el ombligo de piedra

 

EL OMBLIGO DE PIEDRA

La columna de Rogelio Ramos Signes 

El padre del tarantaleo

 

Un extraño círculo de personajes, agrupados alrededor de la figura de Charles Nodier, dan color a algunas anécdotas parisinas de los primeros años del siglo XIX. La bibliografía de estos recuerdos pintorescos es el prefacio que Alejandro Dumas escribiera para La mujer del collar de terciopelo negro, del propio Nodier.
Pixerecourt, el bibliófilo Jacob, los marqueses de Ganay y de Chalabre, François Wey, Cailleux, Dumas y algún otro, frecuentaban y eran parte de ese círculo. Allí Nodier desgranaba su inventiva infinita, enriquecida por un sinnúmero de lecturas, ante el silencio respetuoso y atónito de sus comensales.

El marqués de Ganay, al parecer, era un hombre voluble y caprichoso, se enamoraba perdidamente de un libro y no descansaba hasta hacerse de él, valiese mucho o poco, pero costara lo que costase. «Le era fiel un mes; más que fiel, entusiasta —recuerda Dumas—. Lo llevaba siempre encima, paraba a sus amigos para enseñárselo, dormía con él bajo la almohada y encendía una vela en plena noche para contemplarlo, pero no lo leía jamás».

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Jaime Muñoz Vargas 

  EDUCAR EN LAS REDES

 Jaime Muñoz Vargas

Con las redes sociales y los teléfonos inteligentes a merced, todos llamamos mucho, es cierto, pero también escribimos mucho, quizá más de lo que llamamos. La escritura de twitts, el chateo en Whatsapp, la apresurada redacción de posts o comentarios en Facebook han hecho que nuestras palabras queden registradas en alguna parte, que frenéticamente nos inmiscuyamos con esa actividad, escribir, que parecía ya no existir para todos hacia 1990. Este fenómeno, formidable si lo pensamos como avance del derecho que todos tenemos a comunicarnos, a expresarnos, a opinar, ha traído como consecuencia lógica que también todos leamos. Pero escribimos habitualmente mal, sin esmero, y leemos fragmentos sin rigor, a las carreras, dispersos entre muchas actividades.

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