el ombligo de piedra 

 

 

     El ombligo de piedra

    Las historias de la historia


Rogelio Ramos Signes

 

Decir que «historia es la ciencia que ayuda a convertir en personas el nombre de algunas calles» sería un comentario harto satírico; una superficialidad jocosa. Pero, en un tiempo tan indiferente a todo suceso o disciplina como es éste, no estaría mal aceptar esa caprichosa aseveración y encontrarle su lado positivo: aprender. Lo que no sería conveniente es poner nuestro corazón en ello. Vivir en la esquina de Yrigoyen y Uriburu (en una hipotética ciudad donde se crucen esas dos calles) resultaría un martirio. Los vecinos de Lavalle y Dorrego serían gente culposa; los de Godoy Cruz y Sarmiento, carne de exilio; los de San Martín y Bolívar, altamente enigmáticos; los de Laprida y Castro Barros, un canto a la independencia; resistentes al frío los de Las Heras y Álvarez Condarco; poéticos los de López y Planes esquina Ascasubi; enemigos del orden conservador los vecinos de Monteagudo y Castelli; melodiosos los de Guastavino y Blas Parera; amantes de la naturaleza los de Holmberg y Miguel Lillo.

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Juan Mario Basterra

  

 

 

 De la indestructibilidad de los seres

 
Por Juan Mario Basterra*

 

Hace algunas noches -mi pequeña hija, como un testigo mudo, dormía a mi lado- volví a releer algunas palabras de Arthur Schopenhauer contenidas en su artículo "De la muerte y de sus relaciones con la indestructibilidad de nuestro ser en sí". Sabemos muy bien que no es de buen tino consultar determinados temas durante la noche. Lo avanzado de la hora; la luz velada que acompaña el preámbulo del sueño; los fantasmas de pensamientos que durante el día pasarán a ser amables imágenes desprovistas de un sentido ominoso pero que durante la vigilia nocturna son compañeros sombríos de nuestro desvelo, así lo aconsejan.

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Wilfredo Carrizales

PALABRAS INDISPENSABLES

Textos de Wilfredo Carrizales.

 

 

Llamo a la llama y no atiende. ¿Llamo es el macho de la llama? ¿Se podrá llamar con una llama que arde sin oxígeno? Llamo, llama, y voyme llamador.

 

Abono el préstamo y entro al lote de terreno. Lo abono y nada que me llega la fianza. ¿La seguridad es una sustancia que se abona o un billete de espectáculo?

 

Callo en el cayo mientras pasan los callados. Con un pedazo de coral me froto los callos para flotar. A la callada encallezco de nuevo. Me echo a la calle para no callar.

 

Al hollar el hoyo estoy sin apoyo y me abato, albatros de ciudad. Sucumbo en la hoya al confundirla con una gran olla. El ollar de mi bestia me hace hollar el campo sin lampo, donde canta, infeliz, la holleca.

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El ombligo de piedra 

 

El ombligo de piedra       

La columna de Rogelio Ramos Signes

El jaspe de la cistitis. La obsidiana del amor

 

Un hombre, que escala una montaña en busca de un récord imposible, se sienta a descansar sobre una roca ligeramente transparente (es un feldespato; para ser más exacto, un feldespato hialino). Tras unos pocos segundos, y para su sorpresa, comprueba que no sólo ha aliviado rápidamente su cansancio sino que también ha dejado de sentir calor. «Es una adularia», le informa un baqueano señalándole la roca que ayudó a su descanso. La historia es mucho más larga; pero lo cierto es que el hombre, maravillado por aquel prodigio de la naturaleza, bautiza con el nombre de Adularia a su hija y preconiza las bondades de la piedra. Paralelamente (dice la leyenda) pierde su fobia al número 13, vuelve a contraer matrimonio, detiene la avanzada carrera de su cáncer y contrarresta los efectos de gota que lo aquejan. Como aseguran que la adularia también evita el embarazo, debo aclarar que esa propiedad de la piedra no pudo ser comprobada (en su propio cuerpo) por el padre de Adularia, el montañista. Salvo que esa cualidad sea mucho más extensa de lo que suponemos, y la adularia también produzca esterilidad e impotencia. 

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092 jaimemunoz 

                   

                 EL HUMOR DE BORGES 

Jaime Muñoz Vargas *

 

La edición tira a feyita y el ejemplar que el azar con celofán me deparó está descabalado —le faltan algunas diez páginas—, pero no importa, es un gran libro. Me refiero a El humor de Borges (Lectorum, 2008, 207 pp.), de Roberto Alifano, amigo y colaborador de Borges. Sé que hay una edición más reciente y, supongo, mejor, más aseada, así que es de relativamente fácil consecución. Hago énfasis en la idea de conseguirlo sobre todo a los borgólatras, aunque no está de más para los no iniciados en este autor que, como el mismo Borges señalaba de Quevedo, es menos un escritor que una literatura, una amplia y profunda y divertida literatura. 

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