que nos depara la lectura del libro, se plasma con sencillez en su primera frase: "Esta es una historia para leer en la cama, en una casa antigua, una noche de lluvia".
Poco antes de su muerte, Cheever escribió un relato titulado "Las joyas de los Cabot", donde su narrador dice: "Ahora mi verdadero trabajo consiste en escribir una edición de The New York Times que traiga alegría a los corazones de los hombres. ¿Acaso podría imaginar una ocupación mejor?"
Regocijémonos, Cheever ha regresado.

 

*Este artículo fue publicado por el autor en su sitio web de una red social. Tardes Amarillas lo reproduce con autorización del autor. La composición fotográfica fue recuperada de la misma página.

 

 

 

 Aconteceres min

 

 

 

ACONTECERES

(Microrrelatos y cuentos Breves)

Por Verónica Sotelo

(Especial para tardes Amarillas)

 


Alicia Ida Fernández Polido
1° Edición 2015
Editorial Lucrecia (88 pag.)

 
Durante los últimos meses habíamos discutido bastante ("discutido" en el exacto sentido de su definición, es decir debatir, argumentar... eso) en el comité de lectura de nuestra revista (pomposo nombre para el conjunto de cuatro gatos locos que lo componemos) acerca de la evolución del microrrelato en nuestra provincia ya sea por su popularización en las redes o por su difusión a través de charlas, publicaciones en papel y cualquier otra manifestación.
Contrario sensu a los sostenido por nuestro director, que defiende la hipótesis de que el microrrelato (minificción, microcuento o cualquiera de estas denominaciones) sigue en crecimiento progresivo, personalmente sostenía lo que a mi saber y entender creo (o creía hasta hace pocos días) me marcaba la realidad. De que el microrrelato había tenido un crecimiento explosivo entre el año 2007 (aproximadamente) y el 2012 (también aproximadamente) y que, posteriormente había llegado a una especie de meseta y que, al menos así lo veía yo, después de haberse mantenido ahí, estacionario, en los dos últimos años, había comenzado a decrecer. 

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